Entre el amor, el odio, el porno y lo sado: La pianista de Elfriede Jelinek

Fotografía: Evan Baden

Fotografía: Evan Baden

Por Anahí Colombón Gálvez

Al leer la obra de Elfriede Jelinek, experimentamos una serie de sentimientos, que por lo general oscilan principalmente en el ámbito de la incomodidad y del rechazo. Por ello no es de extrañar que en varios de sus libros se toquen temas que en varias ocasiones han sido vistos como tabúes. Sus textos también han servido como un instrumento de crítica hacia la clase burguesa austriaca, a quien por cierto la escritora se ha referido de manera negativa por el hecho de “no superar su pasado nazi”.

Sin embargo Jelinek es también una feminista que pese a las críticas, siempre ha expuesto al mundo sus puntos de vista, los cuales se caracterizan principalmente  por la reprobación de las sociedades patriarcales y su ideología de izquierda, hecho que la hizo, en todo caso, merecedora del Premio Nobel de Literatura en 2004. La frialdad de su pensamiento se muestra en sus obras, en donde los lados más vulnerables del ser humano quedan expuestos al lector, mostrando un elemento animal que se encuentra en los personajes de sus novelas.

Fotografía: Evan Baden

Fotografía: Evan Baden

Si bien su repertorio literario incluye títulos como Los amantes (1975), Los excluidos (1980), Deseo (1989), entre otros títulos, su nombre nos viene a la mente al recordar la versión cinematográfica que el director austriaco Michael Haneke realizó de su controversial libro titulado La pianista (1983). La adaptación al cine de la novela se realizó en 2001 bajo el título de La pianiste, y contó con las actuaciones de Isabelle Huppert en el papel de Erika Kohut y Benoît Magimel como Walter Klemmer.

En La pianista se narra la vida de Erika, una pianista que vive una tormentosa relación de dependencia con su madre, quien  es un ser controlador que domina la vida de su hija, a tal grado de encerrarla en un mundo de chantajes y dominación absoluta. La madre le prohíbe a la hija cualquier tipo de amistad, especialmente con el sexo masculino, por lo que ante tal represión, Erika, en su intento por liberarse de las cadenas maternales, busca refugio en el mundo del eros oscuro, la pornografía se presenta ante sus ojos como un medio ficticio de escape ante su desesperante situación.

Fotografía: Evan Baden

Fotografía: Evan Baden

En el otro extremo Erika vive bajo el cobijo de la música, que pareciera ser otra de las imposiciones que la madre exige a su hija, ya que a su edad ya no es posible la consagración musical. La joven no pudo demostrar las aptitudes necesarias para ser un prodigio de la música, razón por la cual Erika debe conformarse con la docencia, labor que si bien le asegura a ella y a su demente progenitora un futuro confortable económicamente, no es exactamente lo que ella desea.

Un día la profesora Kohut conoce a un joven llamado Walter Klemmer, quien posee una especial habilidad en el manejo del piano. Pronto el alumno terminará seduciendo a la profesora, a tal grado de tener un incómodo encuentro sexual que lo llevará a tomar el papel del oprimido en esa extraña relación amorosa, la cual es sin duda un reflejo de la misma dominación y el abuso que Erika sufre por parte de su madre. Este vínculo está más bien basado en una convivencia entre el amor y el odio, en el cual ambos sentimientos terminan por confundirse.

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 Sin embargo pronto los papeles terminarán por invertirse, lo que convertirá a la profesora Erika en una víctima de Klemmer, quien terminará abusando y sobajando a su institutriz bajo las ordenes de ella expuestas en una carta de deseos sadomasoquistas  que el amante deberá cumplirle a la amada. Los episodios representados bajo una perspectiva sexual y a la vez violenta, hacen que el lector se aleje de los estereotipos femeninos que han encasillado a la figura de la mujer. Para Jelinek las mujeres también son seres que buscan la pornografía y desafían a la moral de antaño. La mujer ya no es vista como un ser virginal y puro como lo era Beatrice para Dante Alighieri. En este caso la figura femenina muestra un lado salvaje que le permite revelar su verdadera personalidad a las sociedades que han sido gobernadas por la figura del hombre, quien para una feminista como Jelinek, ha reprimido y controlado los deseos y la ideología femenil.

Las conductas autodestructivas de la protagonista revelan la necesidad de esta mujer de buscar en el dolor un modo de afrontar su patética realidad escondida bajo las apariencias de una vida estable y de un carácter fuerte, que más bien encierra una personalidad insegura y temerosa, producto de la difícil relación con su madre.

La obra de Elfriede Jelinek podría calificarse como no apta para espíritus sensibles, más bien hay que tener estómago para leer a esta escritora, quien se caracteriza por llevar los sentimientos al límite en cada uno de sus libros, y por retomar temas que otros escritores prefieren ignorar por el miedo a los prejuicios sociales.

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