Dejarse navegar: Christiania, Copenhague

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Por Eduardo Paredes Ocampo

  @e_paredesoc

En la tormenta no hay marinero que no se tiente con anclar. Pero sabe que sería atarse al remolino o sucumbir bajo la ola. En vez, corta las cuerdas y, ya sin mástil, deja navegarse. Si no lo hunde, la misma tempestad terminará por librarlo.

            Aún miles de litros de por medio, el náufrago también tienen fe en el fondo. Quiere la costa, un insólito banco de arena o hasta una digna muerte lejos de los carroñeros. Si llega a encallar, hará un exvoto o, sabiéndose acreedor de un milagro, creerá: náufrago una segunda vez –de las consecuencias imprevisibles, de una vida que pensó perdida- volverá a buscarse en lo profundo.

            Como la religión, en el terreno de lo social las utopías son el tiento del perdido. Desde Tomás Moro hasta nuestros días, han quedado en promesa varias prácticas de tal anhelo. Pero el impulso pervive para dar, por ejemplo, la comunidad socialista North American que sólo pudo destruir un incendio. Al final, todo utópico esgrime la misma angustia: su intento de alejarse del temporal –social, capitalista, etc.- inevitablemente lo llevará a otro.

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            En 1971 en Copenhague se tiró una de las últimas anclas utópicas cuando un grupo de hippies logró establecerse en Christiania, una zona militar abandonada en medio de la ciudad. Basándose en ideas anticapitalistas, la comunidad alcanzó cierta autonomía política en 1989. La venta y el consumo de drogas –fundamentalmente marihuana y hashish- fueron desde el principio aceptados. Al borde de un pequeño lago, los habitantes de este estado dentro del estado construyeron sus casas, pintando el pueblo de arcoíris y flores.

            Cuarenta años después, uno visita  Christiania con cierto recelo. Desde la colorida entrada que, junto al nombre del pueblo, señala la salida de la Unión Europea, varios letreros puntualizan las reglas del lugar: está prohibido tomar fotografías, para no generar desconcierto general, nadie puede gritar ni correr, la venta de hasish es ilegal, etc. Christiania finalmente sucumbe al naufragio La paranoia –quizá consecuencia del desmedido consumo de drogas- pasó a terreno social. Las regalas de las que, siguiendo un principio anárquico, alguna vez quisieron evadirse, hoy los someten. En un largo nado de cuatro décadas, han regresado a la tormenta.

            El primer paraíso demográfico también desapareció de Christiania. Hoy, de los mil pobladores del parque trescientos son niños. Alarma en la capital danesa: ¿cómo puede desarrollarse un infante dentro de un ambiente donde priman las drogas? Aparte, si Copenhague es catalogada como la ciudad más propicia para vivir, si su infraestructura deja a otras naciones del primer mundo al lado, entrar a un parque fangoso, sin pavimento ni servicios básicos como agua y electricidad, produce un amargo contraste. De una calle a otra el visitante cruza del desarrollo al subdesarrollo.

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            De vez en vez, un grupo de náufragos encuentra una pequeña isla de guano a la mitad del mar. Después de asentarse, comienzan a pescar, captan agua de lluvia y pronto establecen su propio paraíso. Pero, al cabo de unos años, la isla sufre sobrepoblación y, junto al deshielo de los polos, el peso de los pasos poco a poco va hundiendo la utopía. Hoy el agua les llega a las rodillas, mañana quizá hasta la cintura. ¿Qué harán cuando alcance su pecho? ¿Levar anclas, dejarse navegar hacia otras costas?