Inocencia interrumpida con “Yo” de Matías Meyer

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Por Francisco Marín

“Mi nombre es Yo, tengo 15 años, o eso es lo que me han dicho.”

La equidad y la inclusión social son algunos de los temas recurrentes en la lucha por conseguir una condición de igualdad en los derechos de todo ser humano. El panorama no parece cambiar mucho, todavía se mira diferente a lo que no encaja en el parámetro establecido como normalidad. Nos encontramos en un momento en que lo diferente es malo.

La 13° edición del FICM coronó en 2015 a Matías Meyer con su largometraje “Yo”. La cinta cuenta la historia de Yo (Raúl Silva), un hombre alto y robusto con habilidades cognitivas limitadas que dice tener 15 años (aunque aparenta tener unos cuantos más), que vive con su madre (Elizabeth Mendoza) y trabaja matando pollos en su restaurante. En su vida parece reinar la monotonía, a pesar de los sueños proféticos que dice tener, hasta que conoce a Elena, la hija de 11 años de una empleada de su madre, con quien establecerá una amistad que no será bien vista por los habitantes del pueblo y las madres de los implicados.

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La película, de carácter minimalista y con rasgos naturalistas, cuenta con la participación de actores no profesionales. Raúl Silva destaca con una participación que convence por su inocencia, su personaje va evolucionando y en cada uno de los tres actos de la cinta Yo se va descubriendo, va siendo cada vez más libre. Los actos mencionados están marcados por la aparición de una mujer en la vida del protagonista (su madre, Elena y una prostituta) quienes serán las encargadas de guiar a Yo en su atropellado camino de adaptación y apropiación del mundo.

Basada en el cuento corto “Yo” de Jean-Marie Gustave Le Clézio (Premio Novel de Literatura, 2008) y con un montaje que peca por su poco dinamismo el film atrapa a sus personajes y los contiene en una atmósfera cíclica y reiterativa.

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Yo es un niño atrapado en el cuerpo de un adulto y debe de actuar de acuerdo a su imagen, debe de crecer. La cinta dibuja muchas posibles tragedias, pero ninguna de las imaginadas se cumple, sin embargo la peor desdicha radica en la incomprensión de la inocencia de Yo, el mundo no está preparado para entenderlo pero tampoco le dicen como adentrarse en él. Yo se ve forzado a encarar la incertidumbre y el miedo que supone la adultez sin estar preparado para ello.

La voz en off del protagonista (recurrente a lo largo de la cinta) da la impresión de estar en un confesionario en el que el locutor demuestra una conciencia más vivaz y elocuente que la imagen que proyecta. Todos lo han tratado como un ser que no comprende cuando en realidad lo entiende todo a la perfección. Yo es forzado a ajustarse a la imagen que el mundo le ha adjudicado simplemente porque así se lo han dicho.

Yo adentra al espectador a la cotidianeidad de la discriminación en la que vivimos, al ensordecedor rechazo y falta de aceptación que profesa nuestra sociedad. Presenta un mundo que alegamos desconocer cuándo se ha encontrado todo el tiempo frente a nuestras narices.

 

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