¡Violó a su propio hijo! (parte 1 de 3)

Por: José M. Vacah

Hasta aquí llegaste pinche violador- le dijo Damiana mientras el perro se desangraba por el ano-.  Amarrado a la silla, el médico se retorcía de dolor.  La sangre que le escurría por el recto simulaba un grifo que decanta el infierno mismo, debajo de la silla había un gran charco rojo, si hubiera delfines todo sería más cruel, tal vez más espantosamente irrisorio, como si no bastara ya el escenario para decidir quién era la víctima y quién el culpable. Sobre el suelo, la ropa del médico era lo único reconocible de aquel hombre, el rostro pateado hasta la náusea, el pecho quemado con ácido o con alcohol y fósforos, las manos mutiladas, las rodillas reventadas por golpes de martillo, los dedos del pie izquierdo colgaban de éste como testículos deformes. La habitación olía a mierda y tal vez ese olor jamás iba a irse en muchos años. Damiana, con el revólver en la mano, sollozaba con la insistencia de una niña que lo ha perdido todo, Damiana la puta al que le violaron un hijo, Damiana la puta violada, primero por hombres y después por la sociedad y después por la justicia y después por todos y por todo, otra vez Damiana la sobajada, la ultrajada.

Estaba como una fiera ahí, llorando y riéndose, a intervalos, como una histérica, con una pistola hecha de fuego, roja como la sangre que llenaba sus manos, con los ojos del muerto mirándola fijamente.

El policía golpeaba la puerta de metal, primero intentó abrirla a empeñones, luego a patadas, una, dos, tres, la puerta tenía buena chapa, pinche puerta, pensó el oficial. En otras circunstancias hubiera usado la pistola, pero en esta ocasión no, la había olvidado en el auto.

-¡Cómo se me pudo olvidar la puta pistola!- dijo-. Si la vieja mata al doctor me llevaba la chingada. Ya casi detenía a la vieja, pinche vieja, dejar que le violen a un hijo, por unos cuantos pesos.

-Jadeaba Ismael-. ¿Para qué acepté el caso, trabajar en uno de putos y luego con una puta de pilón. -Jadeaba como un toro en el ruedo, con el hombro adolorido por los trancazos que le acomodaba a la puerta, el sudor le bañaba la frente, tenía la boca seca-.

Ismael era un joven que apenas había ascendido de grado en la corporación. Éste era su primer trabajo “fuerte”. El letrero decía: Doctor las 24 horas. Cuatro, cinco, seis, siete, por fin cedió la puerta, pero ya era demasiado tarde.

Los vecinos comenzaban a asomarse por las ventanas de los departamentos. El ruido era agobiante, los golpes de Ismael se orquestaban sistemáticamente como pronunciando una música insoportable, alguno de los vecinos había llamado a la policía. Lo que no sabían es que Ismael también era tira aunque no lo pareciera,  como no traía uniforme ni quién se las oliera. Tal vez uno de los vecinos grabó todo con la cámara de su celular, tal vez otro estuvo decidido a bajar con su pistola para detener al policía novato disfrazado de delincuente que arremetía contra el metal duro y cómplice del consultorio de un médico de 40 años, tal vez una mujer rezó para ahuyentar el crimen, una niña lloraba, alguien veía la televisión, otro escuchaba una canción en el ipod sin percatarse de nada, otros estarían cogiendo a esa hora, uno habría golpeado a su mujer, otros estarán felices…

Era la tarde de un jueves de febrero cuando Ulises entró al consultorio con un dolor en el estómago. Tenía fiebre y apenas pudo subir al coche de su madre. Cuando llegó a la casa del médico, ya no podía más, al cruzar la puerta se desmayó por la fiebre y la diarrea.

-No es nada grave señora, su hijo sólo está un poco débil por tanto líquido que ha perdido, probablemente no ha estado comiendo bien, y esto le ha provocado un cuadro grave de desnutrición y váguido, producto de la disentería. -Dijo el médico-.

– Hay veces que no nos alcanza ni pa´tragar doc. Con lo que gano en el antro apenas pago el alquiler y el cabrón de su padre se lo chinga todo en el pomo. Eso de vivir de puras cogidas ya no deja. Este niño apenas come, y cuando hay ni hambre tiene, como que anda metido en drogas… ¿No será eso?

-Puede ser. ¿Qué es lo que se mete?

-Mona, pura mona.

– Bájele los pantalones, le voy a poner una inyección.

Mientras Damiana obedecía al doctor, éste, con movimientos  apresurados por el deseo obsesivo de mirarle las nalgas a su paciente joven, dejó caer la jeringa al suelo. La levantó inmediatamente, al incorporarse, sus ojos se clavaron en las protuberantes nalgas que Ulises portaba como un trofeo. Ulises era un joven delgado con un buen trasero que otrora pudo haber encantado a los antiguos griegos, un culo sabroso que otrora pudo ser cristalizado en algunos versos que el mismo Apolo escribiera. Tiró el instrumento a la basura, sacó otra jeringa, la erección de su miembro tenía la misma fortaleza que la aguja que insertaba en su intrumento. Perlas de baba comenzaron a asomársele por las comisuras de la boca.

El médico tenía una debilidad por los adolescentes, todos en el barrio lo conocían como el médico violador pero nadie se atrevía a confirmar los chismes. Los niños del barrio jugaban a que los perseguía el médico violador. Era un secreto a voces, los vecinos jóvenes (varones) preferían morirse antes de ser llevados con el galeno. Sólo acudían los incautos forasteros, las señoras, y alguno que otro ruco con ávidas esperanzas de echar la cana al aire. Pero el médico sólo gustaba de carne joven.

-En qué estabas pensando pinche Juárez, dejar la pistola en el coche… ¿estás pendejo o qué?. -Juaréz bajó la cabeza mientras el jefe policiaco continuaba la reprensión–. Si sabías pinche juaréz que el medicucho aquel se había cogido al hijo del subteniente. ¿Sabías o no sabías?

-…

-¡Contesta pendejo! ¿Sabías o no sabías que el medicucho ese era la comadre del coronel.

-Sí…

-Te dije bien claro que era un caso especial y te di instrucciones precisas ¿si o no?

-Sí mi comandante. -Bajó la cabeza Juaréz de tal forma que parecía que la choya se le iba a meter en el pecho-.

Gimió como un niño temeroso, estaba a punto de llorar pero se contuvo, no es que se considerase muy hombre, pero lo era,  y aún así las lágrimas se le salían de coraje, la rabia le corría por la sangre, era una furia contra sí mismo, no le importaban las palabras de su jefe, sabía que en el fondo, si su padre viviese, estaría muy decepcionado de él.

Su padre también fue tira, pero de los buenos, un hombre corpulento, medio indio y prieto, con los ojos de japonés, le decían el Cocodrilo. Era todo un policía, desde la memoria hasta el culo. Sabía pedir una mordida, extorsionar, darle la vuelta a los malos manejos, siempre salía limpio de todo, hasta que un mal día le aflojaron el tinaco de su casa: se metió con la puta equivocada. Se enamoró de una vieja que ya tenía perrera, era una perrera que resultó muy fina pero de pocas pulgas. Lo cosieron a balazos, terminó como una coladera o peor.

El médico le estaba frotando las nalgas a Ulises cuando entró su madre y lo cachó con la verga de fuera. El puberto estaba sedado y con el culo al aire. La madre pegó un grito y se le fue encima al médico como una fiera. El médico sacó la pistola, pero ya Damiana tenía la navaja en la mano. Chilló el doctor, chilló Damiana. Sonó un disparo.

Continuará…