Amar es lo que mejor sabemos hacer

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“Loving people doesn’t save them.”

Mommy (2015). Dir. Xavier Dolan.

Por Francisco Marín

Robert Bresson menciona que una película está hecha de relaciones de imágenes, es decir una imagen por sí sola es neutra pero al ponerla en presencia de otra, ésta vibrará y cobrará vida. No se refiere a la vida del relato sino a la vida de la cinta misma. Encontrar una cinta que logre hacernos vivir junto con ella en cada fotograma es un hecho por demás complejo, pero es, al mismo tiempo, lo que muchos espectadores buscamos insaciablemente: una experiencia que nos haga vibrar.

El amor es un sentimiento puro, simple e inherente a todo ser humano y mucho se nos ha dicho que el amor que una madre siente por su hijo es el más grande que existe. Pero el amor es, al mismo tiempo, algo que escapa con facilidad a la mirada ordinaria, algo que queda fácilmente fuera de cuadro.

La quinta cinta de L´enfant terrible, Xavier Dolan, nos lleva a una Canadá ficticia, en la que los padres pueden dejar en un hospital a sus hijos con algún desorden mental y dejar atrás toda obligación y vínculo con ellos. Mommy se centra en Diane “Die” Despres, una madre viuda que se ve forzada a enfrentar sola los crecientes problemas que supone su hijo Steve, con actitudes violentas y oposición a la autoridad. Todo cambiará cuando los personajes reciban la ayuda de Kyla, su insegura vecina.

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Die (Anne Dorval) es una madre desconectada del mundo en general, que intenta vivir la vida día con día. Su lucha constante se hace más grande con la presencia de Steve (Antoine-Olivier Pilon), quien logra llevarla de polo a polo en un mar de emociones. La interpretación de Anne Dorval es frenética, nos llena de angustia y alegría, y Pilon logra conjugarse a la perfección con ella haciendo que sus personajes despierten, el uno en el otro, lo mejor y lo peor de sí. Lo único que brinda cierto equilibrio a esta relación enfermiza y destructiva entre madre e hijo es Kyla (Suzanne Clément). La actuación que Clément ofrece es sorprendente, conocemos a una mujer insegura que ha perdido hasta la capacidad de  hablar, pero también vemos otras facetas del personaje que, sin ser protagonista, destaca junto al explosivo dúo en el que se ha incorporado.

Steve presenta cambios de humor de un momento a otro, su energía parece no tener límites. Cada ocasión que la supernova Steve se enciende, un mar de emociones proliferan a su alrededor. Con cada acción que el hijo hace resulta imposible no compararlo con la madre. Die parece ser una adolescente más que viste pantalones estampados y está determinada a comerse el mundo con tal de salir adelante en la vida.

La cinta es deslumbrante y anárquica, desde el comienzo Dolan lo deja claro al utilizar un formato 1:1 que encierra al espectador en el agobiante mundo de Die. La cámara nos permite ser testigos de la claustrofobia que suponen las preocupaciones y problemas en el mundo de otra persona. Son únicamente dos secuencias que permiten descansar a Die, y a nosotros, del cuadro perfecto en el que nos puso el director; se trata de secuencias de progreso y de esperanza en las que la pantalla se abre y nos permite respirar, pero la felicidad y la ilusión son efímeras y nos devuelven, casi inmediatamente, al tortuoso formato original.

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El trabajo sonoro nos remite a la cultura noventera del MTV.  La selección musical se conjuga orgánicamente con las imágenes y eleva la experiencia de las secuencias provocando momentos cinematográficos de una belleza tal que roban el aliento.  Esta unión (imagen/sonido) es natural, nos enfrentamos a una verdadera comunión musical que enaltece el trabajo fílmico de Dolan.

Xavier Dolan no sólo consolida su estilo cinematográfico, sino que nos regala una experiencia que nos hace vibrar y vivir. La cinta apela a nuestras emociones y a nuestra propia humanidad. Cada imagen forma un todo coherente que se construye poco a poco hasta alcanzar un final ensordecedor lleno de emoción.  La película trasciende las fronteras del formalismo, Dolan comunica de la manera más honesta posible sentimientos que generan intimidad con el espectador.

En el amor no hay puntos intermedios, como tampoco los hay en Mommy. Hay momentos de intensa felicidad como los hay caóticos y melancólicos. Resulta increíble como estos sucesos provocan que los vínculos entre los implicados se fortalezcan y generen un cariño lleno de singularidades en el que a pesar de las vicisitudes y encuentros poco fortuitos que los personajes tengan entre ellos siempre estarán el uno para el otro.

Resulta imposible no sentir empatía por Die, hemos observado y vivido con ella la montaña rusa que implica su hijo aunado a sus propios problemas. Fuimos testigos de la esperanza que tiene una madre ante las complicaciones y adversidades que enfrenta para lograr que su hijo mejore y madure como ser humano, pero es precisamente esta esperanza la que es más dolorosa.

Mommy nos muestra el profundo amor que siente una madre por su hijo y viceversa, las formas en que este amor se expresa y se vive; conocemos todo lo que el uno quiere para el otro, somos testigos del amor más incondicional posible, a pesar de la incompatibilidad, diferencia de ideología y creencias. Amar es lo que mejor sabemos hacer y es ese amor incondicional el que se muestra en cada cuadro de la  cinta aunque se presente de las maneras más extrañas posibles.

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