Caminar Sarajevo, casi una Numancia moderna

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Fotografías: Eduardo Paredes

Por Eduardo Paredes Ocampo

@e_paredesoc

Nadie sabe donde quedó Numancia. Sitiada durante trece meses por los romanos, al ser vencida simplemente desapareció. Sólo queda la especulación y, a falta de pruebas, proponer la leyenda: antes de capitular, los numantinos prefirieron suicidarse. La moral empaña a la Historia –lo intangible a lo tangible- para dejarnos con la epítome de la valentía.

            Miles de años después, en Sarajevo, Bosnia, el sitio de Numancia encuentra eco. Al esfumarse el régimen comunista, Yugoslavia –ese rompecabezas étnico y cultural- se desarma. Aparece el celo de los servios: cruzan las recientes fronteras, hacia Bosnia, hacia Croacia, para prevenir el cisma. Esgrimen todavía la nostalgia de Tito, líder aglutinador, muerto en 1980.

            Pese a enfrentarse al ejército de toda la federación, nadie en Bosnia se rinde. A los pocos días, ambos bandos manchan la guerra con tiznes étnicos y raciales y, así, deja de esperarse la capitulación para apuntar sólo al exterminio. Desde las montañas que rodean Sarajevo, indiscriminadamente empieza a dispararse.

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            Veinte años después del sitio más extenso de la historia (1992-1996) Sarajevo es un puñado de cicatrices. Reside su encanto en lo poco que ha cambiado. No hay calle que no muestre, con un edificio derruido, con el estigma cacarizo de la metralla, un dolor latente. Cada habitante habla de un hermano perdido, de una novia exiliada. Vagan las calles los hijos, los nietos de aquellos perros cuyos dueños, del día a la noche, desaparecieron. Todavía vocifera demasiado saberse por tanto tiempo presa.

            Pese a su semejanza, un abismo separa a Sarajevo de Numancia. No son los siglos ni los kilómetros lo que aparta a las ciudades: es el olvido. Paradójicamente, la urbe ibérica debió ser barrida del mapa para entrar a la memoria. Gracias al misterio el mito late. Fácil resulta concebir milagros con la carne que en unos años se consume: las reliquias de cualquier piel aparecen. Pero no tan presto se evaporan las ciudades. Mística es México –vive sobre las ruinas de la gran Tenochtitlan- místicas son Berlín y Varsovia –levantadas al cien del escombro del bombardeo- pero Sarajevo todavía no.

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            Para que el proceso de mitificación enteramente se concrete hace falta otro paso. La gloria, el heroísmo y el sacrificio apenas pulsan en la capital de Bosnia. La interpretación debe opacar al hecho; hacerse traslúcida la lucidez del hombre. Los datos y fechas, los lugares específicos bullen en las calzadas hasta llegar al fetichismo: pétalos pintados en el suelo muestran cada punto de la masacre. Aparte, para los bosnios no existen culpables; así todo –hasta el más arbitrario y cruel suceso- deviene fruto de las circunstancias históricas. La memoria histórica –una ficción sólo del intelecto- debe ceder ante la moral –una ficción social.

            Mostar, ciudad vecina a Sarajevo, también fue barrida  por un sitio semejante. Después del intenso bombardeo que destruyó toda la ciudad vieja, en uno de los espectáculos de destrucción patrimonial más tristes de la historia, el famoso Puente de Mostar (de más de 400 años de antigüedad) sucumbió ante el cañón. Diez años más tarde el monumento fue reconstruido. Existe cierta magia al cruzar la réplica y encontrarse, al final, con un amargo recordatorio pintado en una piedra: Don’t forget. Una revancha apunto de estipularse. No la evocación, como en Mostar o Numancia, sino la siempre presencia de la guerra se respira al caminar Sarajevo.