El acierto del error: Berri Txarrak

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Por Juan Fran

@juanfranhh

La primera vez que leí las palabras Berri Txarrak fue en la sección de reseñas de una revista española de Heavy metal que compré, también por primera vez, en la única librería de mi ciudad natal. Tenía trece años y estaba entusiasmado con el descubrimiento del Metal europeo, cuya teatralidad (el Metal es un género en su mayoría romántico) contrastaba con la cotidianidad ranchera de mis días y era una promesa del misterio inagotable del mundo.

Por esos años mi manera de escuchar música era fragmentaria en el sentido de que dependía de los clips que las bandas dejaban descargar gratuitamente de sus páginas oficiales. La mayoría dejaba una canción o dos, o fragmentos de 30 segundos. Casi nunca escuchaba un álbum entero a menos que pudiera comprarlo en físico. Me sorprende el placer que podía residir en esos fragmentos secundarios, escuchaba el mismo clip una y otra vez, generalmente contenían un puente y el coro y luego, cuando parecía regresarse a la estrofa, el sonido decaía hasta el silencio. Esa escucha forzada de unos segundos exigía concentrarse más, dedicar la atención a ese coro y, más que nada, imaginarse el resto de la canción, el resto del álbum. Por lo regular, cuando escuché las obras completas no me parecieron tan buenas como el disco que yo me había imaginado.

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Al leer la reseña sobre Berri Txarrak en esa revista -era sobre el disco Libre-, todo me sonó tan raro que fui inmediatamente a descargar unos clips de 30 segundos de su página oficial. Su nombre, que quiere decir Malas Noticias, me parecía impronunciable (y ahora su pronunciación -bérri chárrak- me parece bellísima), se decía que cantaban en euskera, que eran políticos y que era un gran álbum. Pensaba que iba a escuchar metal tradicional (grandilocuente, teatral) pero se trató de un punk-rock enérgico y ultra-melódico. Era una mezcla, porque las estrofas podían llegar al frenesí del Thrash, a veces con rap, y luego el coro se deshacía o en una melodía casi cursi o en un coro vivaz como los de Weezer. No debo de haber escuchado más de cuatro canciones en ese entonces, pero ya los tenía plenamente identificados por su particularidad (sobre todo por su idioma, el euskera, cuya extrañeza me atraía).

Una vez conocí a unos jóvenes vascos, venían a México de intercambio universitario. Yo estaba en la prepa y para mí los vascos significaban la rebeldía política por antonomasia, los invité a cenar y en algo se modificó esa visión: estaban hartos de ETA, y Berri Txarrak les parecía un grupo para adolescentes (como yo en esa época). La mujer era bellísima. Yo seguía sin pasar de las cuatro canciones.

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Mi madre tuvo que viajar por motivos de trabajo al País Vasco y le pedí que me trajera un disco de Berri Txarrak. Regresó con Jaio.Musika.Hil. El disco-objeto era atractivo, en negro, con dibujos de plantas, de cartón. Tenía diecisiete años y por primera vez escuchaba un álbum completo de Berri Txarrak -el por qué habían permanecido en mi memoria con menos de cuatro canciones no me lo puedo explicar del todo. El disco me gustó, pero una certeza se empezaba a formar en mí: era música mala. Berri Txarrak es el tipo de banda que no presentaría a nadie cuyo gusto musical es refinado o fino en el mejor sentido de estas palabras. Reúnen en su música una serie de clisés y de errores, pero entre esos errores se halla un acierto, una especificidad: cuando he buscado bandas similares a Berri Txarrak, pensando que podía tratarse de un género que me gustaría y del cual Berri Txarrak serían solamente unos medianos exponentes, no he encontrado nada similar, sólo pedazos: algunas bandas de hardcore, de hip hop metal, de postcore melódico, etc., ninguna es igual a Berri Txarrak porque ellos reúnen esos estilos en su sonido, y ese es su acierto: a pesar de los grandes errores que cometen, su música no puede encontrarse en otra parte salvo en ellos.

Años después tuve la oportunidad de visitar el país vasco, lo cual fue otro golpe epistemológico: me imaginaba la cuna de la izquierda, comunas jipiosas montañesas, y me encontré una de las zonas industriales más importantes de España, una calidad de vida envidiable, un idioma que genera adicción en los oídos (los nombres de mujeres más bonitos están escritos en vasco), bosques, vino y pinchos. Yo decía que me gustaba Berri Txarrak con la esperanza de que esa información fuera una especie de signo de correspondencia para los vascos, para generarles la confianza de que no me trataba de una persona aleatoria sino de alguien más cercano -de mis mejores recuerdos es ver ganar a México contra Francia en el mundial en un bar de Mondragón, y festejarlo con un vasco con la playera de Argentina -el uniforme más bonito-, y ser despedido por una vasca así: ¡Chau, guapo!

De regreso en México Berri Txarrak iba a volver a aparecer en mi vida. Venían a tener un concierto y algún grupo del Auditorio Che Guevara en la Facultad de Filosofía y Letras de la Unam los había invitado a dar una conversación. Me acuerdo de pasar junto al auditorio y verlos ahí, afuera, descansando, hice como si no los conociera o me diera igual quiénes eran y entré al auditorio. La conversación estuvo algo aburrida. Me propuse ir al concierto pero el precio del boleto me propuso quedarme en casa.

Hace algunos días, y no recuerdo bien por qué, decidí escuchar en internet Libre, el disco que habían reseñado en la revista española. Se cerraba, o parece cerrarse, la fragmentación con la que había iniciado mi relación más sentimental que musical con una banda que no es tan buena, que no recomendaría, pero que puedo escuchar por horas.