Star Wars: The Last Jedi y la poética del kamikaze

Imagen: Star Wars.

Por Eduardo Paredes Ocampo

Es en sagas como las de Star Wars y El señor de los anillos/ El hobbit –porque una a otra película se paga por la repetición de los errores– donde más claramente pueden observarse las patologías culturales del hombre contemporáneo. En cuanto a Star Wars, sería posible trazar, desde 1977 con A New Hope hasta 2017 con The Last Jedi, claros movimientos respecto a tendencias ideológicas, ya que temáticamente y estructuralmente cada película posee el mismo esqueleto. Con un mínimo estorbo en la recepción, resaltan las particulares idiosincrasias de las diferentes eras.

The Last Jedi es una película con una franca pobreza narrativa, haciendo más fácil el hallazgo de patrones culturales. La trama secundaria –la búsqueda de un hacker para desactivar el cañón que bombardea a la flota de la Resistencia–  no encuentra una solución formal elegante. Al ser traicionados por DJ (Benicio del Toro), el plan falla. La reacción del espectador, quien por más de dos horas ha seguido lo que termina en nada, es, naturalmente, decepción. En un mundo donde el cine, desde Netflix, se consume a pausas (para checar el celular) y más y más el público se siente atrapado en una sala oscura, ningún director puede darse el lujo de historias inconclusas. El tiempo del cinéfilo se ha vuelto dorado.

Sin embargo, este descuido estructural sirve para resaltar un aparato temático que, pese a existir en los otros filmes de la saga, nunca había tenido tanto protagonismo como en The Last Jedi (excepto quizá en el maravilloso spin-off Rogue One): el del martirio. En los últimos 45 minutos de la película, el fracaso impulsa una serie de sacrificios que transforman la película en un melodrama ci-fi. Los personajes asumen la poética del kamikaze: el que interpreta Laura Dern gira la nave que pilotea sola hacia el transporte enemigo para destruirlo; Finn (John Boyega) apunta la suya hacia un gigantesco cañón. Parafraseando a Luke –quien al final, sucumbe gratuitamente como tantos otros–, el mismo Jedi es un ser que debe, para el bien de la galaxia, desaparecer.

Variados han de ser los impulsos sociales que, a detrimento del placer estético correlativo a una elegante estructura narrativa, piden ver martirios. El cristianismo, evidentemente, es la base de todos ellos. Pero la reciente exageración del tópico nos dice más. En los tiempos del neo-autoritarismo, cuando las sociedades han perdido el contacto directo con soluciones pragmáticas para su devenir, sólo el desgano queda y la muerte se vuelve una pulsión creativa.