Filth, una mirada a la inmundicia humana

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Por Alberto Molina

 

Irvine Welsh es tal vez uno de los mejores retratistas de la vida urbana y decadentista posmoderna de la Gran Bretaña, principalmente de Escocia. A través de sus novelas y relatos cruzamos las calles más relegadas y menos apacibles de las grandes ciudades de la isla, en contraste absoluto con la elegancia londinense y la belleza estética a la que nos acostumbraron.

La adaptación al cine de su obra Trainspotting hizo un trabajo ejemplar en cuanto a la esencia de tal paisaje, aunque hay que señalar que no sólo Danny Boyle pudo con esa tarea. Filth, producción de 2013 y dirigida por Jon S. Baird, sin duda merece ese mismo reconocimiento, aunque su eco en las salas de cine fue un tanto más discreto que aquella cinta protagonizada por Ewan McGregor.

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James McAvoy interpreta a Bruce Robertson, un detective de la policía de Edimburgo que desea a toda costa el asenso a capitán para recuperar a su hija y el amor de su esposa. A través del engaño, la manipulación y el abuso, Bruce suele conseguir lo que quiere aunque su adicción al sexo, las drogas y al alcohol acentúen su caída, al punto de dar al espectador algunas sorpresas.

Filth presenta una historia en el límite de lo irreal, lo radical y lo contradictorio, esto último en reacción al doble discurso del personaje principal. La cruda ironía de la prosperidad escocesa (intangible ante tanta mediocridad) marca la pauta para observar en él aquello que tanto desprecia bajo el mantel del éxito que él mismo ironiza.

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Durante la película rondan símbolos que relacionamos socialmente con el título: la porquería humana, el vómito y hasta la cabeza de un cerdo. A lo largo del filme se sueltan pistas de lo que posteriormente ocurrirá, aunque camufladas entre la infinitud de diálogos y la saturación de aportes visuales. De principio a fin los tonos rojos son predominantes. Los escenarios meten al detective Robertson en aprietos al contraponer su personalidad despiadada con la vulnerabilidad de sus profundos duelos.

En ratos parece que el filme pierde el rumbo, con un ritmo constante al principio y tambaleante a partir de cierto punto. Pasa de la comedia negra al drama del ocaso personal; va de la soberbia impenetrable a la frágil intimidad y el dolor. Pese a todo, es el declive de la razón y la integridad mental lo que explica y justifica la progresión de la cinta, pues gran parte de ésta se mantiene con la locura a flote desde el inicio.

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También rescato el trabajo excepcional de la fotografía, el soundtrack (basado en covers exquisitos de clásicos como Creep de Radiohead y voces olvidadas como la del cantante de soul y R&B Wilson Pickett), así como las pequeñas interacciones de Bruce con el público y la animación que adorna el final de la película y los créditos. En definitiva, Filth no tiene nada que pedirle a Trainspotting, pues aquí también hay bastante droga, locura y decadencia para disfrutar.

 

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