Violó a su propio hijo (parte 3 de 3)

smithandwesson

Por: José M. Vacah

@JosMVacah

En este país el silencio es el mejor aliado de la sangre. A veces, cuando se tienen las palabras justas lo mejor es hacer justicia por palabras propias, para marchar hacia el país de los jodidos, con la boca abierta y las manos en cruz…

Atado de pies y manos, con el rostro cubierto por un costal sucio que olía a vómito, a su propio vómito, jadeaba tratando de respirar, pero los perros que lo pateaban en el hocico le obstaculizaban la respiración, también tenía la nariz fracturada y la sangre le brotaba a chorros, estaba a punto de sufrir un desmayo, o mejor dicho una hipoxia cerebral, en cinco minutos perderá el conocimiento. Jajajaja, sonaba una carcajada que atraviesa la noche como una aguja de fuego. Jajajaja, uno de los hombres de pie volvió a reír con un regocijo absurdo, con una espantosa crueldad que sólo tienen los hombres ante el dolor de otros hombres, reía, mientras su compañero pateaba el rostro de aquel cuerpo todavía con vida, pero que pronto se iba a cansar, iba a desfallecer, a morirse, pues llevaban más de tres horas torturándolo. El hombre que reía, también participaba en el juego de patearle el cráneo, lo tomaban así, como un juego, para que la consciencia se les difuminara en idiotas maneras de niños. Eran entonces niños con placas de policía en la bolsa, con una pistola en el cinturón, con un cigarro de mota entre los pulmones y una larga trayectoria de matones por dedazo, por obligación, por trabajo, ¿por gusto?

-¡Entra a la cajuela, cabrón! Ni que estuvieras muy pinche gordo, ¡carajo!…

– Será mejor dejarlo aquí jefe, como que´stá chillando mucho, nos van a oir y pa’que quiere

– Cállate pendejo que no te pago pa’que asustes, sino pa’que limpies el desmadre

– Ta’ bueno Jefe yo nomás digo

-Ayúdame pendejo, primero las patas, mételo bien, no quiero andar exhibiendo piltrafas…

Metieron el cuerpo en la cajuela, subieron al auto y arrancaron. Encendieron la radio y alguno de los dos retuvo en la memoria unos instantes el rostro del cadáver: la cara sangrienta, con cinta canela envolviéndole los ojos y la boca, mientras miraba la carretera hundirse en la noche como el futuro que los hundía siempre en el mismo trabajo lleno de mierda, trabajando a huevo para un sistema corrupto, limpiando la caca de otros, para tragar y para que traguen los hijos y la vieja y la otra vieja, en este orden. Recordó aquel rostro hinchado por los golpes, recordó los golpes que le propinó y después se puso a tatarear la rola que sonaba, tara la lara la la lar lalí.

Abrí el twitter, sorbí un trago de coca y comencé a revisar los tuits que publicaban, leía con tranquilidad, disfrutando mi refresco, quería encontrar algo que me ayudara a combatir el aburrimiento. De pronto, un periódico online había escrito lo siguiente: Hallan muerto a activista en carretera hacia Morelos, lo confunden con sicario. Un presentimiento golpeó mi corazón, abrí el enlace y comencé a leer la nota. ¿Cuántos activistas sociales, defensores de no sé qué causa mueren en este país todos los días? son muchos, y si a esta cifra sumamos la de periodistas, mujeres, niños, víctimas de todo, del narco por ejemplo, o de lo que sea, da igual. Un asesinado es todos los asesinados, porque la muerte tiene la misma cara en todos lados.  Mantengo la lectura y nada parece decirme que Ulises es el activista muerto. Este tipo de notas dejaron de dar señas particulares hace mucho tiempo, también para algunos periodistas todos los muertos son el mismo. Pero hay de muertos a muertos, no es lo mismo el difunto hijo del exgobernador ese de Chihuahua, no, no es lo mismo, que el difunto de cualquier hijo de vecino, lo que hace el dinero. Sin embargo, algo me confirmaba la triste noticia, tal vez ya estaba esperando leer la muerte de mi amigo, desde aquella conversación que tuvimos por teléfono.

-Hola Manuel ¿qué tal, cómo andas?

-Muy bien Ulises y ¿tú? ¿Qué dice la música, el trabajo, los compromisos?-. Dije la palabra compromisos con cierta pesadez, como queriendo no decirla, porque para nosotros “compromisos” significa la participación de Ulises en una causa que siempre tenía que ver con los policías amenazándolo por defender los derechos de otras personas, de aquellos para quienes la justicia es un asunto metafórico.

– Pues bien Manu, andamos grabando en el estudio un demo. Lo malo es que…

– Es que descubrieron que son malos músicos-. Bromeé.

– Ojala todo fuera como eso, pues eso se arregla con una computadora…- Su voz se quebró por un instante, luego carraspeó- No, si somos los mejores músicos del mundo. Lo que pasa es que ando trabajando en una defensa de un caso que me ha traído muchos problemas.

