Agua para un perro ahogado

 Por José M, Vacah

@JosMVacah

Todos fuimos lavados

            borrados por el agua

Efraín Bartolomé

 CHINA-INUNDACIONES

Eran  las cinco de la tarde cuando decidí  salir,  deseaba comprar un par de películas.  El domingo aseguraba una buena disposición en mi ánimo para adquirir nuevos títulos. Había tianguis.

Reparé en el clima, el cielo anunciaba aguacero.  Nunca pensé que un pronóstico fuera un motivo para despedirme de ciertas personas. La lluvia también representa una forma de despedirse, creo.  Quién no ha aprovechado el anuncio de la lluvia para huir de cierta situación, de algún lugar. Recuerdo a mi mamá que mira por la ventana el cielo, “es que ya nos vamos Mary, mira el clima, parece que quiere llover, vámonos Manu (así me dice mi madre de cariño)”.  Mi Tía sólo se reconfortaba al oír a mamá prometiendo la próxima visita.

Jamás miré un cielo tan gris: las nubes estaban dispuestas a edificar un accidente de concreto sobre la superficie llana de la bóveda celeste,  sobre el accidente  un edificio de azogue y papel  revolución. Casi como el pelo de una rata sucia.

                ¿Qué dice la tarde Don?

                Don Miguel estaba sentado afuera de la tienda de la casa verde.  Me contestó “aquí nomás”. Pues ojalá llueva cómo ayer, le dije.  No me contestó nada, porque él tampoco había comprendido mi comentario. Un oscuro presentimiento  me obligó a reparar en mis palabras. Qué idiota ingenuidad. No supe por qué dije eso. No tenía importancia tampoco. No hay nada más mínimo que un aguacero corriente, una tempestad común que aliviana la prisa de la ciudad lodosa. Dejé al olvido la materia de mi extraña preocupación. Caminé al tianguis. Empecé a silbar. Es bueno que llueva, pensé.

*

Intentaba escribir un poco.  Eran cuarto para las siete. Me gusta escribir por las tardes porque  casi nunca lo hago.

                Intenté escribir, de pronto escuché la voz de mi padre. Me pedía que lo ayudara. De las coladeras del patio comenzó a salir el agua. Usualmente, cuando la calle empieza a inundarse por motivo de la lluvia, las coladeras son las primeras en avisar el desastre.

Mi padre, mi hermana y yo comenzamos a levantar del suelo los objetos importantes. Mamá nos observaba desde el segundo piso. Mi madre tiene una enfermedad en las rodillas que le impide hacer trabajo pesado.

Ruido de cláxones. Las sombrillas detenían la conversación para remangar los pantalones. Cajas, sobre todo levantamos cajas, sin prisa, jugábamos a la preocupación.  Uno siempre guarda objetos en ellas con la esperanza de encontrar los recuerdos intactos. A veces, también uno guarda cosas para extraviarlas.  Terminamos de levantar lo importante. El agua había crecido treinta centímetros.  La calle estaba inundada.

Volví a mi computadora. Releí lo que llevaba escrito. Había algo en la lluvia que no me dejaba concentrarme. Llovía con una persistencia inadecuada.  Tal vez sólo llovía amablemente, con una actitud de limpiapisos que busca hacerse cargo del polvo.  Porque el agua siempre tiende a llevarse algo.  La lluvia es una compañera ingrata, pero amable.

Miré por la ventana. Luego vino la cena y con ella la conversación en torno a la catástrofe: los planes de limpieza para mañana cuando baje las aguas; la compasión por aquellos a quienes el agua les arruinó la sala por ejemplo; hay gente que vive sólo tiene planta baja (nuestra casa es de dos pisos), una vez que ésta se inunda, tienen que vivir encima de la sala o del comedor por un par de días; hay hombres que han aprendido a lidiar con las inundaciones constantes del municipio; otros optaron en algún momento de su desilusión, elevar las entradas de sus casas unos cuantos centímetros para prevenir los malos ratos. Hablar de las inundaciones se volvió una preocupación discreta. Después de conversar largo tiempo, decidimos mirar por la ventana.

Cada uno tenía su ventana, nuestra casa es grande.

inundaciones2

*

A las 11 de la noche los vecinos de enfrente arrastraban a un hombre a su hogar. Un grito silencioso ocupaba el lugar del frío.  Miré flotar la basura hasta alejarse hacia donde la avenida se une con el cielo.

*

Había comprado Kill Bill 2 y Viento Negro (una película mexicana cuyo nombre me pareció atractivo por su candidez de pantano aéreo).

Fernando, el peluquero,  hablaba con Don Miguel.  Mi casa está en la esquina, es el punto de reunión para los ociosos y los viajeros. Los transeúntes hallan un refugio cálido en las esquinas.

                Me uní a la conversación. Flaco (como llamamos a Fernando) hablaba de futbol. Los domingos regularmente se habla de futbol.

                Don Miguel asentía. Se dedica a escuchar con la paciencia de los viejos. Si llegaba a hablar, no importaba, apenas y eran perceptibles sus comentarios. Las palabras salían  de su boca con un volumen tristísimo. Era la voz de un viejo sucio. Vagabundo. Alcohólico. Y enfermo. Hablamos sin decirnos nada realmente.

*Mi padre solía ofrecerle comida al viejo. Cuando murió Don Miguel le pregunté a mi padre si lamentaba la muerte de su amigo. Dijo que no era su amigo. Le ofrecía comida por caridad. Como quien da agua al perro solitario de la calle.

Nos alegró el saber  que el agua había bajado. Los bomberos no eran necesarios. Aunque lo fueran, su presencia era una remota confianza,  raras veces vienen. En todo el tiempo que he vivido aquí he visto una inundación anual. Recuerdo una vez que el agua se llevó mis juguetes.  Aún lamento la pérdida,  por esto digo, que el agua siempre arrastra con algo.

                La lluvia, esta vez, se llevó a Don Miguel.

*

                El viejo murió de fiebre.  Le encontraron contusiones en brazos y piernas.

                Don Miguel permaneció sentado en la esquina de mi casa desde que comenzó a llover hasta que lo recogieron los vecinos a las once de la noche. Mi padre había dejado  cajas de refresco para que se sentara. Don Miguel pretendía irse a su casa cuando dejara de llover. Se había quitado los zapatos para que no se le mojara el único par que tenía. Permaneció descalzo la mayor parte del tiempo que esperó.

Don Miguel vivía (aquí la palabra más exacta es dormía porque sólo iba a dormir ahí, durante el día recorría la colonia) en la otra esquina, entre un puesto de tortas y un puesto de periódicos.

Nunca se supo el motivo de las contusiones.