Impóngase el silencio: una crítica al otorgamiento del Nobel de Literatura a Bob Dylan

 

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Por Eduardo Paredes Ocampo

I

Dos argumentos se esgrimen para justificar la polémica decisión de la Academia sueca quien el pasado jueves 13 de octubre decidió otorgar el premio Nóbel de literatura a Bob Dylan. Los dos provienen de polos opuestos de la opinión: de la heterodoxia y la ortodoxia.

Los heterodoxos son, en su mayoría, legos en materia literaria (y muchos ignorantes de la herencia de Dylan). No por eso su postura es despreciable –quizá la raíz del problema proviene de una supuesta (falsa [?]) democratización de las artes y del mundo académico. Este grupo de iconoclastas resguarda su argumento bajo una frase del mismísimo cantautor (devenido poeta): “The times they are a changin’”. Se cree obsoleta a la Academia. Se la pinta osificada bajo una enorme lápida de libros. El canto de un “poeta” popular sopla el polvo que asfixia los viejos legajos.

Los ortodoxos, por otro lado, provienen más bien de la intelligentsia facebookera. Su formación, ni no propiamente literaria, es, por lo menos, algo humanista. Esgrimen un argumento –la poesía es música– cuyo sustento varía dependiendo de sus inquietudes intelectuales. Los medievalistas ilustran su defensa con la gran tradición de juglares europeos de la Baja Edad Media. En los orígenes de la poesía vernácula (al igual que en Homero), los poetas eran rapsodas: los hoy silentes versos eran cantados. Por otro lado, los modernistas muestran la conexión de Dylan con el desarrollo de la poesía contemporánea –e.g. Jack Kerouac y la generación Beat.

II

Una mirada crítica de los argumentos subyacentes a la defensa del nombramiento de Bob Dylan quizá ilumine algo a la oposición. En primer lugar, después de condecoraciones como las de Bertrand Russell (1950), de Winston Churchill (1953) o, más recientemente, Svetlana Aleksiévich (2015), debe dudarse de la supuesta rigidez disciplinaria de la Academia (sueca). Aparte, fuera y dentro de los nominados de este año, existen figuras que el mundo literario pugna por exiliar o incluir en su “canónico” seno. Haruki Murakami –y la popularidad de su obra– resulta el ejemplo paradigmático.

La literatura y los estudios literarios siempre se han beneficiado de la apertura y el eclecticismo (aquí, Italo Calvino es el paradigma). Sin embargo, cualquier disciplina debe también de resguardar las fronteras que la definen ontológicamente. Quizá no hay otro arte cuyos límites sean tan difusos y diversos como los de la poesía. Y es precisamente porque en su esencia existe la batalla entre el ser y el no ser que resulta tan importante no decirla otra.

El problema, pues, se encuentra en la definición de poesía (y en general de literatura). Toda descripción es resultado de particulares circunstancias históricas y, por ello, debe considerarse siempre bajo una óptica más o menos relativista. Habiendo aclarado esto, puede decirse que:

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La impronta más importante de la creación de la imprenta fue el silencio. A partir del Renacimiento, las prácticas literarias cambian, al grado de hacer desaparecer la representación del texto, fenómeno por el cual se venía reproduciendo el arte verbal por más de dos milenios. La lectura en voz alta, la oralidad y el canto quedan únicamente bajo el refugio de la poesía popular. La escisión entre esta última y su contraparte “culta” no es, por ello, artificial ni, mucho menos, nueva: lleva más de quinientos años separando a los Dylans de los Eliots. “The times they [have been] changin’ [for a long while]”.

El poder visual de la poesía de vanguardia y de la experimental terminó de dilapidar la voz de lo impreso. Esto pese a que algunos nostálgicos hayan querido revivir la representación en anacrónicos festivales de Slam poetry y poesía en voz alta y otros melómanos hayan puesto música a sus versos. La profesión, en general, ha crecido en torno al mutismo (que no significa que la literatura no sea [pueda ser] musical). Y hasta los poetas Beat sucumbieron ante tal presión.

Desde este punto de vista, el silencio impone los bordes de lo literario y las musas y las plumas apuntan sólo hacia ahí. Hágase una simple prueba para entender una posición más escéptica respecto a la decisión de la Academia sueca: impóngase el silencio a la música del cantautor estadounidense; quítese el Bob del Dylan (el sobrenombre Dylan rinde homenaje al poeta Galés Dylan Thomas). Sin la interesante voz chillona, la suave y melancólica guitarra folk y la contundente harmónica, ¿es Robert Allen Zimmerman todavía un poeta completo y complejo?

 

 

 

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