Tenemos la carne de Rocha Minter, una ficción de violencia física y simbólica

Por Ulises Miguel

Construir un universo donde el hombre ha reconfigurado su condición humana nos permitiría observar una faceta donde las normas que distancian nuestra vida de los “animales” o los “seres ignorantes e incivilizados” están quebrantadas, donde el juez y verdugo es la figura del Ello ideada por Freud, y donde la sangre, la soledad y el placer son los sepultureros de la coherencia.

Este mundo encuentra un ejemplo concreto en el relato cinematográfico dirigido por Emiliano Rocha Minter: Tenemos la carne. Si has leído algunas reseñas sobre la película, tal vez observaste diferentes opiniones que van de percibirla como algo inaceptable a llamarla un ejemplo tácito de una generación nueva en el cine mexicano; sin embargo, cualquiera que sea la perspectiva, podemos decir que la cinta mantiene rasgos narrativos que trascienden el morbo o el disgusto por ver sangre, incesto, canibalismo o genitales en la pantalla.

En ella encontramos una ficción situada en México y estelarizada por tres personajes (Mariano interpretado por Noé Hernández y los hermanos desdichados por Diego Gamaliel y María Evoli) que habitan un espacio reconstruido para simbolizar el útero materno en gestación. A partir de la fabricación de este escenario y la anti-humanidad de los protagonistas, nos involucramos en una atmósfera donde la violencia se convierte en una situación cotidiana, pero al mismo tiempo, refleja la necesitad de sobrevivir y esquivar el sufrimiento.

Conforme avanza la historia, la sangre y el quebrantamiento de las normas sociales continúa expandiéndose, pero en tal decadencia narrativa es posible notar diversas alegorías en las acciones de los hermanos y su mentor, en escenas como la del soldado entonando el himno nacional antes de ser canibalizado o en el giro narrativo ubicado casi al final de la cinta; todo estos elementos nos invitan a pensar en la violencia como la base del México ficticio de Rocha Minter, pero también a concebirla como la base de un México actual y real en el cual se ven afectadas las instituciones gubernamentales y sociales.

En cierta medida, el ambiente apocalíptico de la cinta refleja una desaparición del Estado donde el placer es la norma; ¿no es acaso una situación similar al México real?,  ¿no es el goce imparable por el dinero y el poder un generador de violencia y corrupción que derrumba a la sociedad y se convierte en ley? Como lo mencionó el productor del filme Julio Chavezmontes durante la presentación de Tenemos la carne en Cine Tonalá, la historia de México está construida sobre las ruinas y la violencia siempre ha formado parte de ella, por tanto, el largometraje sólo viene a reflejarnos un poco de la violencia simbólica, física o histórica en la que vivimos.

Paralelamente a estos simbolismos, la cinta aborda la exploración y deconstrucción del ser humano a partir de la transgresión de la cultura, a la cual consideraremos en este caso como al conjunto de normas sociales de convivencia. Sin intentar dar una lección al conservadurismo o gusto a los fans de lo prohibido, el filme retoma las pulsiones, como las llama el padre del Psicoanálisis, para verterlas en ejemplos concretos y enseñarnos un lado controversial de nuestra humanidad retratado por algunos escritores como Sade o Nabokov.

De esta manera, el filme se muestra como una liberación momentánea de lo escondido en nuestra psique a través un contexto nacional, pero también ejemplifica la libertad narrativa del filme para no esperar nada a cambio.

Asimismo, podemos decir que el  placer se nos presenta como una paradoja: mientras es la solución al sufrimiento, también se convierte en su origen; con una atmósfera marginal y apocalíptica retratada en el filme, pareciera que el deseo es efímero, transitorio o un sentimiento ligero, pero se transforma en la esencia de todo.

Por ello, es difícil situar a Tenemos la carne entre calificativos polarizados (buena o mala), ya que es más una propuesta cinematográfica que pudiera ir entre los géneros del horror y la ficción para decirnos que en el cine mexicano pueden generarse propuestas  alejadas de lo convencional al explotar y experimentar diversas aristas que van de lo actoral a lo narrativo.

Si quieres ser parte de la conversación que ha generado la proyección de la cinta, puedes verla en el Cine Tonalá como parte del ciclo #MásCineMexicano, proyecto que busca dar una mayor difusión del cine nacional independiente. Abajo te compartimos la entrevista que tuvimos con Diego Gamaliel (Actor), Julio Chavezmontes (Productor) y Yollotl Alvarado (Director de Fotografía).

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