Cine posmoderno: del libre mercado a la muerte del género

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Por Alberto Molina

La llamada posmodernidad ha cobrado fuerza en el presente. Es una era de la humanidad que ha permeado todos los ámbitos de la vida cotidiana: la situación económica, la vida social, las condiciones laborales, la indumentaria, la identidad individual y el pensamiento colectivo, los gustos, ideologías, las brechas generacionales y hasta las tendencias, pasando por lo efímero, fugaz y deshumanizado del ajetreo urbano actual.

Ahora bien, ¿cuál es la relación de todo lo anterior con el cine? Simple: la reproducción del sistema como lo conocemos y vivimos a diario en lo que hacemos, en nuestra cultura, costumbres e ideas tarde o temprano expresadas de forma hablada, escrita o por medio de la imagen. Al final de la cadena, podemos notar que el cine de nuestros días es un reflejo sutil y hasta subliminal (aunque a veces descarado) de un American way of life tropicalizado principalmente en los grandes y medianos rincones urbanos del planeta.

A partir de los 80 y más profundo en los 90, el cine ha adoptado una estilización particular; es decir una estética uniforme, rentable, y competente aunque eso en ocasiones implique la pérdida de la riqueza artística, la identidad local u originalidad.

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En su periodo clásico, el cine privilegiaba el género y se basaba en melodramas enfocados; era un espectáculo regido por estereotipos y arquetipos. Aunque no nos gusten mucho algunos términos, así se constituyó la etapa más tradicional del cine. El cine moderno, en cambio, provocó una ruptura con los cánones establecidos, incitada a su vez por una ruptura mayor de las estructuras sociales y el orden sistémico en los años 60. Hubo una renovación de discurso en muchos niveles incluido el cinematográfico. Fue la era de los plano-secuencias, la vanguardia y la experimentación. Las películas se volvieron menos espectaculares y más realistas. Entonces el cine de arte tomó vuelo para remontarse en más alto en el camino destinado a la evolución irreversible del cine.

De pronto nos topamos con las fusiones y las referencias aumentadas. El pastiche tomó fuerza y la intertextualidad fue el ingrediente principal tanto en la trama como en el género. Ahora lo central son las películas basadas en libros, cómics o incluso personajes de la televisión llevados a la pantalla grande. Fuera del set, los festivales de cine se reprodujeron más que nunca y el sentido ya consistía en el filme como justificante de consumo: ya no había cine sin palomitas y las salas de cine se transformaron en grandes complejos trasnacionales.

La industria pasó la estafeta del poder de decisión al público; al cliente, lo que pida. Si la película no es un éxito en taquilla, no hay secuela. Además la cinta como objeto de consumo comenzó a ser viable de más formas, ya que si no vas al cine a verlas, puedes comprarlas en DVD o Blue-ray. De algún modo el cine intenta regresar a la espectacularidad del cine clásico por medio del consumo, los récords en taquilla y la competencia que el mundo liberal actual nos receta como el pan nuestro de cada día. En general, este último paradigma estético implicó cambios inevitables.

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Pese a todo, el cine posmoderno actúa en sintonía con la situación actual en términos globales y generalistas. Hay un reflejo, intencional o accidentado, de la realidad contemporánea acompañado de innovaciones que vale la pena rescatar. Entramos en una etapa de hibridación genérica donde los géneros puros se desvanecen para fusionarse. Las alusiones a otras obras se convierten en un distintivo del cine posmoderno, mientras que la cultura pop y la relación entre textos se vuelven referentes ineludibles e inagotables.

Si bien esto no siempre promueve la creación de ideas a partir de un lienzo en blanco y propicia el reciclaje y la generación de fórmulas genéricas, la inclusión de conceptos como cultura pop también es capaz de enriquecer los textos fílmicos de acuerdo a su uso. La creación de historias a partir de la base estructural de historias previas puede conducir a retos como la conducción de un género literario o incluso piezas musicales a ser representadas fílmicamente, permitiendo la colaboración de dos o más formas de expresión artística en una misma pieza audiovisual (o por qué no, hasta texturizada).

La innovación que trae consigo el cine posmoderno no se limita a temas como la intertextualidad. La metaficción es otro término propio del paradigma estético actual e implica una autorreflexión; es decir, cómo la obra se ve a sí misma y, en algunos casos, también puede implicar autorreferencias sobre la misma obra u otras del mismo director, actor o de quien se hable en el momento.

Más allá de los efectos del cine posmoderno en la historia misma de este arte y de la gran cantidad de obras memorables que nos ha legado, el punto es lo que el entorno neoliberal puede ocasionar en el cine. La uniformidad de la era posmoderna terminó de caernos encima al final de la Guerra Fría; entonces abrimos los ojos y ya estábamos en un mundo globalizado. Llegó el fin de la historia y parece haber alcanzado al cine sin mucha resistencia. Lleva tres décadas metido en el mismo paradigma y parece que ahí se quedó, como la historia misma.

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