Frank Underwood, el Macbeth moderno

House of Cards 2

Por Eduardo Paredes Ocampo

@e_paredesoc

En boca del vencido mora la blasfemia. Expresada, la sabemos natural, casi lógica. Pero en labios del vencedor, como a nada aboga, el vituperio cisma la moral. Es cincel a la par que anuncio: en caso de desastre no son los hechos la condena del ateo, es siempre su impiedad.

El personaje de Macbeth de William Shakespeare representa uno de los primeros casos del blasfemo moderno. Si bien no podemos leer la directa imprecación hacia Dios, la sustancia misma de la obra se basa en un impulso herético. Macbeth abandona el seno del status quo, donde Dios y Rey gobiernan, para, inspirado por la magia, la brujería y el consejo de su mujer, Lady Macbeth, hacerse de un destino. La muerte, móvil de su ambición, prima hasta llegar al mismo Macbeth quien, aceptando que “I bear a charmed life”, como un Dios omnipotente, llega a decidir sobre su propia vida:

I have lived long enough. My way of life

Is fall’n into the sere, the yellow leaf,

And that which should accompany old age,

As honor, love, obedience, troops of friends,

I must not look to have…

Un reflejo de Macbeth lo vemos, hoy en día, en la serie House of Cards (Netflix, 2013). La creación de Beau Willimon parece calca del patrón de Shakespeare: una pareja, Frank Underwood y Claire Underwood, entrama la serie de argucias para llegar a lo alto. Fácilmente vencidos con la mentira, el chantaje y hasta el asesinato, los obstáculos son excusas para mostrar la profundidad de los personajes. La tragedia, como en Macbeth, sólo exacerba un sentido de infalibilidad parecido al divino.

Desde el debut de la primera temporada, Frank Underwood (Kevin Spacy), un congresista de Estados Unidos, muestra su personalidad salomónica. Un rechinido de llantas, el aullido de un perro. La mascota del vecino agoniza en la calle. El protagonista se acerca para terminar su sufrimiento. Lo que bien puede interpretarse como un acto de compasión, las palabras que, dichas directamente a la cámara, lo acompañan cambian la composición de la escena: “There are two kinds of pain. The sort of pain that makes you strong, or useless pain. The sort of pain that’s only suffering. I have no patience for useless things. Moments like this require someone who will act, someone who will do the umpleasant thing, the necessary thing.”

La decisión por el destino, su manipulación no es un acto solamente del tirano, sino de un carácter con tendencia divina. Macbeth, con  la simplicidad con que Frank Underwood asesina a un perro, a un congresista y a una periodista, manda matar a un niño, culpable solamente de ser, con su padre, según las brujas, el progenitor de futuros reyes:

Fleance, his son, that keeps him company,

Whose absence is no less material to me

Than is his father’s, must embrace the fate

Of that dark hour.

Porque no creen en el castigo, sus crímenes no cuentan con escala. La vida, para aquél que la controla, es del todo dispensable. Para que la rueda del tiempo siga su curso, para que el destino triunfe, nunca hay sacrificio: la compasión es un tiento de hombres, no de dioses.

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El soliloquio, recurso dramático del teatro isabelino, es retomado magistralmente en House of Cards. Ayudado de este elemento, Frank Underwood se abstrae del cotidiano para hablarnos directamente. Su arrogancia, su poder lo pone en otra esfera: de ser narrado, deviene en narrador y un viejo mote de teoría literaria lo toca, aquél de narrador omnipresente. En una iglesia, el futuro Vicepresidente de los Estados Unidos, viendo directamente a la cámara, pronuncia: “There is no solace above or below. Only us – small, solitary, striving, battling one another. I pray to myself, for myself.” Lo asalta la duda, los obstáculos lo constriñen y quizá la culpa, como a Macbeth, lo hace imaginar fantasmas. Pero confía ciegamente en su propio camino, en el ingenio que, de ser nadie, lo llevará hasta la cumbre. Comparemos estas palabras con la más famosa aportación de Macbeth a la cultura occidental:

Tomorrow, and tomorrow, and tomorrow,

Creeps in this petty pace from day to day,

To the last syllable of recorded time;

And all our yesterdays have lighted fools

The way to dusty death. Out, out, brief candle!

Life’s but a walking shadow, a poor player

That struts and frets his hour upon the stage

And then is heard no more. It is a tale

Told by an idiot, full of sound and fury

Signifying nothing

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En el centro de ambas intervenciones prima un mismo sentido: el absoluto control o descontrol de la vida. Sin nadie “above or below”, la existencia del hombre se resume a una batalla, a una duda, a un tambaleo en eterna soledad. Resumen del ideal del blasfemo: el devenir del hombre no depende de lo etéreo, sino de sus propias acciones.

Existen, en ambas obras, premoniciones de la tragedia: Macbeth, acosado por fantasmas, deja de dormir; Frank Underwood tiene problemas cardiacos. Sin embargo, ningún augurio resulta tan poderoso contra el que, a diario, traman. Si interpretamos la muerte del personaje de Shakespeare no tanto como un movimiento político sino como un castigo divino, como una vuelta al antiguo status quo, podemos predecir la misma suerte para Frank Underwood. La impiedad, hasta en la secularidad moderna, siempre será tabú.