¡Atropellado por americanista!

Por José M. Vacah

@JosMVacah

 choque1

Sonó el teléfono. Ninguno lo escuchó, sentados frente al televisor, atentos a éste, necesitaban confirmar la noticia de que el trabajo estaba bien hecho. En estos negocios las cosas no pueden salir mal, las consecuencias son mortales. Concentrados en la pantalla, ambos policías interpretaban el ruido del amanecer como un mal augurio, de ¿qué? Está claro que la sangre llama a la sangre, los muertos vendrán por los muertos, así, hasta que la deuda esté pagada, un crimen sucede a otro. La noticia se confirmó, robaron los papeles y el aviso estaba hecho: la voz del procurador de justicia del Distrito Federal, entrevistado vía telefónica, sumergía a los dos televidentes en un trance invulnerable, apartados del tiempo expectantes al silbido de las eses que se incendiaban cada que el procurador decía la palabra justicia:

—Se hará justicia, Carlos, la policía del Distrito no descansará hasta que se atrapen a los culpables.

— ¿Tiene alguna pista de quiénes fueron los autores materiales del crimen?

— Hasta el momento se sabe que un hombre entró al hotel con un disfraz de cocodrilo. En él se hospedaba el senador Jorge Gabriel Rivas, lo asesinó en su habitación…

Sonó la puerta. Ambos se sobresaltaron. ¿Quién chingados puede ser a esta hora? Coca Durán tomo su Walther P-88 y se lanzó como un felino hacia la puerta, de un salto, pertrechándose a un costado de la puerta. Tocaron tres veces antes de que una voz ronca, cavernosa,  les exigiera silenciar el timbreo del teléfono. Escucharon los pasos alejándose.

Regresaron a la tv.

-Señor Procurador, ¿tiene qué ver algo el asesinato del senador con la balacera de la colonia Roma? Hubo dos muertos esta madrugada…

Volvió a sonar el teléfono, esta vez con la insistencia de una mala noticia.

—Contesta tú cabrón— dijo Durán.

—Mejor un volado compadre, no seas gacho.

—¡Ni madres güey, yo soy el jefe!

Tambor Ojeda levantó el auricular, cerró sus ojos al amparo de un mal presentimiento, bueno bueno, sí, habla Ojeda, ¡qué!, estaba a punto de recibir la peor noticia del mundo.

-¡Por qué no contestan hijos de su pinche madre! Debieron estar allí hace más de 40 minutos.

-Es que tuvimos problemas con un auto que nos seguía.

-Quiero que se larguen de ahí cuanto antes ¿Entiendes?

– ¿Dejamos el maletín aquí como acordamos?

– ¡No, llévenlo con ustedes! ¡Nos jodieron! ¡Se enteraron de todo y van por ustedes¡ ¡Quieren chingárselos! ¡Lárguense de allí cuanto antes!

Volvieron a tocar la puerta, esta vez parecía que golpeaban con un martillo.

¡Vámonos compadre!, gritó Tambor mientras recogía las cosas, frenéticamente. El maletín en una mano y el disfraz de cocodrilo dentro de una bolsa de plástico en la otra. El televisor lanzaba los anuncios comerciales. Los golpes en la puerta molestaron a Coca. ¡Vámonos ya!

Encabronado, Coca abrió la puerta con la Walther en ristre, apuntando. ¡Qué chingados quie…

No alcanzó a terminar la palabra cuando sintió un putazo que le floreó la frente. Perdió el conocimiento.

