El rompecabezas cósmico de Andrzej Żulawsky

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Por Qornelio Reyna 

El polaco, recién fallecido, Andrzej Żulawsky salió de su retiro de quince años para traernos Cosmos (2015), la que es ahora su última película, basada en la obra homónima del también polaco Witold Gombrwicz de 1965.

Conocido por la exageración en su trabajo en cintas como Posesión (1981) o La Mujer Pública (1984), Cosmos alberga el mismo sello sui géneris en una farsa de construcción anacrónica con tintes de comedia ácida.

Un joven abogado aspirante a escritor, Witold, y su compañero modisto Fuchs, llegan de vacaciones a una pensión burguesa en algún lugar de Francia. En su estancia conocen a Catherette, una mucama de labio leporino y a Lena, una mujer joven y hermosa, esposa de Lucien.

Witold descubre un gorrioncillo ahorcado, un pedazo de madera, flechas que apuntan a direcciones imaginarias y quemaduras en las paredes, lo que lo lleva a sospechar que algo extraño ocurre. Acto que forza tanto en él como en nosotros la significación del entorno.

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A partir de ahí se desata la barbarie. El excentricismo de los personajes estalla de maneras desiguales. El viejo León con su locura libertaria y Madame Wyton con su ánimo esquizoide que termina por petrificarla al cabo de un rato, son quizá los ejemplos más próximos.

Igual de explosiva, Lena, quien de a poco enamora a Witold, forma una suerte de espejo junto a Catherette en sus fauces. Una hermosa y pura, pero siniestra, y la otra de apariencia herida pero de alma pura. “No debemos confundir lo bello con lo bueno”, cita el joven en algún momento.

La novela pretendida por Witold (quien ahora se reconoce como personaje pasolinesco con todo y cita a Teorema) se va transformando en novela policiaca conforme el misterio avanza y la realidad se pierde. Su crisis artística se rompe en cuanto se sumerge en este microuniverso de locura.

Lo irracional de las actitudes termina por descomponer el relato a modo de mosaico de motivos varios. Hablar de la belleza, el horror, el amor, la locura, la libertad, la muerte y otros conceptos son los menesteres para Żulawsky.

Fiel al espíritu adolescente del libro, las trampas intelectuales del lenguaje hablado por Gombrwicz, son brincadas por el cineasta en tanto que su cine se vuelve algo roto, inconexo, sin significado.

El nulo significado permite al director encontrar en el espacio entre las piezas la oportunidad para hablar de manera poética sobre la propia representación. Si Witold, que coincide con el nombre del autor, vive su propia novela, el autor vive en su propio libro y el cineasta vive en su propio cine, amén de tumba fílmica donde queda a la postre pedazos de su mente y su amor al cine.

Al final, el sin sentido visual, fotografiado por André Szankowski y musicalizado por Andrzej Korzynski, termina siendo un rompecabezas de ritmos y tiempos dispersos en la mente del espectador, para que, quien conozca un poco más de su autor, pueda desmenuzar de entre la saturación, los matices correctos para la resignificación de lo visto en pantalla.

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