Cuatro lunas y muchos lugares comunes

 1. Cuatro lunas.

Por Góngora Balán

Hace casi un mes que Cuatro lunas, largometraje dirigido por Sergio Tovar Velarde, se encuentra en las salas de cine (al menos en la zona metropolitana y algunos estados). Éste se estrenó el 12 de febrero pasado, en el Festival Internacional de Cine Gay de la UNAM.

La película es un tramado de cuatro historias, cuyo punto de enlace es la homosexualidad manifiesta en sus protagonistas, aunque en la sinopsis presentada en su página oficial y trailer, se señala como temas principales “el amor y la autoaceptación”.

El largometraje, en general, es un tejido de lugares comunes. El título, para iniciar, ya cae en uno. La luna, el sol, las estrellas, usadas como signos astronómicos bajo los cuales transcurre la vida de alguien (o hay un acontecer), resulta cursi. Sin esfuerzo, uno puede recordar títulos como La misma luna o Bajo la misma estrella, para apreciar la novedad. Además, se continúa con el uso cursi de la luna, al analogar sus etapas con los cuatro momentos vitales que cada historia representa: infancia, juventud, madurez, vejez.

3. Hugo

Una de estas historias, es la de Mauricio (Gabriel Santoyo), que parte de la atracción que siente por Oliver (Sebastián Rivera), ambos, niños de unos 10 u 11 años. El momento clímax de este corto, se da cuando Mauricio le propone a Oliver que se muestren los penes. Este juego, más o menos iniciático respecto al despertar sexual en niños o preadolescentes, es un cliché.

Pero el hecho de que la complicación de la trama se apoye en la confrontación con los padres y la siguiente aceptación de la madre, desprecio del padre y bullying por parte de Oliver, cierra las posibilidades de exploración o transformación del lugar común del que parte el director para explorar la homosexualidad en la infancia.

Otro de los cortos, muestra el enamoramiento de dos amigos de la primaria que se reencuentran en la universidad. Aquí, el conflicto surge cuando uno de los dos no quiere hacer explícita su homosexualidad y niega al otro cuando alguien cercano a ellos, se da cuenta de su relación. Lo demás, encuentros y desencuentros, lágrimas y abrazos entre ellos, parecen sacados de cualquier chick flick.

La mejor parte, quizá, de esta historia, es la escena de la primera relación sexual entre estos amigos, Fito (César Ramos) y Leo (Gustavo Egelhaaf), que resulta cómica por la falta de experiencia y conocimientos de ambos. Y quizá sea la mejor, sólo temáticamente, por la exploración de un perfil de hombre homosexual entre el estereotipo del gay afeminado y el homosexual muy varonil, como Hugo (Antonio Velazques), personaje de otro corto.

La historia de Hugo con su pareja Andrés (Alejandro de la Madrid) es un melodrama que puede simplificarse así: Hugo se ha fastidiado de Andrés; Hugo ya tiene otro amor; Andrés lo descubre y, cual persona sin autoestima, le pide unos días de plazo para convencerlo de quedarse con él, para al final, descubrir que no lo quería de verdad. Este corto se conforma de nalgas, abrazos, lágrimas y cariñitos.

Finalmente está el corto de Joaquín (Alonso Echánove): hombre viejo, poeta (claro está), casado y con hijas, que gusta de ir a los baños públicos. Lo rescatable de esta historia es la construcción patética de Joaquín, quien viejo, aún busca y busca el cuerpo de la juventud.

La película, de manera general, es un largometraje que trata sin novedad el tema homosexual o lo incorpora de maneras tan usadas, que sólo sirve para seguir creyendo que existe “cine gay” y no sólo cine, donde principal o tangencialmente puede aparecer el tema de la “homosexualidad”. Por eso resalta tanto esto, y no el “amor y la autoaceptación” con enlace entre cada historia.

Ficha técnica

Director: Sergio Tovar Velarde.

Productor: Edgar Barrón.

Guión: Sergio Tovar Velarde.

Fotografía: Yannick Nolin.

Edición: Sergio Tovar Velarde, Max Blásquez.

Música: Enrique Espinosa.

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