Y de pronto el minotauro sigue aquí

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Ilustración: Apollonia Saintclair

Por Nallely Pérez

Qué puede ir mal quince minutos después de abrir con prisa el disco homónimo de Portishead y oírlo a todo volumen mientras te paseas por tu departamento dispuesto a calentar trozos de sintética pizza chiclosa. En apariencia, nada; el sueño americano se expande al norte y no al sur dando a Canadá su rebanada. A Ariadna en su laberinto de hedonismo tercer milenio se le arruinó en tales circunstancias algo más que la tarde.

Es al ritmo de Half day closing que se interceptan las vidas de Mino y Ariadna, quienes nos cuentan en primera persona cada uno su versión de una misma lucha cuerpo a cuerpo. Al correr de las páginas, El minotauro fulminante —ópera prima de Marie Hélenè Poitras—arroja una deliberada reinterpretación del enmarañado mito griego.

Publicada en 2003, tras haber obtenido el Premio Anne-Herbert, y traducida por la Editorial Paraíso Perdido tres años después, esta novela de continuas alusiones pop es un adentramiento a una dupla de modernos antihéroes, un vendedor de fruta y una universitaria, cuyas hazañas en poco se asemejan a las de Teseo.

Ilustración: Apollonia Saintclair

Ilustración: Apollonia Saintclair

Ajena a la inmediatez propia de los best sellers, De pronto el minotauro (como se le tituló en su segunda y última edición) tiene como hilo argumentativo la violación, tema escabroso tratado con naturalidad e insistencia en la tradición literaria helénica y hebrea que, no obstante en la actualidad es un tabú, el cual no suele aludirse sino es para censurar, si bien continúa a la orden del día como desde tiempos inmemorables.

A diferencia de la nirvanesca Rape me, en esta historia no se da el síndrome de Estocolmo pero sí acontece algo parecido a Polly. La diatriba victimario-víctima se desdibuja, no hay maniqueísmos. Ambos personajes, únicos sonantes en la narración, plasman por separado el encuentro que les desvió la existencia, en el cual, por cierto, no intercambiaron palabra alguna porque fue la fuerza la que determinó su cruce.

Ilustración: Apollonia Saintclair

Ilustración: Apollonia Saintclair

Si se tratara de una historia real postulada a la nota roja, el acontecimiento se resumiría en el supuesto triunfo de la justicia, como si hubiera sido ésta y no las prisas al estilo cenicienta la responsable de la imperfección del crimen. Ariadna sería un número más, la trigésima primera plagiada por el violador serial Mino Torrès. Pero no es el caso, la francocanadiense Marie Hélenè Poitras traza desde un psicologismo joyciano los alcances poéticos de un hecho de tal calaña.

La escritora nacida en Ottawa en 1976 cede la voz en la primera parte de la novela al personaje masculino, Mino, guatemalteco ferviente lector de Gabriel García Márquez que aprende francés desde niño y emigra al lado de su joven esposa a Quebec, donde lleva una doble vida. Epiléptico, como María —célebre personaje del también escritor colombiano Jorge IsaacsManuel, Minolito ofrece, sin hacer una apología de la misma, una sensible concepción de la agresión sexual, mientras sedado con pastillas anti-erección no permite que nadie acabe con su imaginación, el bastión de mayor valía que posee.

Ilustración: Apollonia Saintclair

Ilustración: Apollonia Saintclair

Después, Poitras hace que sea la chica quien lleve la batuta de la narración. Ariadna conserva algunos de los rasgos de su tocaya mitológica; es la artífice del degollamiento del minotauro, por ello insiste en recalcar que, aunque mueve a la lástima después del intento de violación del que logra salir avante gracias a optar por la inercia y fingirse muerta, es ella la verdadera paladín del acontecimiento, así como fue Ariadna y no Teseo quien urdió el plan para salir del laberinto. La joven mujer se relata como sobreviviente mientras echa una vez más el paso con firmeza por las calles de una Alemania a la sombra del holocausto vestida de Love Parade.

La autora de títulos como Giffintown, Rock & Rose y La muerte de Mignonne, plantea la necesidad de que el hombre deje de ser el guerrero activo y la mujer la enfermera consoladora y pasiva, ello como una liberación de los roles sexuales más amplia que la constantemente unilateral visión feminista, de la cual no es pregonadora ni intenta ser estandarte. Su pluma es multifacética, como la de su veterana connacional, Margaret Atwood.

Es probable que la próxima vez que escuches Half day closing te cerciores que nadie anda por ahí escondido y te sobrevenga el temor de haberte convertido en un personaje de novela negra a la Bret Easton Ellis, como el que invadió a Ariadna. Mas que no cunda la paranoia que leer De pronto el minotauro no dejará más secuela que un hecho, en los mitos de ahora no hay intervención divina ni tampoco acaboses.

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