Arte, testimonios y disputas sobre un archivo: ¿a quién le pertenece Luis Barragán?

Por Mario Mendicuti Abarca

De entre los argumentos que se han utilizado para atacar y defender las piezas expuestas en Una carta siempre llega a su destino. Los archivos Barragán, de Jill Magid, algunos giran en torno a su carácter de obra de arte, de denuncia o de aparato mediático. Cuauhtémoc Medina, uno de los curadores de la exposición, dice[1] que una de sus intenciones era establecer un espacio de diálogo, en el que el público pudiera conocer una discusión que ocurría casi en tiempo real, antes de que fuera cristalizada por la historia. Por otro lado, Daniel Garza-Usabiaga, crítico e historiador del arte, en una extensa carta, cuestiona[2] desde varios frentes no sólo la exposición, sino también a la artista y sus intenciones.

Al enfrentarse con información sesgada, puntos de vista encontrados y reclamos ante el que se profanen (verbo archiutilizado en las discusiones sobre la exposición) los restos de Luis Barragán: ¿cuál es el papel del espectador común?, ¿qué debe hacer éste al entrar a la sala donde se encuentra la muestra?, ¿de qué sirve tenerlo viendo cartas, correos, videos, ex-votos y un cadavérico anillo? La sensación es la de un voyerista que desde lejos presencia una discusión entre dos padres sobre quién obtendrá la custodia… ¿pero de quién o de qué?

La atracción principal es el anillo creado con una parte de los restos de Barragán, con el fin de ser intercambiado por el archivo del mismo, resguardado en Suiza por la Barragan Foundation. Así, nuevamente, el espectador es sólo eso, alguien que observa cómo se desarrolla una negociación o una lucha, que bien podría ser de egos. No es necesario hablar de si se trata o no de una obra de arte, pues decir que sí o que no sería inmiscuirse en una disputa en la que en realidad no importa la opinión externa. Los hechos parecen estar frente a los ojos de cualquiera. Se entra como testigo y se sale como jurado, pero uno silencioso, cuyas palabras sólo uno puede escuchar al interior de su cabeza.

Además de la intención explícita del museo, ¿qué podemos entender del discurso que subyace al montaje de Una carta siempre llega a su destino? Primero, el recinto museístico se presenta a sí mismo como sitio en el que las pruebas podrán ser analizadas (siempre detrás de las líneas y sin tocar), a partir de lo que se tendrá que emitir un juicio que de nada sirva. La opinión del público se asemejaría a un murmullo, a una serie de expectativas sobre la manera en la que espera se desarrolle y llegue a su desenlace aquella ficción digna de telenovela mexicana, pero en la cual no puede participar.

Cuando se presentan los hechos como una narrativa fragmentada se apela a los espacios de indeterminación, a la posibilidad de completar una historia en la que el arte, o aquello expuesto como tal, tiene la capacidad de resarcir un daño: la recuperación del patrimonio artístico de la nación. Si bien nada asegura que esto suceda, el que entra en las salas del museo, sin darse cuenta, toma partido, se vuelve parte de la polémica religiosa, institucional, artística, historiográfica o de resguardo.

De esta manera, algunos logran darse cuenta de que el arte también está sujeto a mecanismos de poder, a intereses públicos y privados, a la moralidad y a la permanente tensión entre quién debe resguardar qué (problema que probablemente resurgirá cuando el diamante regrese a San Francisco y se encuentre “lejos de su patria”). Como ya se ha dicho, no depende de la calidad artística de los objetos expuestos, tampoco de la intensión “verdadera” de la artista o del museo, sino de que el espectador es llamado como testigo de un caso en el que no sabe si debe o no entrometerse.

Una carta siempre llega a su destino. Los archivos Barragán, de Jill Magid, curada por Cuauhtémoc Medina y Alejandra Labastida para el MUAC, de la UNAM, permanecerá abierta del 27 de abril al 8 de octubre de 2017. Durante la primera semana, se llevaron a cabo conversatorio sobre temas como la obra, el archivo, las leyes y las perspectivas éticas, todos los cuales pueden ser consultados en línea[3]. La muestra, así como estos diálogos abiertos, hará que todo mensaje, cifrado o no, explícito o implícito, llegue a su destino.

 

[1] http://www.jornada.unam.mx/2017/04/19/cultura/a03n1cul

[2] http://gastv.mx/una-carta-a-jill-magid-por-daniel-garza-usabiaga/

[3] http://muac.unam.mx/evento-detalle-161-dialogos-abiertos-.-jill-magid-

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