Literatura en redes sociales: ética y estética en un caos continuo

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Por Nallely Pérez

Para continuar la costumbre acuñada en 2014 de celebrar el centenario de escritores mexicanos, este 2016, al igual que hace dos años cuando se conmemoró a diestra y siniestra por medio de espectaculares y ediciones especiales el siglo de nacidos de Efraín Huerta, José Revueltas y Octavio Paz, recientemente se llevó a cabo una serie de actividades y reediciones en honor a Elena Garro.

En el marco de la trigésima edición de la FIL de Guadalajara, Elena Poniatowska, Beatriz Espejo y Mónica Lavín realizaron un homenaje a la escritora, el cual distó de ser un repaso a la obra literaria de la misma, y se caracterizó por las varias anécdotas de la vida personal de Garro; “chismes”, como la propia Espejo asentó, tras la insistencia de Poniatowska de apuntalar a su tocaya como una persona que padecía delirio de persecución.

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Al lamentable acto —el cual repitió lo dicho ya por distintos estudiosos que suelen calificar a Garro por sus actos vitales y no por su legado escritural— le sucedió el escándalo que llevó a la centenaria autora  a competir por el top del trending topic con los sonados quince años de una potosina, al hacerse viral la denuncia en redes sociales del cintillo que la Editorial Dracena decidió poner a Reencuentro de personajes, el cual rezaba lo siguiente “Esposa de Octavio Paz, amante de Bioy Cásares y admirada por Borges”.

Acto que de reprobable no paró de ser catalogado, en pocas horas ante la apremiante ola de quejas y persignaciones, la editorial española se vio obligada a pedir disculpas públicas y a anunciar que en breve retiraría el cintillo que fue lanzado como estrategia mercantil que lo que buscaba era sí, levantar morbo y hacer que la otrora señora de Paz fuera leída y pagada.

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Por medio de un bombardeo de memes, en los se presentaban obras de distintos autores coronadas por hipotéticos cintillos especificando con quiénes se relacionaron en vida (dígase el de Jean Paul Sartre “amante de Simone de Beauvoir”, o el de Friederich Nietzsche “friendzonado” por Luo Andreas-Salomé), se constató lo irreal que resultaría un escritor varón fuera valorado según sus relaciones interpersonales, tal y como sucede con (algunas) mujeres, porque ello lleva a la risa y no a una supuesta indignación.

Gritos en el cielo, en el infierno quitan la posibilidad a las casas de editoras de valerse de las maniobras mercantiles de cualquier otro mercado, como el automotriz que obsequia coches nuevos de paquete a gente que dice muchas cosas y ninguna ¡wuuu!  Se insiste en hacer de la literatura y los literatos un ejemplo de corrección política, hace poco retiraron de una biblioteca escolar obras de Mark Twain y Harper Lee por el supuesto discurso racista que propagan.

En la era de las redes sociales, ética y estética se confunden cada día más, la inefectividad de la democracia evidencia una y otra vez su censura. Como sea, se decida o no leer a la autora de “La culpa la tienen los tlaxcaltecas”, siempre existirá la posibilidad de valerse de las maniobras de George Sand, tormento de Alfred de Musset, y amante de Franz Schubert, entre otros.

 

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