Te prometo anarquía, amor y tráfico de sangre

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Por Alberto Molina

 

Te prometo anarquía es una producción mexicana de 2015 dirigida por el guatemalteco Julio Hernández Cordón. Cuenta la amistad-romance-alianza entre Miguel (Diego Calva) y Johnny (Eduardo Martínez Peña), dos jóvenes skates emergidos de los barrios populares y marginados de la Ciudad de México, esos que no se ven en las postales turísticas. Su historia de amor cruza por los pasillos de las drogas, los celos, las patinetas y el tráfico de sangre.

Además de amigos y amantes, Johnny y Miguel son socios de negocios turbios, en los que reciben dinero a cambio de donaciones de sangre cuyo destino final son los narcotraficantes. La falta de oportunidades de desarrollo de la juventud en el país es, en parte, lo que los conduce a este embrollo, además de edificar su refugio en las patinetas, el amor y la mona.

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Todo aquello tiene como telón de fondo al México de la doble moral, de la doble vida. Las contradicciones y la omisión de nuestras propias conductas se ven reflejadas en la relación de ambos, en la necedad de vernos chingones ante los otros, sintiendo miedo y latente ingenuidad. A pesar de todo, el amor no deja de pesar. No importan las decepciones, los celos ni la falta de una noción medianamente escrupulosa de lealtad, pues el amor está ahí dibujado en la forma, en la silueta sin relleno, con el ojo ciego y el papel en blanco.

La importancia de rescatar este filme radica principalmente en un conjunto de elementos que se unen para lograr una perfección minimalista llena de naturalidad y simpleza, sin saturaciones visuales ni auditivas y muy digna de cabida en corrientes estéticas aclamadas como el neorrealismo, la nouvelle vague o el free cinema inglés.

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¿Por qué neorrealista? Por la falta de actores profesionales (el director contactó con sus protagonistas por medio de Facebook sin ayuda de un casting); las locaciones tuvieron lugar en la cotidianidad urbana y no fueron modificadas en ningún sentido; la cinta carece totalmente de espectacularidad; no hay mención ni apego forzado a estereotipos, arquetipos o prejuicios. Es decir, la realidad queda bien representada sin necesidad de máscaras ni ensayos exhaustivos y con un guión improvisado casi en su totalidad.

¿Qué tiene que ver con la nouvelle vague? Lo sencillo y directo del discurso, así como el planteamiento de las situaciones; la esencia juvenil, coloquial y algo provocativa de las circunstancias; la falta de atención a las convenciones sociales y los juicios para enfocarse en la honestidad hasta rayar en el cinismo. Tal vez los modismos empleados en la película pierdan vigencia con el tiempo, sin embargo esto la dotará de testimonio, contexto y una ubicación espacio-temporal mucho más específicos.

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El aire juvenil y contracultural es igualmente importante para el free cinema, añadiendo el contenido social y la marginalidad del paisaje en el que se desarrolla la historia. La filmación en zonas de la Ciudad de México como Tlalpan, Azcapotzalco o Jamaica arroja el ambiente adecuado para atender el perfil de los personajes y sus historias de vida, perceptibles aunque no necesariamente contadas.

A un año de su estreno en el Festival de Cine de Locarno, su aparición en otros festivales y eventos (Morelia, Toronto y el Ariel) ha sido notable. También fue la función inaugural del 36° Foro Internacional de la Cineteca Nacional. Con todo y el amplio reconocimiento, su promoción en México ha sido casi nula. Quizá el país aún no esté preparado para esta clase de bofetadas.

 

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