                Tambor Ojeda escuchó el ruido metálico del martillo  que cayó estrepitosamente al suelo. Intentó lanzarse, instintivamente, hacia el agresor. El otro ya había emprendido una carrera por el pasillo. Todo sucedió en unos segundos. En el umbral de la puerta, trastabillando por el impulso felino, vio la playera del América con el 10 y la palabra Furcio sobre la cifra alejándose, estuvo a punto de seguirlo, pero recordó la advertencia del jefe R., lo mejor era salir pronto, antes que nos maten, pensó. Con los nervios retorciéndosele en las entrañas, levantó a Coca de un pujido, cargándolo de bultito sobre su hombro izquierdo y con la mano derecha recogió el maletín y corrió hacia las escaleras. Ojalá no vuelva el loco del América, con lo que me caga ese equipo, se dijo. Bajó las escaleras y salió de la casa. Era una casa-vecindad: se rentaban los cuartos, el baño se compartía. Abrió el auto, aventó a Durán al asiento trasero junto con el maletín. Entró. Estaba a punto de meter la llave cuando vio por el retrovisor una camioneta negra que giraba en la esquina entrando a la calle donde ellos estaban. ¡Puta madre, ya nos cargó la verga!, exclamó, llevándose las manos a la cara. Se encogió en el asiento para ocultarse, lo cual era una acción difícil debido a su corpulencia. Agachado  observaba por el retrovisor  a la camioneta que se detenía a 6 metros de distancia. Esperó.

                La camioneta prendió las altas y las apagó inmediatamente. Lo hizo de nuevo. Varias veces más. Chale, pensó, estos putos ya me vieron.  Seguro quieren que me baje, pero se la van a pelar. Se la van a pelar, susurraba Ojeda con la garganta hecha un desierto. Intentó tragar saliva pero tenía la boca más seca que un cactus. Se llevó la mano a la Sig Sauer 9mm mientras sus ojos no perdían de vista ningún movimiento. El corazón estaba a punto de salírsele del pecho. Su lengua se volvió pastosa y fue sintiendo cómo se le bajaba la presión. Su pulso temblaba. Estoy muerto, se dijo a sí mismo. De pronto, escuchó un putazo, el coche se cimbró, del susto Ojeda casi se desmaya pero sólo se le salió un pedo.  Alguien había  roto el vidrio de la puerta trasera derecha. ¡Era el loco del martillo que golpeaba su carro! Había regresado.

                Los hombres de la camioneta miraron al salvaje enfundado en una playera amarilla. Tenía el martillo agarrado con la mano derecha y en la izquierda apretaba una estopa rociada con thinner. Llegó al auto como un cavernícola, dando saltos como un mico sanguinario, en una danza rumana y prehistórica, con un hueso en forma de martillo que simulaba un evento en el pasado remotísimo de la evolución del hombre. Riéndose y a la vez perdidamente serio en un viaje de drogas, alucinando. Golpeaba, con furia y con alegría, como un loco, babeaba.

Encendieron el motor de la camioneta.

Ojeda vio que la camioneta se ponía en marcha. Arrancó inmediatamente, sin prestarle más atención al americanista ojete que golpeaba su coche.

Aceleró la camioneta: el pie estaba hasta el fondo del acelerador, no podían dejar que se marchara el Tsuru jodido.

El cavernícola se atravesó en la carrera y ¡PAS!.

No pudieron, mejor dicho, no quisieron esquivarlo. Salió disparado como un metro hacía delante, por el golpe en seco, estrellándose como un bulto contra el pavimento. Metieron el acelerador más a fondo, el conductor de la camioneta centró con la llanta la cabeza de su atropellado. Estalló el cráneo. La camioneta apenas y dio un brinquito.

Apenas clareaba el día, ya había gente en la calle. Las calles las ocupaban principalmente señoras que llevaban a  sus hijos a la escuela. Dos de esos chamacos nunca podrán olvidar el acto sangriento que se presentó ante sus ojos aquella mañana de abril, en la que salían de su casa rumbo a la escuela Benito Juárez…

                Una de las mamás se santiguó. La otra se desmayó. Había gritos.

                ¿Alguien tomó la placa?

                Tiempo después los vecinos bromeaban con el hecho, con candor y gracia: mataron al loco de la vecindad por americanista. Si hasta salió en el Gráfico, decían.

Continuará… 

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