Los menonitas y su Luz silenciosa; dentro, fuera del espejo  

 

luzsilenciosa

Por Eduardo Paredes Ocampo

@e_paredesoc

 

Un espejo muestra a otro: mi mano derecha es izquierda allá. La fantasía y la fábula de aquél lado ocurren, ambos relatos por el azogue disociados. Tal comparación, desde Platón y Aristóteles, se encarnó en la crítica artística: entre realidad y ficción, por imitarse, hubo al principio pugna, pacto, después. Cotejar lo creado y lo evidente no reduce la escisión, la exagera siempre.

El mes pasado, tuve la oportunidad de acudir a uno de los lugares más ilustrativos de la complejidad demográfica en el mundo: Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua. Después de un exilio de siglos que, de Holanda y el norte de Alemania, pasó por Ucrania, Rusia, Canadá y Estados Unidos, una rama de los anabaptistas, los menonitas, se asentaron en esta parte del territorio mexicano a principio del siglo XX. Sin embargo, pese a su antigüedad, aún más pocos nacionales sabrían de ellos sin un gran reflejo de su ser, la película Luz silenciosa (Stellet Licht) de Carlos Reygadas, realizada en el 2007 y ganadora, entre otros, del Ariel a la mejor película y del Premio del Jurado en Cannes.

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Ambas formas –la vida menonita y su ficcionalización- se funden y confrontan. Lo poco que vi de la primera, unas solitarias cuadras, totalmente desiertas después de las seis, aporta el ritmo de la segunda: las largas y pausadas escena son resonancia de una de las pocas culturas que todavía usa carretas. Ritmos acordes: pacientemente Reygadas filma amanecer y oscurecer completos, prólogo y coda del relato; como toda cultura agrícola, el alba y la puesta de sol delimitan la vigilia en los seguidores de Menno.

            Ese ritmo parsimonioso sirve entonces para dotar de realismo al filme. De esta forma, casi toda la obra puede ser vista como documental. Usando sólo ‘actores’ menonitas, dejando al parecer una libre interpretación a los personajes quienes, fuera del canon tradicional, repetidamente voltean hacia la cámara, pareciera que lo único ficcional, lo único más allá del espejo en Luz silenciosa es su argumento: un hombre casado encuentra al amor de su vida en otra mujer. Por su lado, la cara que los menonitas muestran al mundo resulta del todo postiza. Su Casa-Museo de la Cultura Menonita y la única fábrica de queso de ‘libre’ acceso nada reflejan de la complejidad de una cultura detenida en el siglo XVI.

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            Entrar en la terracería que rodea sus casas, edificios algunos lujosísimos, y encontrar a hombres casi albinos; escuchar alemán en pleno norte mexicano y, levantando una polvareda, ver pasar una carreta, son sólo algunas de las cosas que semejan el vivir menonita a la fábula. Frases como “la paz es más fuerte que el amor” o “esto es lo más triste de mi vida, Johan, pero también lo mejor”, en su contexto de ruptura amorosa sumamente poéticas, deshacen el encanto realista pretendido por Reygadas. Ambas expresiones culturales cunden, finalmente, en la ficción.

            Luz silenciosa tiene una conclusión fantástica: una suerte de resurrección acontece. La abolición de reglas lógicas dentro de una obra tan realista como para calificarla de documental muestra la complejidad de la cosmovisión plasmada: de este y del otro lado del espejo se vive. En el fondo, no es sino un relato, la religión, lo que ancla a los menonitas a su realidad. Quizá en el su mundo no existe la escisión presente en el nuestro donde magia y razón, imagen y reflejo nunca se hermanan.