Centauros somos: sobre Historias de caballos y hombres de Benedikt Erlingsson

 

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Por Eduardo Paredes Ocampo

@e_paredesoc

En un pasaje de Las metamorfosis, Ovidio narra una pugna entre centauros y hombres. Impelidos por el deseo, los híbridos intentan secuestrar a la recién casada Hipódame. Los invitados, contagiados por la irracionalidad de sus agresores, responden como espejo, “el vino les da alientos, y en el comienzo de la lucha vuelan lanzadas las copas y los frágiles jarros y los curvos calderos, cosas en otro tiempo adecuadas para el banquete, ahora para la guerra y las matanzas”.

Si las primeras herramientas que nos separaron del animal, aquellas que engendraron la cultura, fueron las utilizadas para saciar el hambre, los griegos, tornándolas contra los centauros, las desvalorizan: la mayoría de los primates emplean palos para pelear. Hasta  el mismo Ovidio, con sus descripciones descarnadas de la batalla, frente a estas heterogéneas bestias saca nuestra mitad animal: “se rompió la muy ancha redondez de la cabeza, y a través de la boca y la concavidad de las narices y los ojos y las orejas fluye el reblandecido cerebro, como suele la leche cuajada en un mimbre de encina y como mana el líquido bajo el peso de un poroso tamiz y se le hace salir espeso a través de los apiñados agujeros”.

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De centauros también trata Historias de caballos y hombres (2013) del director islandés Benedikt Erlingsson. Si bien la película no rebasa los límites del realismo, existe una implícita inseparabilidad entre los habitantes de un pueblo perdido y las bestias que crían. Una serie de historias de amor y muerte se entrelazan en torno al cuidado hípico. De la animalidad humana, de la sensibilidad y dignidad animal, interpretamos el centro temático de la película: contrastan los repetidos close-ups de los ojos de los caballos, repletos, pareciera, de una dócil sabiduría, con el alcoholismo y la lujuria de los personajes humanos.

Como Ovidio al enfrentarse con los centauros -nuestro reflejo irracional-, el estilo de Erlingsson se adapta a lo narrado: utiliza el género mixto de la tragicomedia como herramienta para expresar nuestra ambivalencia. De un momento donde toda la sala ríe del ridículo de un elegante hombre cabalgando a una yegua repentinamente montada por un semental o de un irrisorio latinoamericano aprendiendo el arte hípico para conquistar a una rubia islandesa, la película silencia al público ante el irracional asesinato del inocente animal por la humillación sufrida o frente al heroico, al tiempo que patético, acto de destripar a un caballo y entrar dentro del cuerpo para, lejos de las latitudes calurosas de la América ecuatoriana, no morir de hipotermia.

Cada caso -y, en general, toda narración del filme- manifiesta una fusión de ambos seres: centauros metafóricos. A la escena del coito animal, Erlingsson añade como espejo  otro paraje para hacer del sincretismo más aparente. Dos amantes por fin se encuentran durante la captura de caballos silvestres. Como en la primera historia, varios pobladores son testigos del acto. Un caballo toma el lugar de aquél elegante hombre ridiculizado por el semental: antes de tirarse al suelo, la mujer previene a su pareja de no soltarle la cuerda a un rocín especialmente inquieto. En ambos momentos, frente al mirar del otro, como si humano y equino fueran inseparables, el acto se concreta.

            Centauros somos. Erramos al creernos, tras el escudo de la razón, contrarios. Sucumbiendo ante sus agresiones, idénticos nos muestra Ovidio. En su entrópica narración  del  intento de rapto de Hipódame, rápidamente el lector confunde los seres y las formas: ¿humano o centauro es Hélope quien “fue atravesado por una jabalina que hizo transitables las sienes” o Dictis, el que “cayó de cabeza y quebró con el peso de su cuerpo un enorme aliso y revistió los pedazos con sus entrañas”? Poco importa, parece responder Erlingsson: nada nos distingue si, tanto en la muerte como en su contrario, el amor, somos animales.