El laconismo de Aki Kaurismäki, sin complicaciones ni dramatismo

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Por Romi TO

No se me ha presentado la oportunidad de ir a Finlandia, un país lejano, yo diría que hasta creo que es un mundo muy diferente al mío; donde la gente es seria, hablan despacio y en tono medio, no se demuestran afecto en público y todo el tiempo hace frío.

Nunca he estado allí, sin embargo, el cine de Aki  Kaurismäki me ha dado la oportunidad de conocer un poquito el estilo de vida de los finlandeses; es verdad que las películas son ficción, pero algo de realidad deben tener esos personajes solitarios, que conocen muy bien la condición de perdedores que desempeñan en una sociedad que es silenciosa y poco empática.

Personajes realistas, poco soñadores, seres que no se generan grandes expectativas en la mente: así son los personajes de Kaurismäki; trabajadores, viven solos, son solteros, han fracasado en el trabajo o desempeñan una labor que no les agrada en absoluto: proletariado en fin.

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En un mundo en el que las cartas ya están dadas y en el que las reglas ya se han dictado y no te favorecen, no queda otro anhelo más que el del amor. Encontrarlo en algún lugar del frío entorno. En el cine de Kaurismäki no vas a encontrar la tierna película de amor romántico en la que el final feliz es imprescindible; no, aquí el amor se maneja como un acompañamiento para no sentir el daño de la sociedad, no vivir la soledad y evitar a toda costa morir y ser olvidado por todos.

Un elemento de suma importancia, es el fuerte impacto visual de las escenas que dirige este director finlandés. Cargadas de un intenso elemento narrativo, hablan por sí solas y el silencio de los personajes se complementa tan bien en cada toma, provocándole al espectador el bello placer de la reflexión en cuestión de segundos.

Este cine es lacónico, en el se muestra lo necesario y no se rellenan espacios con diálogos o escenas vacías. Y es por eso que pienso que los finlandeses son personas que hablan únicamente lo necesario, no tienen que abrir la boca todo el tiempo para demostrar que están felices o que algo les disgusta.

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La cerveza y los cigarrillos son los cómplices de los personajes de Kaurismäki; se fuman sus problemas y tiran las cenizas para deshacerse de ellos, sin complicaciones ni dramatismo. No sufren en voz alta ni con lágrimas en los ojos, se saben perdidos y no parece afectarles hondamente en absoluto. Beben cerveza y fuman, total, el mundo no va a cambiar si viven preocupados. Buscan el amor y lo encuentran,  pero no se aferran. Están conscientes de que lo bueno dura poco y que la soledad no es tan mala compañera.

Conocí el cine de Aki Kaurismäki sin saber absolutamente nada sobre él, no tenía ni idea de quién era ni lo que debía esperar de sus películas; me he llevado una gran sorpresa y le he dado entrada a mi lista de directores favoritos. Lo concibo como un director postmodernista que expone que la vida por sí sola no tiene ningún sentido, no se viene a este mundo con la orden de ser feliz: no es una obligación.

Dicha felicidad y plenitud debe ser dotada por cada individuo, sin seguir patrones de comportamiento, creencias, ni estilos de vida sistematizados. Los protagonistas de las cintas del director finlandés no son seres pesimistas, se encuentran desencantados, porque a fin de cuentas ¿quién no se ha sentido, aunque sea por una vez, un completo y absoluto desastre sin aspiraciones o ilusiones? Pero ese desencanto queda atrás cuando descubren que el aliento puede resurgir en sus vidas si ellos mismos se lo proponen. Sin tener que saturar la vida de momentos carentes de emociones se vive mejor.

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