La civilización y la barbarie, otra vez

Por  Juan Francisco

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Dejando de lado la mediocridad técnica de Desaparecidos (Brasil, 2011), es decir, dejando de lado la pregunta por la calidad de la película (si es solamente una mala copia de The Blair Witch Project, si no aporta nada nuevo al género, si las actuaciones son más bien torpes, si la imagen del monstruo es risible…) queda todavía la cuestión de cómo la oposición fundacional en América Latina entre la civilización y la barbarie, la noción extendida de que lo popular entraña un peligro, sigue tan viva y tan presente en la producción artística de la región.

El film brasileño narra el viaje que hacen unos muchachos capitalinos para ir a una fiesta en una isla del interior del país. La selva que circunda el lugar es acechada por una bestia asesina, los jóvenes (que buscan a uno de sus amigos, la primer víctima) se pierden entre la vegetación y son eliminados uno a uno por esa fuerza invisible, telúrica.

Momentos antes de llegar a la fiesta se encuentran perdidos en la carretera, suben en su camioneta a un campesino que dice saber cómo llegar a la dirección que les han dado. Este personaje, con la camisa abierta, sombrero, con toda la pinta de una persona rural, les cuenta la leyenda de un asesinato que ocurrió en el lugar a donde van: un hombre no pudo resistir la visión de una mujer bañándose desnuda en una cascada, la atacó y la mató. Se relaciona lo rural con el descontrol de los antojos carnales, como un espacio en donde los seres humanos se comportan como bestias, es decir, que no pueden controlar sus impulsos como el humano-civilizado puede. El campesino les advierte que allí ocurren cosas extrañas y que por esto no se presenta mucho en el lugar. Esa advertencia pudo parecerles supersticiosa a los jóvenes de la ciudad -el conocimiento rural es una rama de la superstición- pero en realidad era un conocimiento efectivo.

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Una vez que están perdidos en la selva, caminando desesperados, deshumanizados, siendo acechados lentamente por una bestia que nunca ven, que los aniquila con facilidad terrible, con una fuerza desmedida, las figuras civilizadas -eficaces en el ambiente citadino- muestran su fragilidad o su contraposición al mundo salvaje. La selva significa un peligro que los civilizados no pueden esquivar.

El mismo relato que contara Esteban Echeverría, sobre el liberal que al pasar por un rastro de la provincia argentina es capturado y torturado por los hombres salvajes del campo, sigue siendo contado, sigue teniendo una lección válida; después de todo, Bolívar Echeverría nos dice que la misión del Estado nacional latinoamericano -civilizar de manera capitalista al continente- es una misión que todavía no termina.