Rogue One y Alepo, A Love Story

 

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Por Eduardo Paredes Ocampo

Semanas previas al estreno de la última película de Star Wars, Rogue One, la ciudad siria de Alepo fue bombardeada hasta la anegación. Los videos tomados de la catástrofe invadieron las redes sociales en un intento de politizar a quienes seguían entumidos por la reciente victoria de Donald Trump. Historias como la del niño Omran ayudaron a reponer peso a una balanza mediática que parecía para siempre perdida a la idiotez.

También, al tiempo en que la cinta se estrenaba, el gobierno del Reino Unido declinaba la petición de incluir al Jedaismo en la lista de las religiones aceptadas por el estado. Pese a que el gesto del gobierno británico resulta absurdo de por sí (al no ser un estado laico quema su pragmatismo con tales trivialidades) la decisión es digna de aplaudirse. Abdico de un absoluto relativismo y acato las premisas de una diversidad más pensada cuando digo que en un mundo agobiado por una violentísima cruzada entre credos, por terrorismos y extremismos varios, la dignidad de las religiones debe respetarse. La idiocia geek, basada en una quijotesca sobrevaloración de la ficción, empuja a la problemática realidad a un segundo plano. Dicho esto, me acepto totalmente Maradoniano.

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Las redes sociales han logrado derribar barreras discursivas y confundir la trascendencia con la intrascendencia. Tan paradójica mezcla sin duda se utiliza para mucho más que la simple manipulación política (la popularmente llamada ‘cortina de humo’). Culturalmente nos han (hemos [?]) hecho igual de híbridos. Vi Rogue One el pasado veintiséis de diciembre, día en que en La Joya, San Luís Potosí se celebraban los quince años de Rubí. Lo fundamentalmente nuevo del evento no fue el obsesivo afán de cubrir cada segundo de la fiesta por los medios de comunicación, a detrimento de noticias como la crisis y el desabasto de gasolina en todo el país. La novedad radicó, más bien, en que, por la duración del día, la política se trasladó a “la Chiva”, al vals y a las bandas que entretuvieron a los miles de asistentes. Que el gobernador del estado se presentara y regalara a la festejada, que se nominara y promocionara a futuros candidatos políticos en el sitio, implica que la efímera frontera entre lo serio y lo trivial se rompió. La heterodoxia discursiva, la verdadera diversidad de pensamiento, cada día cede terreno ante un mundo que peligrosamente se moldea homogéneo.

Como producto popular de la sociedad contemporánea, Rogue One refleja la tendencia a la trivialización. Sin embargo, a diferencia de los cuatro filmes anteriores de la saga, también la problematiza. Una de las características tonales más marcadas de nuevo y del viejo Star Wars, por ejemplo, es su mezcla de momentos trágicos con momentos cómicos. Personajes como R2D2, C3PO y Chewbacca aportaban un refugio a la risa para los episodios IV, V, y VI. Hasta cierto punto, en aquél entonces , la reducción cómica no resultaba problemática. El arte todavía podía proponer tal indiferente mezcla de tonos pues la pura amargura aún no aparecía tan constantemente como ahora. No teníamos que ser socialmente conscientes de nuestro decir porque, pese al discurso milenarista de la Guerra Fría, el Apocalipsis quedaba todavía a miles de años. La mediatización del mundo puso, poco a poco, a la tragedia en lo más inmediato: en nuestros medios de comunicación –los teléfonos y las computadoras. El humor –componente indispensable de la expresión humana– debió de adaptarse al nuevo y omnipresente dolor: como en las novelas de David Foster Wallace, como en los poemas de Charles Simic y en las películas de Tarantino, reírse contribuye al sufrimiento.

Paralelamente a una evolución coherente de las emociones, un humor banal empezó a poblar las más variadas expresiones culturales –el cine de Adam Sandler es quizá uno de los ejemplos más paradigmáticos. Como en política, en arte, los polos se desbalancearon. Particularmente la saga de Star Wars se sumó –hasta Rogue One– en esta retórica. Las nuevas películas (los episodios I, II, III y VIII) no sólo centran su atención en personajes tan banales como Yar Yar Binks, sino aceptan, en general, el final feliz como única retórica conclusiva.

Rogue One abdica de la felicidad como resolución. Al final, pese a que la Rebelión gana, la muerte lo abarca todo. Los condescendientes Jedis afortunadamente brillan por su ausencia. Contrariamente, el personaje principal, Cassian Andor (Diego Luna), es, simplemente, un asesino –su maquiavelismo lo convierte en uno de los personajes más complejos de las nueve películas. Inclusive el equivalente a R2D2 y C3PO, el androide K-2SO, encargado de aportar el contraste cómico, muere trágicamente, trastocando su humor en amargura.

Rogue One es una pieza que, pese a ser popular, le es fiel –siéndole infiel– a su contexto. Representa una excusa para medir las aguas de la trivialización: cuánto nos falta para hundirnos absolutamente en un mundo sin contrastes. Bastiones quedan, armas para combatir el volverse absoluta y absurdamente híbridos. Si hemos fallado en política, no dejemos que en sólo una se consuma el abanico de nuestras emociones –que todavía nos duela Alepo.

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