Mad Men o Stranger Things: lo episódico como centro de la exploración estética

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Por Eduardo Paredes Ocampo

I

El hecho de que, en los albores del cine, los espectadores fueran asustados por el pasar de un tren en pantalla –hasta el grado de evacuar foros enteros en las obras de los hermanos Lumière– demuestra que ya para entonces se había abolido la barrera espacial entre el público y la escena. La ilusión de la presencia quedaría reforzada con la llegada del sonido. No sólo nos veíamos in situ, lo estábamos escuchando. Del mismo modo, las salas poco a poco fueron oscureciéndose hasta convertirse en recintos totalmente polarizados –para no interrumpir la abstracción más absoluta hoy se prohíben teléfonos celulares. En el cine, la tendencia –contraria a Brecht y el teatro– ha sido hacia la alineación: ensimismados, los miembros del público se aseguran un tanto partícipes –por un par de horas– de lo plasmado en un más allá.

Sólo por un par de horas.

La ilusión en las películas tiene término. Se sale del foro y, paulatinamente, se resume una vida “normal”. Podemos repetir la película una y cientos de veces, pero, seguramente, el efecto estético diferirá del original. Es porque nosotros mismos hemos cambiado. Es porque el azar/Dios ha moldeado nuestra existencia y nos ha robado tal experiencia ficcional. Es porque somos seres episódicos.

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II

No hay nada nuevo en las series televisivas. Desde los albores del cine la secuencia existió. Lo innovador de este boom contemporáneo reside en su intento de resarcir una carencia ontológica propia de la creación fílmica: la ausencia de ilusión de inmersión temporal.

Hasta hace algunos años, la tradición del cine parecía reservarse a la creación de atmósferas absolutas: de ahí el Dobly Surround y el 3D/4D. Concentrada en el eje espacial, la creación cinematográfica reducía la explotación del eje temporal a la saga. Pero las simples historias cuyo atractivo residía en los saltos cronológicos –Star Wars, Back To The Future– poco hacían en pro de la conquista mimética del tiempo. Al fin y al cabo, somos creaturas mínimas y es el instante, no los siglos, lo que nos define.

 Tampoco las series primitivas (en su mayoría comedias) lograron suplir la imitación que el tiempo pedía. ALF, Life Goes On, existían en un perpetuo presente y nada, excepto el envejecimiento de los actores, las aducía episódicas.

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III

Mad Men, Breaking Bad y, más recientemente, Game of Thrones y Stanger Things (por nombrar sólo algunas), han logrado lo intentado durante los más de cien años de historia cinematográfica: han puesto lo episódico en el centro de su exploración estética. Favoreciendo, por primera vez, el eje temporal frente al eje espacial, las series han cautivado a un público ávido de cronologías. Hermanas menores del séptimo arte, hoy desplazan al cine en el cautiverio de las multitudes.

Vano sería explicar tal cambio en términos puramente históricos o económicos. Es evidente que las circunstancias tecnológicas impulsaron a la fácil producción, comercialización y consumo de las series. Sin embargo, con productos de tan importante impacto social, la cuestión debe platearse también en sentido contrario. ¿No fue un déficit en la sensibilidad contemporánea –esclava absoluta de los patrones ideológicos, morales y sociales del cine y la televisión– lo que empujó a muchos de los avances que definen nuestro ahora? ¿No fue una carencia, viva desde la génesis misma de este arte, lo que finalmente transformó la faz del humano moderno en posmoderno?

Paradójicamente, desde los Lumière, la mímesis temporal ya se había alcanzado a un nivel microscópico. La base misma de la sintaxis cinematográfica se basa en la sucesión (episódica)de imágenes. En esa simultaneidad ya estábamos, seres hechos de instantes –y quizá fue esa semejanza (y no la otra) la que nos aterró al grado de corrernos de una sala.

 

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