Mitologías del pie: algo muy mexicano

by Rich Cartwright

Ilustración: Rich Cartwright

Por Eduardo Paredes Ocampo

@e_paredesoc 

Calcine. Sobre piel ceniza hacer ceniza: en el asfalto no se funden. Imponen la fuga sus pies, astucias del antepasado que corrió del conquistador. La sorpresa es del mestizo: nunca imaginó a un Mercurio indio.

            En esta tierra la mitología no se atañe ni a la costumbre ni a la coherencia. Ante tal incertidumbre, dudamos: ¿cómo una tribu de niños triqui  ganó un torneo de basketball juvenil en Argentina? Para más sorpresa, ¡jugando descalzos! La novedad y anomalía hace noticia y, al instante, coronamos al desposeído. No faltó la foto de la selección indiana con altos dignatarios. En seguida se asume la embajada: van de juego en juego, de país en país representando a México. Y, de ahí, el circo: un magnífico partido del siglo, triquis contra rarámuris, que terminó 58-6, ambos, claro, jugando descalzos.

            Otro calibre por los pies, otra mitología importada: el fútbol. Pese a ser coreado como “indio” por la antipática porra del Real Madrid, nuestra gran figura nacional, Hugo Sánchez, salía a la cancha a hacer Pichichis. Cuando, a cambio, trajo su acento español, por poco lo corremos. Aunque más herederos de tal mitología que de la pelota, esa ya no se ajustaba a nosotros. Traición del dentista y su fijación por las interdentales.

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            Pero, siempre Puma, Hugo regresó para hacer a la UNAM campeona. En la Selección Mexicana, empero, el saco le quedó grande, ¡tenía tanto, todavía, de huipil! Lo rodearon una serie de internacionales –Eriksson, La Volpe- o nacionales a medias –“El Vasco” Aguirre- para terminar con el fracaso de los nuestros –los pésimos intentos del “Chepo”, “El Flaco” Tena y Vucetich en la eliminatoria para Brasil 2014. Necesitábamos a alguien menos serio para creer y, en un juego regalado contra Nueva Zelanda, trajimos al “Piojo”, a Layún y al “Horrible” Peralta.

            Más que por su paso por el legendario Toros Neza, siempre recordaremos a Miguel “El Piojo” Herrera por su histrionismo. Heredero de Stanislavski, resumimos su carrera por la naturalidad con que mostró su emoción ante el triunfo de la final América-Cruz Azul en 2013. En contradicción a la expresión de otros directores técnicos, quienes también ante la victoria, muestran un estoicismo brechtiano (pues todo es juego, todo simulación), encontramos nuestra historia: aparte de empezar con un marcador desfavorable, como en la Noche triste donde los aztecas por primera vez vencieron, al Piojo le llovía. Conquistó a México la espontaneidad de esa mitología anómala, de aquél híbrido underground , el “güero-naco”, siempre a la mitad de dos mundos.

            Después de ser llamado a la Selección, el “Piojo” sorprendió por su alineación sin ‘europeos’. Acto seguido, convocó a un pata-chueca con muy repentinos tintes de genialidad: Miguel Layún, defensa del Club América. Como todo futbolista a tantito ascendido, el joven veracruzano se mando hacer sus tacos. Confieso cierto orgullo paisano al verlos por primera vez: naranja fosforescente, con una leyenda del todo poética, “TODO ES CULPA DE LAYÚN”. ¡Con esos zapatos iba a patear All Whites! Si el fracaso y la derrota son lo nuestro, los tacos de Layún engloban el ser mexicano: entre sus propios aficionados, al principio ante cada derrota del América, la frase devino celebre hasta en la victoria. Para animarse, una variación más honesta del “¡Sí se puede!”.

Matt Taylor Illustration

Ilustración: Matt Taylor

            El “Horrible” Peralta conjunta dos mitos nacionales. En primer lugar, en un país tan poco agraciado, ciñe la creencia de que, al final, el feo triunfa. Variación de esta quimera es la segunda: hasta el viejo puede hacerse de oro. Después del casi anonimato de toda su carrera en la liga mexicana, Peralta obtuvo la máxima presea en los juegos olímpicos de Londres 2012. En sí mismo ensimismado y ante la imposibilidad de exportación, este ídolo busca el triunfo inmediato. Nunca presto a la traición, es siempre opuesto a los ‘europeos’ rechazados por el “Piojo”.

            De otros nos vienen todas estas mitologías. Si la esencia del triunfo futbolístico, según Juan Villoro en Dios es redondo, está en la tragedia (“el sentido de la tragedia inventa insólitos recursos; sin embargo, a veces el futbol se parece a la canción ranchera y lo bueno consiste, precisamente, en salir ultrajado”) bien hemos construido imágenes propias a nuestra desgracia. La esperanza premia a estos efímeros héroes: usando vendas en la cabeza, medio Estadio Azteca homenajeó a Julio Gómez, santo caído y vuelto a levantar en la semifinal de la Copa Mundial Sub-17 contra Alemania. Pero ya a Franz Beckenbauer lo vimos ganar, precisamente en México, con un brazo roto. La narrativa del deporte, creemos, es una: para que sepa a triunfo, debe salir sangre. Son prueba los pies descalzos, el correoso coreo racista, el veterano vencedor… Pero, a diferencia del antiguo ídolo de arrabal cuando reinaba Pelé y Maradona, las grandes escuadras de hoy tienen otra esencia. La efectividad y el pragmatismo de , por ejemplo, una España, de una Holanda, reniegan el berrinche, la psique sublimada por el balón. Si de algo se queja Cristiano Ronaldo es de que ”me pitan por ser rico, por ser guapo, por ser un gran jugador”. Como en casi todo, hemos entrado tarde a la retórica del futbol.

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