Descubrimiento de R.S. Thomas

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Por Juan Francisco Hernández

Entramos a una vieja iglesia que estaba muy cerca del mar. El motivo de la visita era el edificio; no sabía que adentro se encontraba un poeta. Apenas en la entrada se veían cartulinas con extractos de poemas, algunas fotos, y después de unos segundos de superficiales lecturas entendí que estaban ligadas a un ex-párroco de esa misma iglesia. Pensé inmediatamente que se trataba de un simple cura, que se había ganado el cariño de algunas personas que a su muerte decidieron rendirle tributo mostrando sus versos. Me imaginé al cura, componiendo poemas malos y cursis, creyéndose un gran poeta. Entonces puse atención a una cartulina: empecé a leer con el gesto torcido de una burla prematura, pero el gesto desapareció pronto. El poema me golpeó. El nombre era R.S. Thomas.

En un estante, las personas de la iglesia habían colocado cinco o seis libros en venta: era un poeta consagrado, institucional. Compré el libro más barato. No había vendedor, el comprador debía colocar en una pequeña alcancía el costo de lo que se llevara.

Era Gales del norte. Donde muchos prefieren no hablar inglés. R.S. Thomas nació en la parte más inglesa del país, la del sur, creció hablando la lengua de Thatcher. Cuando se ofició cura y fue destinado al norte, decidió aprender galés para predicarle a los feligreses en su lengua. Escribía su poesía en inglés, sin embargo; le funcionaba, pienso, como una lengua privada, un escudo o refugio, una individuación, frente al Gales rural del que no provenía. Se trataba de un extranjero (como yo, su lector). Sus poemas eran un acercamiento al lugar. Leerlo significaba la mayor compañía en ese país sencillo y bellísimo, lleno de ovejas y pasto, colinas, mar.

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Lo leía en mi pequeño trailer, en el jardín de la granja donde había entrado a trabajar. Mi ventana daba hacia el mar y hacia Francia, era primavera. Mi empleador era un cantante amateur de ópera que había decidido retirarse al campo. Inglés, el único granjero de la localía que no dedicaba su tierra a las ovejas sino a la agricultura orgánica, un extranjero solo en medio de galeses que desconfiaban de él. Se llamaba Vince, y cantaba ópera mientras nos preparaba el té, me daba órdenes precisas por la mañana, me nombraba los árboles cuando salíamos de paseo. Alto y flaco como un árbol rubio. Fue con él que entré a esa vieja iglesia en el mar. Dos extranjeros.

Cuando R.S. Thomas escribe sobre granjeros galeses no se refiere a Vince. Thomas sufría, decía que sufría, no ya por ser un hombre de libros rodeado de gente iletrada, sino porque esos iletrados empezaban a perder el idilio y la paz que él imaginaba propios de la vida rural. A las colinas verdes entraba the machine, escribía el malhumorado cura en sus poemas proféticos: la tecnología que iba a destruir el Gales que él conocía, o imaginaba. Yo leía sus poemas/quejas sobre los granjeros galeses y luego los veía, me encontraba con ellos en el pueblo o en sus granjas, cuando íbamos a comprarles algo.

Pensé que la vida de Thomas, viviendo en una iglesia, sin juramento de celibacía, frente al mar y rodeado de árboles y colinas, esa vida tan pacífica debía ser envidiable, y sin embargo sus poemas son más que nada taciturnos (me lo advirtió Vince cuando me vio comprando el libro). La visión sobre el país no era la mía. Él parecía odiarlo en muchos momentos, y yo casi no encontraba quejas: había calles en que los árboles, por la fuerza del viento que viene del mar, habían quedado con las copas estiradas todas hacia el mismo lado, como doblados por ráfagas petrificadas, y se veían como lamentándose, tristes, rendidos; había una hilera de castillos antiguos -restos de un plan inglés de conquista definitiva-, colocados en precipicios, en colinas, que desde lejos se veían como bestias adormecidas. Y la lengua galesa: Gales en realidad se escribe Cymru. En su bandera hay un dragón rojo, y el verde de los pastos.

Al final de mi viaje habíamos quedado, Thomas y yo, con un Gales del norte distinto. Pero su compañía había sido la más cercana durante esos días. Pienso en él a la puerta de su casa, apenas sacando la cabeza, un viejo huraño, un buen amigo.

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