Liquidación y angustia de Alfonso Michel

La novia

Por Mario Mendicuti Abarca

De entre los 82 artistas que es posible encontrar en la exposición Los Modernos, del Museo Nacional de Arte (MUNAL), más de uno se revela como un descubrimiento, un nombre que el espectador antes no conocía y que llega a quedarse para impresionar. Éste es el caso, para muchos, de Alfonso Michel, nacido en Colima en 1897. No son ni cinco las obras que de él se exponen, pero logran sorprender por su abigarramiento y profundidad.

Este pintor de la primera mitad del siglo XX mexicano vivió entre su estado natal, en la Ciudad de México, en Francia y en Estados Unidos, donde conoció y convivió con la fuerte marejada de movimientos artísticos de vanguardia. Si bien aprendió más de una o dos cosas de ellos, también se le llega a relacionar mucho con los resabios que quedaban de la pintura simbolista e impresionista de finales del XIX.

Alfonso Michel, delta, punto en el que confluían diversas corrientes, choque de sensibilidades, realizó principalmente retratos de corte costumbrista y naturalezas muertas. Sin embargo, a manera de la pintura metafísica, enfatizó lo simbólico de la escena, dejando de lado la narración teatral o la evocación sentimental, para invocar emociones.

Desnudo

Sus óleos se relacionan con los de Giorgio de Chirico en Europa y con los de Manuel González Serrano en México. Al igual que ellos, sustituye la pared por la ventana, que deja ver el espacio exterior desde el interior: síntesis de lo que está afuera con lo que se encuentra adentro.

En La carta, por ejemplo, se presenta el mar en conjunción con una copa vacía y rota, acompañada por una mano cercenada que pareciera estar sosteniendo una concha. De la misma forma, El adiós o As de trébol sobreponen los espacios y los elementos que los constituyen para hacerlos uno.

Otra de las fascinaciones de Michel era retratar a los anónimos que vivían y formaban parte de la costa, hombres y mujeres que se fusionan con su entorno, siempre incompleto, siempre en construcción. Detrás de las personas, se alzan ruinas, andamios y paredes de ladrillo, que a su vez comparten su espacio con animales, maniquíes heridos y plantas.

La mujer de lata

Así como en las naturalezas muertas ya mencionadas, en las que las copas dejan ver las entrañas del mundo, en pinturas como Desnudo la negrura de los ojos dialoga con la superficie de un cuerpo sin ropa. La mujer de lata muestra lo que podría parecer una sirena metálica cortada a la mitad, detenida en el desconsuelo eterno.

Tres de sus pinturas más representativas son Agonía (La muerte del circo), Fiesta I y Fiesta II, en las que el protagonista es un caballo separado de sus extremidades, a punto de morir. De piel blanca en los tres casos, los ojos y la boca abierta de los animales emiten un grito sordo. Se nos permite observar cómo el dolor los engulle paulatinamente: instantánea de la muerte en la que el individuo se fragmenta y queda reducido a una masa de carne y sangre en agonía.

Muerto en 1957, a los sesenta años de edad, los últimos trabajos de Alfonso Michel revelan la desesperación ante el paludismo, una enfermedad que hace tiempo lo aquejaba. Esqueletos, heridas, furia, tristeza y destrucción pueblan estos lienzos, pero los alía con la transformación, la pureza, la aceptación y la paz, lo que nos sugiere una manera de fluir ante la adversidad. Como copa de agua a la deriva en el mar, ante la calma y ante la tempestad, toma para sí parte de ellas: hace de la marea un ir y venir interno.

Varias de sus piezas son resguardadas por la Colección Andrés Blaisten, desde cuyo sitio se pueden observar.

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