Cuando el rifle lo apunta el infante: sobre La cacería de Thomas Vinterberg

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Por Eduardo Paredes Ocampo

@e_paredesoc

Tildados de brujos, vagan de las calles de Kinshasa a las selvas del Congo. Un exorcismo, la tortura para extraer al demonio, muchas veces basta. Sin embargo, parias perseguidos por sus propias familias, no es raro que sean asesinados. La desventura, la violencia y, sobretodo, la religión son los factores que empujan a los congoleses a cazar a sus niños.

En India, al creer que son dioses multimembrados y, así,  privándolos de cirugías, siameses mueren. Es famosa la península arábica por la cantidad casamientos de menores: previniendo una probable violación en la adolescencia y la deshonra familiar, a diario padres dejan la custodia de sus hijas en manos de sus contemporáneos. El poder de cientos de guerrillas, de miles de supersticiones (Niño Dios, Santo niño de Atocha, Santos Justo y Pastor, etc.) recae en sus infantes. Evidencia social son estos casos de la fuerza que alcanza, aquí en la forma de niños, la fragilidad.

Tal la crítica se asoma en la última película del director Thomas Vinterberg: La cacería (2012), Jagten en danés. Bajo un sencillo y ya tratado argumento, el supuesto abuso sexual de un maestro de guardería (Lucas) a una niña (Klara), el realizador de la galardonada Submarino busca transgredir un absurdo estigma social: la incuestionable inocencia de los niños. Sus antecedentes van desde la novela The Lord of the Flies (1954) de William Golding hasta la película Das weiße Band / El listón blanco (2009) de Michael Haneke.

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Repetido durante todo el filme escuchamos que “los niños no mienten”. Sin embargo, después de conocer el grado de manipulación de Klara, quien no sólo convence a todo el pueblo del abuso, sino también logra la complicidad  de sus compañeros, llegamos a sentir cierto placer perverso cuando Marcus, hijo de Lucas, escupe en la cara de la niña. ¿Qué subyace bajo este gozo antisocial?

En primer lugar, reconozcamos que, sólo por medios estéticos, únicamente los grandes artistas logran trascender barreras éticas. Hacer temblar las certitudes, ver que vivimos en un mundo del todo obviado destaca como uno de los valores primordiales del arte. Más allá de estos juicios, la catarsis, aristotélica liberación de pasiones, quizá dice más de nosotros que del objeto que la ocasiona. Es la debilidad del hombre, su fragilidad frente al infinito la que provoca, en África central, en la ficción danesa de Vinterberg, atribuir poder paradójicamente a la criatura más endeble. Resulta perverso el acto notando que en la inconsciencia, y bien oculto tras convenciones sociales, el hombre sabe demasiado diestro al infante. Con innato un deseo de poder en cada humano, naturalmente el niño abusa. Tiene que provenir de un ente ajeno a ambos cómplices, el adolescente (Marcus, en la película) un vulgar cubetazo de agua helada.

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Las cacerías nos demuestran la pertenencia del peligro. Casi siempre, frente a la gacela, el hombre tiene el arma. Sin embargo, en la República Democrática del Congo se interpreta al venado como león, el rifle lo apunta el infante. Este hecho se encuentra enmarcado en la película precisamente con el tema periférico de la cacería. Paralelo a la persecución de Lucas, Marcus está por adentrarse en un rito iniciático: la asignación de un arma y el permiso de la comunidad para cazar. Irónicamente, y sirve para caracterizar al resto del argumento, “este es el día cuando un niño se convierte en un hombre y un hombre en niño”, se dice. Diáfana justificación para un mundo al revés, los niños controlan el pánico; los hombres, vueltos a la infancia, les huyen.

La concesión de mando posee un matiz más sádico: aquél que comienza  en el miedo. Vive el mundo subordinando el recelo: su respiro está en hacer al débil la guerra. Vemos un reflejo particular en el infante de África, de la India, de México. Resultan absurdas las suspensiones pues siempre pondremos al más pequeño de penitente. Si el terror es el arma más prolífica, si el instinto de cazar ya nos anega, ¿quién vendrá a escupirnos en plena cara?