Dios, su réplica y su yerno en Manchester City

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Ilustración: Daniel Nyari

Por Eduardo Paredes Ocampo

Por algunos días de 2010, presenciamos un fenómeno irrepetible en la historia del universo. Al igual que la alineación de planetas, la más remota coincidencia dotó de magia a algo tan mundano como una cancha de futbol. Ahí, durante noventa minutos, Dios, su réplica y su yerno pisaron el mismo césped.

Anacrónicamente, poéticamente, muchos han visto en el Juego de pelota prehispánico un antecedente del deporte más famoso del mundo. Sin embargo, tal actividad, más que entretenimiento, denotaba ritual. Los participantes simbolizaban a las diversas divinidades y el consecuente sacrificio (¿al ganador, al perdedor?) recreaba el mito de creación. Así, demasiado acostumbrados a perder ante dioses, los mexicanos fueron vencidos por la Argentina de Maradona, Messi y el Kun Agüero (Dios, su réplica y su yerno, según algunos amantes del deporte) en el Mundial de Sudáfrica 2010.

Para muchos, ese partido (octavos de final) verdaderamente pareció jugado contra una fuerza más que humana. Como en una tragedia griega, bajo el deleite de los dioses y sus obstáculos, caímos. Una jugada digna de lo celeste nos finiquitó: desde afuera del área y dirigido al más distante ángulo, Maxi Rodríguez –uno más del consorte divino– anotó el mejor gol del mundial.

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Ilustración: Daniel Nyari

Sin embargo, si el futbol posibilita la concurrencia entera de un Panteón, también puede interpretarlo falible. Al siguiente juego (los cuartos de final), Argentina fue humillado por cuatro goles alemanes. Justicia a quienes caímos antes: para el secular, fue la soberbia, el pecado de hibris lo que los teutones castigaron; para el que, obviando tanto narcisismo, reconoce un santoral entre los albicelestes, su derrota mucho más dijo. Cada vez que Messi, exhausto, vomita (fuera de la cancha, pero desafortunadamente, muy cerca de las cámaras), la elemental semiótica del juego deviene evidente. Porque, pese a jugarse en oposición binaria, la complejidad del futbol niega el maniqueísmo: impone matiz cuando, aún a cuentagotas, caen los Ícaros.

El martes 24 de febrero del 2015, otra extraña sincronía sucedió en la ciudad británica de Manchester. Normalmente defendiendo el mismo credo, ese día, empero, vimos a Messi y al Kun como opuestos: octavos de final de la Champions League, Barcelona vs. Manchester City. En el primer tiempo, dos goles cayeron gracias a una de las figuras más prosaicas del futbol: el delantero del Barça Luis Suárez, mundialmente conocido por su predilección por morder al contrario. En general, tanta presteza al anotar sólo deja al espectador o con la esperanza del remonte o con la del goleo. El yerno de Dios debía imponerse para lo primero; Dios (su réplica, para los maradonianos) para lo segundo.

Muchas veces, la divinidad funciona en contraste. Para saberla justa debe de ser injusta; para sentirnos bendecidos, la vida, la perra vida, tiene antes que imponerse. Messi así maquila. Sus constantes desapariciones entre tanto gigante, su caminar errático tras la pelota sirve para resaltar su reluce. Por eso, verlo (no muchas veces placentero) depende del chispazo –del oportunismo, en términos más profanos. Cristiano Ronaldo, su opuesto, es menos genial pero más constante.

Quienes vimos y amamos a la Barça de Pep Guardiola (2008-2012) vivimos amenazados. Bajo la sombra de aquél idílico equipo, analizamos cada gol de los culés: a mis veintiséis años, es una de las pocas cosas que, dándome nostalgia, a la vez, me ha envejecido. “Messi ya no es lo mismo”, se dice en casi cada juego y su último encuentro en la Champions no fue la excepción. Bien entrado el segundo tiempo, parecía que, aún jugando mediocremente, Barça se imponía. Pero la esperanza de golear o, mínimo, de afianzar la victoria vino a desmoronarse con un gol de Agüero: el más terrestre de entre los bendecidos posibilitaba el remonte.

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Ilustración: Daniel Nyari

Sólo los grandes pueden ufanarse ante la adversidad. Y eso, la salvaguarda del orden contra la entropía, se vaticinó cuando, después de una falta a un compañero en el área, Messi tomó el esférico para cobrar el penal. En contraste de su casi total ausencia en el juego, un gol regalado casi al final del juego, otra vez, lo haría relucir. Frente a Él, sin embargo, se imponía la materialidad misma, pues el pulso mortales nos hace: Hart, homónimo de “heart”, corazón en inglés, guardaba la meta. Si, para el balón, el símil seguro, la cotidiana comparación es con el globo terráqueo, fallando no sólo el penal, sino, tras el rebote, un cabezazo, Lionel impuso otra analogía: el sol también es redondo. Mientras el balón se alejaba parabólicamente de la frente del 10 azulgrana, el hombre (simple mortal, ahora) semejaba a Ícaro cayendo.

A Dios, que no conoce límites, siempre le queda mañana. Aquél del Antiguo Testamento yerra hoy para después corregirse: Adán y Eva tan poco vivieron en su gracia. Aquél del Nuevo Testamento, aunque humano, lo creemos infalible: (hasta) sin pecado (fue) concebido. El próximo 18 de marzo se jugará en Barcelona el partido de vuelta. ¿Probará Messi la cuestión teológica que, por los siglos, ha atormentado a los religiosos (¿es Dios humano o también se equivoca?), o, como en la ida, descenderá a las filas de los nuestros?

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