Recuerdos de metal

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Por Juan F. Hernández Herrerías

Cuando escucho power metal siento algo similar a tener entre mis manos, de nuevo en la casa de mis padres, los libros que solía leer. Ya no puedo disfrutar del mismo modo de la edición de Robin Hood de Editores Mexicanos Unidos ni de los discos de Rhapsody, Edguy, Stratovarius -no porque el power metal sea una música para niños, solamente hablo de mi caso-, pero me da cierta alegría sostener los libros, mirarlos, y escuchar los discos, recordarme a mí escuchando los discos.

En algún momento escuchaba solamente, si no me equivoco, cosas usuales de la pubertad: Nirvana y parecidos. En otro momento, una pareja de chilenos góticos que conocí en un foro de Shaman King empezó a bombardearme con mp3 de bandas de metal. Yo jamás había escuchado algo similar ni imaginaba que existiera, mi conocimiento de lo que podía ser el “metal” era Limp Biskit, el último Metallica, Papa Roach, un sonido que detestaba; los chilenos me mandaban música de un mundo extranjero y distinto. El primer mp3 que recibí -la transferencia era vía MSN, canciones sueltas, que duraban una eternidad en archivarse en mi pc- fue de una banda a la que en vano he tratado de buscar: las bandas que usan nombres parecidos al que recuerdo no son esa que escuché y que me impactó por lo crudo de su sonido y lo tétrico de los coros a la gregoriana (o es quizás que mi oído virgen lo escuchó de una manera que en mis oídos actuales ya no podría ser reconocida), pero tal vez es mejor que esa banda-bautizo permanezca sin identificación, espectral, como un fantasma enigmático que está ahí para representar todo lo que me quedaba y queda por escuchar.

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Al principio fui reacio, y preferí quedarme con mi Longwave y mis Pixies, mi Weezer. Entonces la chilena (su novio desapareció misteriosamente) me mandó una canción selecta de cada género de metal. Me llevé una sorpresa con lo distintas que eran entre sí. Recibí cátedra sobre las características y la historia de cada género. Escuchaba una canción y luego hacía preguntas y recibía respuestas, todo vía MSN. Visité páginas de fans, hechas con el pie, en cuya falta de limpieza residía la magia de todo, la seña de un mundo fantástico, hecho de la misma sustancia que los juegos viejos de computadora. Guardo la memoria de una página web que tenía una sección sobre Helloween y sobre Dark Tranquility; la construcción de la página la hacía parecer un recinto, una pequeña casa. Poco a poco fui cediendo hasta que el metal se me volvió indispensable.

El primer género al que cedí fue el power metal de corte fantástico. Verdaderas obras totales en el sentido wagneriano, estas bandas hacían discos que eran novelas de fantasía y óperas a la vez. Si yo ya estaba tomado por el placer de la literatura, me resulta lógico que este género tan “ficcional” me pareciera inmediatamente atractivo. Después, mi oído, como le suele suceder a muchos asociados, fue acostumbrándose, necesitando paulatinamente de cosas más pesadas. Del power pasé al death melódico, al folk/viking, al black metal, al thrash (al M-16 de Sodom, instante imprescindible).

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Escuchar esa música, siempre irremediablemente teatral, confrontaba la aridez o el muro que en ciertos sentidos era mi ciudad de residencia (¿ciudad?), en la que –tragedia- ningún colegio me permitía llevar el pelo tan largo como yo quería. Si lo pienso de ese modo, en su centro el metal y la literatura comparten para mí la misma tensión: esa impostura, ese acto de ficción con el que se quiere tensar lo cotidiano hacia nuevas formas.

juanfranciscohh@gmail.com