Aerosol: apunte de un retrato juvenil fallido

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Por Alberto Molina

Aerosol es la ópera prima de Mauricio de Aguinaco, quien desde Los Ángeles ha sido testigo de la vida de las pandillas y los grafiteros en un mundo lleno de drogas, sexo y hip hop desde los años ochenta. Trasladó su visión a México después de toparse con la historia de Drama y Tren, la cual motivó al director para transformar su proyecto documental por un filme de ficción plasmado en las calles de la Ciudad de México.

Lo curioso de esto es el intento de tropicalizar tal movimiento contracultural en la capital de México sin tener una idea muy aterrizada del asunto. Es decir, tal vez no es de mucha ayuda investigar a fondo tal o cual contexto artístico-cultural-social en Los Ángeles si al final se piensa desarrollar en otro punto del orbe; después de todo, la CDMX no es Estados Unidos.

La situación de inseguridad, el narcomenudeo y la escena del hip hop que se intentan representar no son igual aquí y allá. Además resulta muy naïve pensar que el mayor narcomenudista de Nezahualcóyotl se retirará de su barrio si pierde una pelea con el hermano prófugo de Tren o si aquel intentará matarte por intervenir un graffiti que marca su territorio en la zona.

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La confusión trasciende la frontera contextual y permea casi cada aspecto elemental de la película. La cinta comienza ubicándose en el pasado con una escala de grises distintiva y una estética pop que, a decir verdad, confunde en primer lugar si se trata de un filme dramático o cómico. De inmediato la introducción se presenta como una alusión bastante obvia a The Warriors (1979) de Walter Hill, aunque con mucho menos mérito.

Después de esa introducción se hace el color que nos sitúa en la época actual (aunque las edades que aparentan los personajes y las épocas representadas no encajen del todo). De un conflicto de aires neoyorkinos entre pandillas se traslada a un entorno más complejo situado entre el narcomenudeo y la corrupción de la autoridad, ambos vigentes y gastados en el cine mexicano.

Las noches de Tren y Drama en el FBI (el bar que frecuentan) suelen ser vividas entre el cúmulo de emociones agridulces que produce el vicio de estar en ese lugar que les comprende, donde se conocen el amor y los celos, donde los rostros no varían y se conocen los riesgos de caer gustosos al abismo. Aunque dicho telón de fondo acierta en su fácil comprensión, la interacción de ambos para construir la situación es superflua y minimiza su historia de amor en algo meramente telenovelesco.

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La insistencia de formar una pandilla ante la creencia (poco desarrollada y nada profunda) de que el dinero es lo que otorga respeto resulta buena y a la vez mala dependiendo de la óptica con que se observe. Por un lado resulta inmaduro y chafa que el personaje exija una pandilla sin un argumento creíble; por otro lado, tal inmadurez podría conformar el argumento mismo, yendo más allá de las palabras dichas, lo que haría más interesante al argumento (si es que ese es el propósito) que el discurso ingenuo que el personaje expresa de forma explícita.

Da la impresión de que el director enfocó gran parte de sus esfuerzos en construir un ícono pop, en que la cinta se tornara una referencia a la cultura popular y urbana, así como quiso que las juventudes se identificaran desde una perspectiva generacional.

La propuesta visual (muy digna en la fotografía y los acercamientos de cámara congruentes con el nivel de intimidad reflejado en las escenas) quizá no es la más decorosa en cuanto al recurso de la estética del cómic, pues ésta es mayormente utilizada para la comedia o la ciencia ficción infantil. En el caso del drama, considero un poco fuera de lugar este elemento. La combinación de eso con escenas de baile a la High School Musical no es la mejor opción, pues sólo resulta un batiburrillo de estilos contrapuestos que no llegan a un producto favorable.

En general, las actuaciones son forzadas y dejan mucho que desear. Figuras como Paco Ayala de Molotov, Dante Spinetta de Illya Kuryaki  and the Valderramas y Enrique Rangel de Café Tacvba podrían compensar la avalancha de críticas, aunque es una estrategia que de momento le sirva a la producción para cumplir con la meta en taquilla, pero nada más. Los actores amateur y la improvisación han sido una buena fórmula para muchas cintas del cine latinoamericano de este siglo, quizás eso hubiese funcionado mejor.

A menos que todo lo anterior haya sido perfectamente planeado para parecer de esa forma y burlarse así de las convenciones y de lo estipulado, difícilmente hay algo que rescatar: ni los efectos visuales a medias que incomodan la atmósfera de la cinta, las actuaciones mal trazadas, la mezcla poco afortunada de estéticas, la saturación de colores en locaciones y vestuarios, ni el soundtrack que, honestamente, no llega lo suficiente para contrarrestar lo arrepentido que salí de la sala de cine.

 

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