Alfa y Omega de la fábula sideral: una crítica a Gravity de Alfonso Cuarón

gravity--sandra-bullock-alfonso-cuarón-linne-magazine

Por Eduardo Paredes Ocampo

En 1969 escenificamos, dicen, alunizar; hoy, sólo a tiento de ciencia ficción se busca vida en Marte. Al hombre que antes imaginó sigue la exploración sideral. Como alguna vez lo fue América, el espacio ha devenido una zona sobreinventada. Sin la fábula, hasta para los mismos científicos, es imposible divisar constelaciones.

            Por ello, ni la primera narración de viaje al espacio, la Historia verdadera por Luciano de Samosata (siglo II),  ni la última, Gravity, película por Alfonso Cuarón (2013), son libres de fantasía. En ambas, el elemento ilusorio prevalece aunque, mientras en la primera plenamente se acepte, la segunda pretenda su elución. Génesis y finalidad también encuentran en las dos contradicciones: si el griego despega desde lo fantástico y bien aterriza en la realidad, el mexicano parte del realismo para fatídicamente chocar con la fantasía. Veamos, en ambos viajes, las diferencias y confluencias entre estos dos polos. 

            El fragmento del viaje sideral en la Historia verdadera versa principalmente acerca de una nave que, extraviada por una tormenta en el espacio, llega a convivir con habitantes supralunares. Gravity, por su lado, relata las peripecias de dos astronautas a la deriva. Luciano de Samosata,  al describir las costumbres tanto en la guerra como en la vida cotidiana del pueblo celeste, realmente se refiere al suyo. Cuarón, en cambio, pese a prometer lo mismo (“queríamos que todos los escombros que aparecen y la adversidad que tiene lugar fueran una metáfora de las adversidades a las que nos enfrentamos todos en nuestro día a día”, dice) se pierde en arquetipos y clichés que del hombre no nos dicen mucho.

gravity--sandra-bullock-alfonso-cuarón-george-clooney-linne-magazine

            La película comienza con una interesante ironía dramática: Matt Kowalski (George Clooney) constantemente repite “Houston, tengo un mal presentimiento sobre esta misión” sólo para referirse a una anécdota amorosa en un intento de ligue galáctico. Sucedida la tragedia, Ryan Stone (Sandra Bullock), la cortejada, de manera totalmente inverosímil recurre a la frase. Lo que diálogos antes fue un buen recurso prospectivo, Cuarón decide quemarlo en un ejemplo de típico humor hollywoodense. Otro caso de esa risa acartonada lo muestra la propia Bullock cuando, al encontrar finalmente una señal de radio en tierra y sólo escuchar el ladrido de un perro, comienza, a su vez, a ladrar. La intención en ambos casos no es desacertada: un toque agridulce siempre resulta sano. Sin embargo, tanto la magnitud de la catástrofe filmada como la parquedad de diálogos para hacerle el justo contraste impiden acompañar la escena con risas y lágrimas. Muestra de artificialidad desde los diálogos: metáfora no del hombre sino prueba de su propio fantaseo.

            Por su parte, si bien el humor de la Historia verdadera es mucho menos ambicioso, está, a mi ver, mejor logrado. Usando de escudo al espacio, el centro de sus juicios no deja de ser la tierra. Por eso hace una sutil crítica a las costumbres humanas cuando, describiendo a los habitantes de las estrellas, dice que “no orinan ni defecan, ni poseen siquiera el orificio anal en igual lugar que nosotros; ni tampoco los jóvenes ofrecen para el amor sus traseros…”. ¿No acaba diciéndonos más este pequeño extracto de nuestras manías de amor que un ingenuo galaneo, que una redundancia de chistes en pleno holocausto espacial?

gravity-poster-sandra-bullock-alfonso-cuarón-george-clooney-linne-magazine

            También la técnica, diez y nueve siglos aparte y entre expresiones disímiles, se encuentra supeditada al realismo. Pero, mientras Gravity manipula el artilugio del 3D y la tecnología fotográfica, la Historia verdadera simplemente utiliza la retórica. Al principio de la película, nos vemos inmersos dentro del casco de un cosmonauta. Todo para ver cuánto oxígeno nos queda, para sentir apenas el esquive de detrito. Cuarón, por momentos, nos personifica en el filme. Sin embargo, al tiempo que lágrimas de Sandra Bullock o plumas abandonadas en pleno espacio empiezan a salir de la segunda dimensión innecesariamente, el efecto cae y el resultado es excesivo: sumisión total a la forma, puro alarde de técnica. Luciano, en cambio, le evita a su obra la adjetivización de “jalada”, mote perfecto para la fantasiosa Gravity, diciendo de sus enemigos: “Su número, sin embargo, no lo he mencionado, no sea que parezca absurdo a alguien, tan grande era”. Con prudencia, el griego previene la hipérbole: tan pocas palabras, logran, paradójicamente, enunciar de sobra. La magnificencia de unos ojos quizá se sabe más lacónicamente (“en cuanto a las características de sus ojos, dudo en hablar de ello, por temor de que me juzguen mentiroso, dado lo increíble del relato”) que con la locuacidad del detalle extremo, propio de la película.

            De ilusión no está libre el espacio. Primero poblado por la fábula, sus fantasmas todavía lo rondan. Quizá para lograrse el realismo sin gravedad, debe de caer necesariamente en contradicciones: lo natural en arte requiere parafernalia. Pero el afán de  con tanto artificio metaforizarnos no desnuda el espejo. Sea la fábula sincera quien mejor nos refleje, aunque a veces preferimos al mago que al poeta.