Partir hacia el silencio o los Disparates de Goya

Goya 1

Por Eduardo Paredes Ocampo

@e_paredespc

 A propósito de la exposición de los Disparates en el Museo de San Carlos de la Ciudad de México (hasta finales de noviembre del 2013). 

 

Línea a línea –aquí entre enaguas, allá bajo el bullicio– apenas los vemos. Calca de una diversidad matizada a blancos y negros, con claroscuro. Siameses, sus caras irreconocibles de tanta vida,  un burro a punto de ser manteado son algunas de las minucias que esconde Goya en los Disparates.

Un alto al óleo, grabar, permite técnicamente la transgresión: es lo que sucede con Los desastres de la guerra (1808 – 1814). Estas obras, contemporáneas a la invasión napoleónica de España, abren para Goya la puerta al decir. En esta narrativa de la desgracia no es cierto que, aún frente a su célebre El tres de mayo de 1808, una imagen valga más que mil palabras. Si bien el bodegón, el óleo es la sentencia única, monolítica, los grabados son el saber popular: prudente abogar por cada cosa. Sin embargo, en oposición a lo atrevidamente expresivo de Los desastres de la guerra o, inclusive, de los Caprichos, los Disparates (1815-1823), realizados pocos años antes de la muerte del artista, parecen restringir su enunciación: son el singular tartamudeo de un anciano sabio.

Goya 3

Al último y ya casi sordo, Goya va dejando de decir (y, al mismo tiempo, qué decir). El espectro vital, caracterísitco de sus producciones previas, con la Pinturas negras (1819-1823) y los Disparates, abruptamente se reduce. Del lujo palaciego expuesto en La familia de Carlos IV, del barroquismo bélico en El dos de mayo de 1808, a la parquedad expuesta en una serie de personas amontanadas sobre una rama o en una fila de hombres ensacados. El escenario, también, corresponde a lo yermo: blanco y negro, algo de gris. En este anochecer de lo que circunda, sus personajes, base del testimonio, parecen perderse.

En su lúgubre Quinta del sordo, imagino al viejo Goya batallando contra la lámina del grabado, talle a talle opacando a las figuras. Su pugna, más que contra la aleación metálica, es contra sí. La sombra que cubre al burro en Disparate femenino, la luz que, sobre insignificantes gatos, en contraste, enturbia a la serie de agónicas facciones del Disparate general, es la mudez ganándole. Todo sordo, irrebatiblemente deviene mudo.

Goya 4

El peso de lo físico, en un artista que sufre, es expresión. El gran creador (Creador) en lo más suyo mimetiza su semejanza. Lezama Lima cortaba sus versos al dictado del asma; Mozart musicalizó el síndrome de Tourette con repentinos exabruptos y contrapuntos; Goya, a su vez, declara partir hacia el silencio: a su magnífica bestia, himno onírico de la imaginación, decide, en Disparate volante, voltearla.

Abstrayéndonos de los Disparates, pocos artistas han pintado tanto como este español. Del absolutismo dieciochesco al falso liberalismo napoleónico, del racionalismo a la locura, de la Maja al Saturno. Agregando su última serie de grabados, vemos como Goya critica y, paradójicamente, contribuye con la pintura: como exponiéndola ante un espejo cóncavo, a la luz de los Disparates, relativiza su obra pretérita, dando prueba, al mismo tiempo, de que en el arte hasta lo inefable tiene expresión.