El artista y el príncipe en The Illusionist

Por Juan Fran

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Quiero llamar la atención sobre ciertas escenas de la película The Illusionist de Neil Burger con Edward Norton, creo que de ellas pueden surgir algunas reflexiones acerca de la relación entre el artista y el poder estatal, sin que éste sea el único sentido del filme.

Eisenheim, en el palacio del príncipe, le recuerda la leyenda de Arturo y la espada en la piedra a la audiencia. Ha colocado la punta de la espada del príncipe en el suelo, inmovilizándola, dice “Solamente Arturo pudo sacar a Excálibur de la piedra, ¿quién de ustedes podrá tomar esta espada?”. Cuando llega el turno del príncipe hay un intercambio de miradas, durante unos segundos el monarca es incapaz de obtener su arma, después Eisenheim retira la ilusión: “La espada a su legítimo dueño”. El artista somete al príncipe a una narración antigua, una donde se tematiza la legitimidad del gobernante. Es en esos segundos en que el príncipe no ha podido tomar la espada que el poder del artista es absoluto. En el “traer de vuelta” a la leyenda artúrica, en poner en cuestión la legitimidad del príncipe, Eisenheim hace saber que ha comenzado un desafío.

Pero el terreno político del artista tiene que estar entre sombras, Eisenheim, al planear su fuga con la princesa (quien puede representar el paraíso en la tierra, el banquete prometido, que el “estado de las cosas” le niega al individuo) llena la ciudad de fantasmas. Cuando las personas ven en Viena a uno de los niños espectrales que el ilusionista ha comenzado a invocar, la ciudad entera se vuelve una conspiración, participa del complot del ilusionista. Es en la creación de ilusiones, sombras, narraciones, que se puede combatir la fuerza de la policía (“Hay que hacer un complot contra el complot” Roberto Arlt). La tensión que Eisenheim provoca en la ciudad es solamente proporcional a la tensión que el poder estatal de por sí tiene, la tensión del ilusionista solamente revela la tensión estatal, la tensión de ese primer complot.

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En su teatro, el personaje de Edward Norton ha decidido invocar personas fallecidas, puede tratarse de un truco, pero el hecho es que estos fantasmas falsos provocan en la gente preguntas (“la capacidad que tiene la literatura para provocar creencia” Pauls sobre Bolaño), provocan sospecha, crece la noción de un crimen que no ha sido resuelto (el asesinato de la princesa), de una justicia que sigue siendo esperada. Eisenheim trae de vuelta la Historia de los oprimidos (así sea falsa, así los fantasmas sean falsos, sirven para tensar la justicia de las víctimas reales), la Historia que se oculta tras la narración oficial de los hechos (la policía ya tenía un acusado por el asesinato).

El teatro se ha vuelto el lugar en el que la ciudad conspira contra el poder, el teatro de fantasmas se vuelve el ágora, el centro de la discusión pública; es en ese teatro de fantasmas donde la gente intuye que sucede la Verdad.

Con esa materialidad el artista se enfrenta al poder Estatal y a la policía: con el engaño, con la ficción y la mentira, con la ilusión; pero los fantasmas de Eisenheim no son más artificiales que la ropa y los títulos del príncipe. El Estado es también un narrador, escribió Piglia, la monarquía es también un complot.

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