– Se trata de los violadores ¿verdad? Los malditos puercos esos violadores de niños, de la jodida red de prostitución que estás cazando ¿no?

– Sí… pero no te puedo decir más, entre menos sepas es mejor. Te hablo para… Para decirte que te estimo y que has sido un gran amigo para mí estos años…

-Hombre pero ¡qué es esto! ¿Te estás despidiendo o algo así?-. Terminé la pregunta y una infinita tristeza me inundó.

– Al contrario, si te estoy saludando. No te asustes, es que a veces el tiempo es tan ingrato, por eso quiero decirte que te estimo, antes de que ya no pueda decirlo…

Sabía que su llamada era una especie de despedida, desde que entró al caso de las violaciones de niños (por parte de un circuito de policías que los vendían a extranjeros y a quienes pudieran pagar), no dejó de recibir amenazas. Lo llamaban en la madrugada para insultarlo, le rompían los cristales de su casa con piedras envueltas en papeles que injuriaban a su madre, llenaban su carro de excremento humano, una vez le dejaron una lengua humana en putrefacción, con gusanos y todo, en una bolsa negra con un papelito en el que se leía: Para que cantes pajarito.

– ¿Te gusta este trabajo?

– ¿Qué’res mi vieja o qué pitos?

– Digo que si te gusta-. Apagó la radio.

– Pues no tanto como a ti pinche mamaverga- Soltó una carcajada.

– Eres un animal, por eso andas en estos bisnes-. Sacó su cajetilla de cigarros y encendió uno mientras veía acercándose en la carretera el punto exacto donde tenían que dejar el cadáver.

– Y tú no…

Detuvieron el auto, permanecieron un rato callados, esperando a que el otro diera el primer paso. Uno de ellos sacó una botella de mezcal, bebieron de la botella. Salieron del auto, tomaron dos pares de guantes y se los pusieron. Uno de los dos comenzó a tararear una canción. Sacaron de la cajuela el cuerpo y lo arrojaron al piso, comenzaron a desvestirlo.

-¿Y las tijeras pendejo?- Bramó uno de ellos.

-¡Aiboy!- Bramó el otro.

Al poco tiempo regresó con unas tijeras de pollero.

Uno le prendió fuego a las ropas sangrientas, hechas jirones y apiladas en un rincón de la carretera. Era muy de madrugada y estaban seguros que a esa hora no iba a pasar nadie, en aquel lugar no pasaba nadie. El otro, con una brutalidad desmesurada tomó las tijeras y apuñaló al cuerpo a la altura de la verga, perforándole el escroto y comenzó a cortar en línea recta hacia el estómago. El cuerpo soltaba una espesa masa oscura que parecía gelatina negra, apestosa. El diestro cortador abría todo lo que podía las piernas para no mancharse, trataba de cortar el cuerpo con una delicadeza salvaje, pues se requería mucha fuerza física en los brazos para realizar esta acción, lo que no quería era ensuciarse la camisa. Al llegar al abdomen, sonó una ligera explosión que inundó la atmósfera de un olor nauseabundo, siguió cortando, pero la mierda se desparramaba por ambos lados de la piel abierta, olía a caño, se detuvo en el pecho. Le extendió las tijeras a su compañero y comenzó a abrir con las manos la rajadura que le hizo en el estómago, entre la mierda, las vísceras y la carne que se desprendía en grumos. Llenaron el cuerpo con billetes de veinte pesos, colocando un  cartel que decía: Aqui esta tu pago zorra.

Cuando encontraron el cadáver, los policías, al ver el cartel, achacaron el caso a un ajuste de cuentas por parte de sicarios del narcotráfico. Cerraron el caso y nadie volvió a levantar el expediente. Sólo aquel periódico anunciaba la confusión, como un triste pajarillo que canta en medio de la noche. Era un periódico muy serio, quienes conocemos el medio podrido en que se desenvuelve el sistema judicial en este país sabemos que muchas veces las confusiones son a propósito, para agarrar un chivo expiatorio y para que las víctimas parezcan los culpables…

Sonó mi teléfono, Ulises no tenía familia, su padre lo violó de niño creo, en la adolescencia lo violaron, o algo así me contó hace algún tiempo entre unos tequilas, fue una confesión que me hirió y me avergonzó. Tal vez por eso Ulises siempre ayudaba en los casos en los que las madres no sabían cómo defender a sus hijos de aquellos abusos. Habló conmigo uno de sus amigos para informarme del velorio, día tal, hora tal, lo apunté en mi libreta.

Salí del metro y caminé el trasbordo hacia la línea rosa en San Lázaro, pasé por los puestecitos de periódicos y leí el siguiente encabezado: ¡Violó a su propio hijo! Compré el periódico, lo leí completo, de mi amigo Ulises no dijeron nada.