El fin del mundo, la vida y la intimidad en los brazos de Xavier Dolan

Por Alberto Molina

Juste la fin du monde es la más reciente producción de Xavier Dolan, protagonizada por Gaspard Ulliel, Marion Cotillard, Léa Seydoux, Nathalie Baye y Vincent Cassel. Se trata de una historia austera, en la que Louis (Ulliel) regresa con su familia después de 12 años de ausencia para hacerles un anuncio  importante, el cual finalmente no se da por la constante interferencia de la emoción, el rencor y la relación cotidiana entre sus miembros. El afán de redención se enfoca especialmente con su madre (Baye), quien a la vez, es la única que sabe que algo pasa y de ahí el motivo de su visita.

Esta nueva cinta de Dolan, adaptación cinematográfica de la obra teatral de Jean-Luc Lagarce, es objeto de múltiples contrastes y tiene más noticias buenas que malas. La mala es, quizá, el exceso de drama, de invasión a la intimidad, de planos cerrados y diálogo; en general: un ejercicio saturado. Esto último no necesariamente es malo aunque he de confesar que decidí tomarme un receso a media película. Mi acción como respuesta a tales excesos fueron, tal vez, complementados por el estrés inevitable y los nervios que invaden la mayor parte de la obra. El sudor de cada uno salpica la pantalla, sin duda, y añade la incertidumbre de que, en efecto, algo está por decir el protagonista que seguramente dará un giro a todo lo que vemos.

Los diálogos en ratos se vuelven monólogos y en ellos Louis parece personificar bien nuestro sentir como espectadores: luce aturdido, aburrido y se esfuerza por quedar bien ante todos. Quizás haya quienes se sientan igual si sólo buscan en las escenas una plática amena. En esta ocasión la película no sólo busca ser fuente de espectáculo, por lo que este resultado puede que indique un acierto.

No obstante sus debilidades, pocas películas lucen diálogos no repetitivos. No sobra nada en lo que enuncian los personajes y no hay palabras pronunciadas que sean redundantes con lo que vemos. Visualmente el propósito de su director es claro: adentrarnos en lo más profundo del sentir de cada uno; identificarnos con sus roles (aunque esto no se logra al cien por ciento) y hacernos sentir la muerte próxima de Louis y, a la vez, ser empáticos con la familia tras su futura partida.

Hablando de lo visual, éste es probablemente el aspecto más hipnótico. El acompañamiento del soundtrack en escenas clave como los flashbacks se convierten en puentes; en burbujas de oxígeno que dotan de pequeños respiros a lo que, en algún momento, pudiera ser desgastante para el espectador. Además estas breves escenas del pasado conforman algunos de los momentos más apreciables de la cinta, dotados de atmósfera y añoranza.

Cada uno de nosotros tendrá una interpretación particular de lo que vea en pantalla y tendrá algún momento de identificación con cierto personaje en determinada situación. En mi caso, me quedo con el eje que define a Antoine: “Todos creen que quienes callamos somos buenos escuchando. Yo me callo para que me dejen en paz”.

Sólo el fin del mundo es la inestabilidad en actos; es la intromisión; ver cada poro abrir y cerrar en la piel. Es el acto de hablar por medio del silencio.

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