Lee a Voltaire con su pesimismo para la vida

Fotografía:Can Dagarslani

Fotografía:Can Dagarslani

 

Por Juan Francisco H. Herrerías

@juanfranciscohh

El 1ero de noviembre de 1755 la tierra se sacude en Lisboa, destruye la mayoría de las construcciones de la ciudad y a casi la mitad de la población. El terremoto también sacude el “sutil mecanismo de la vida discursiva europea”: Voltaire aprovecha la catástrofe para atacar en un poema a la filosofía de Leibniz que dicta que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Rousseau le escribe en una carta: “No todo está bien, pero el Todo está bien.” Voltaire escribe Candide, ou l’Optimisme como respuesta.

El optimismo de Leibniz y Rousseau tiene todo que ver con la idea de Providencia, el plan de Dios. No importa si nosotros vemos crímenes y catástrofes, porque allí, en ellos, está actuando la mano de Dios para bien, todo tiene una razón de ser. El Progreso es el hijo secular de la Providencia. En él, de igual modo, vamos hacia un estadio cada vez mejor, con cada vez mayor tecnología, ciencia, medicina, etc. Estas dos visiones optimistas de la historia necesitan partir de un esquema lineal: se va de un punto a otro punto, hay una trayectoria constante. En su libro sobre Maquiavelo, James Pocock afirma que los antiguos griegos tenían, por el contrario, una visión cíclica de la historia porque no veían una razón para esperar algo distinto de los seres humanos. Elegante idea.

¿Por qué deberíamos esperar algo diferente, siendo siempre los mismos? ¿En verdad somos distintos de los seres que vivieron en otras épocas? ¿Qué hay en la realidad, además del progreso de la técnica, que pudiera hacernos esperar llegar a algo distinto de lo que siempre ha sido? Tal vez los seres humanos son, en lo sustancial, lo mismo en todas las épocas, y por ello, esto –la historia, la vida, la sociedad– tal vez será siempre algo muy parecido. Candide fue un llamado a la sensatez a una época que de la historia esperaba algo cada vez mejor, sin saber que se dirigía a Auschwitz.

Fotografía: Can Dagarslani

Fotografía: Can Dagarslani

Candide es varias cosas: un cuento filosófico (o de tesis), una parodia del bildungsroman y un libro de viajes. A través de una narración veloz e irónica, Voltaire expone una serie de desventuras personales y generales para mofarse del optimismo esencial de Leibniz y Rousseau: en el mundo todo está mal. El joven Cándido es expulsado del castillo de su tío el Barón de Thunder-ten-Tronckh por besar a su prima Cunegonda (quien después sería violada, destripada y esclavizada).

De ahí, al protagonista le suceden hechos y viajes que siempre, al final, terminan de la peor manera: es reclutado forzosamente por un ejército sanguinario, naufraga, presencia el terremoto de Lisboa y es latigueado por la Santa Inquisición para contentar al Dios iracundo, se vuelve un asesino de curas, perseguido por la ley debe irse a América, se vuelve rico y es estafado por multitud de personajes, etc.

Cuando vivía aún en el castillo del barón, Cándido recibía lecciones de Pangloss, maestro de filosofía y convencido leibniziano. “Demostrado está, decía Pangloss, que no pueden ser las cosas de otro modo; porque habiéndose hecho todo con un fin, no puede menos este de ser el mejor de los fines.” Tiempo después encuentra a su maestro derruido por una enfermedad sexual. Poco después, el profesor sería colgado en Lisboa, sobrevive, es hecho esclavo por un capitán de galera turco; da lo mismo: todo para Pangloss está bien en el fondo.

Fotografía: Can Dagarslani

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Pangloss se vuelve un predicador absurdo en medio de un coro de crímenes y tragedias. Cándido aprende de otros personajes que la vida puede ser una tortura. Es particularmente oscuro el discurso de la Vieja, cuando Cándido y Cunegonda están viajando en barco a América:

“Quise matarme cien veces, pero amaba aún la vida. Esta ridícula flaqueza es quizás una de nuestras inclinaciones más funestas: porque, ¿hay algo más tonto que empeñarse en  llevar continuamente encima una carga que uno querría siempre tirar al suelo? ¿horrorizarse de su existencia y querer existir? En fin, ¿algo más tonto que acariciar una serpiente que nos devora, hasta que nos haya comido el corazón? … En fin, mademoiselle, tengo experiencia, conozco el mundo; dése un placer, pídale a cada pasajero que le cuente su historia, y si hay alguno que no haya a menudo maldecido su vida, que no se haya dicho a sí mismo que es el más infeliz de los hombres, tíreme al mar de cabeza.”

Fotografía: Can Dagarslani

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Antes convencido de la filosofía de Pangloss, el viaje termina por persuadir a Cándido que no todo está bien en el mejor de los mundos posibles. Sin embargo, hay un espacio para la felicidad. Los personajes que uno creería muertos, como Pangloss colgado, el hermano de Cunegonda –por demás asesinado de la mano de Cándido–, incluso esa oveja roja que se hundió con el barco de un pirata holandés en mar abierto, no hacen sino regresar. La vida es el constante reencuentro con los queridos:

“...pero una cosa me consuela, veo que se reencuentra a menudo a las personas que uno pensaría jamás volver a ver, podría bien ser que habiendo recuperado a mi oveja roja y a Paquette, reencuentre así a Cunegonda.” Cándido es atajado por Martín, el monje pesimista: “-Yo espero, dijo Martín, que ella se vuelva un día su felicidad, pero de esto yo dudo fuertemente. -Eres muy duro, dijo Cándido. -Es que he vivido.”

Fotografía: Can Dagarslani

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Dice un principio budista que la esperanza causa dolor. Pero también es lo único que hace que Cándido siga adelante. Ya ha desconfiado de todos los hombres, ya no le interesan las riquezas, descree de la filosofía. Lo único que le queda en la vida es el reencuentro con las personas que alguna vez quiso. Finalmente, recupera a Cunegonda de las manos de un príncipe de Transylvania, y compra una granja en la que todos se quedan a vivir: Cándido, Cunegonda, Pangloss, Cacambo, Martín, Paquette, la Vieja. Parece un final feliz e improbable. Pero no es así, la infelicidad también campea en la granja colectiva.

El trabajo, el aburrimiento, la fealdad creciente de Cunegonda, las enfermedades de la Vieja, etc. Solamente el más pesimista de ellos se encuentra a sus anchas: “En cuanto a Martín, como estaba firmemente persuadido de que se está igualmente mal en todas partes, se tomaba las cosas con paciencia.” El grupo de amigos encuentra el bienestar, de cualquier modo, en el cultivo de su jardín. Desde la granja, ven pasar a nuevos generales y nuevos magistrados, los ven pasar de regreso camino a la horca, ven pasar a sus nuevos y optimistas reemplazos, y los ven pasar de regreso camino a la horca. Las cosas seguirán siendo bastante parecidas, bastante terribles.

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