¡Enmascarado asesino! (parte 2 de 2)

asesinoII

— ¡Párate cabrón que te vamos a partir la madre!-me escupió a la cara mientras se inclinó sobre mí para que pudiera ver mejor su rostro. Lo único que recuerdo de él son las manchas de vitíligo alrededor de la boca, esa boca asquerosa, babeante. Estaba tumbado sobre el piso, mi cabeza recargada en la base del escusado me provocaba una molestia en el cuello, un dolor en la nuca, mis piernas salían del cubículo, había un olor a mierda insoportable. Abrí los ojos sobresaltado, inmediatamente un dolor en todo el cuerpo me impidió moverme. Traté, en un acto reflejo, de recoger las piernas pero la herida en el muslo me dolía un chingo, intenté tocarme pero no pude, grité, al mismo tiempo que ellos me gritaban y me escupían a la cara cosas que no entendía, pero supuse, por el regocijo con que las decían, que iban a matarme.
— ¡Párate hijo de tu pinche madre! ¡Si no te paras te voy a mear, por guevón!-soltó una risotada y se sorbió los mocos- Te doy tres pinche briago pendejo, una, dos…
—Pa mí queste culero quedó idiota por tanto desmadre quiubo aquí- graznó el idiota con cara de ajolote malparido.
— ¡Vayánse a la verga!

No hubiera dicho nada, qué pendejo, lo dije sin pensar, sólo quería que se largaran, que me dejaran ahí tirado hasta que se me pasara el dolor. Hasta que toda esta jodida pesadilla desapareciera y volviera a estar tirado en mi cama, despertando con una resaca normal y dominguera, pensé en mi madre, que era la única que se preocupó por mí cuando caí en el vicio. Sí, siempre fui un pinche alcohólico de mierda, sí, mi jefa siempre me dijo que cambiara esta pinche vida que llevaba, si hasta la Lucía ya me había dejado y todo se fue a la chingada, mis hijos, mi casa, todo, nada más me la pasé viniendo a este antro, sin esperar nada, tetándome los huevos para ver si mi destino cambiaba en un giro drástico de la fortuna, pero no, no me lo creía, sabía que mi vida era esto, ir y venir al mismo infierno. Pensar que si le hubiera hecho caso a la vieja y no hubiera venido a este bar hoy, o nunca, ¡cómo saber que mi destino se hallaba en este pinche cuarto lleno de cagada! ¡Morir aquí, como un perro! ¡Qué no me maten aquí! ¡Dios mío, que no me maten en este pinche baño culero! Sosiégalos Dios Padre, átales la manos, ciérrales la boca, desvía sus amenazas de mí, su furia de mí, tú que todo lo puedes, dales entendimiento, razón, hazlos hablar como hombres, que no sean animales, que no me maten aquí, quisiera respirar el aire limpio y mirar el cielo azul por última vez, que mi muerte no sea en este sitio colmado de porquería.

En menos de un segundo, uno de ellos me tomó de la camisa y me cargó de un tirón, hundiendo sus uñas sobre mi pecho. Al aventarme fuera del cubículo, su compañero me recibió con un puñetazo que me cimbró la jeta, trastabillé y caí sin meter las manos, mi cabeza se estrelló contra el suelo y perdí el conocimiento otra vez. Desperté de un sobresalto, con un ahogo que me jaló a la consciencia, un tremendo ahogo, calientes chorros de un líquido espeso se metían a la nariz, me llevé las manos a la cara y sentí mi piel mojada, abrí los ojos, tosí, pero sólo pude mirar bien con uno, el otro estaba entrecerrado por el golpe, veía poquito con ese, pero me dolía mantenerlo así, mejor cerrado. Lo primero que vi con mi ojo sano, fue la verga prieta del puerco orinándome la camisa, me enfurecí y comencé a menearme como un gusano enchilado mientras el chorro de meados seguía y seguía alentado por la carcajada del otro cerdo, quise pararme, pero no pude al primer intento. Cabriteado por el coraje me levanté de un saltó y volví a caer inmediatamente, la pierna no me sostenía, me di cuenta que tenía toda la extremidad dormida, desde el muslo hasta los dedos del pie, el cuerpo me dolía entero, tenía los músculos contraídos, como achicharrados, acalambrados, inservibles, estaba mareado, unas inmensas ganas de vomitar se apoderaron de mí, entonces supe que ya estaba muerto, estaba vivo pero ya no había manera de huir de estos animales, todo intento de salvarme era vano, mi cuerpo no era sino dolor, un estúpido trozo de carne que me dolía, ya no era nada sino dolor, ya no estaba sino en el dolor, sólo eso y furia.

Tirado boca abajo como estaba vomité instintivamente, entre arcada y arcada escuchaba la voz de los hombres que me injuriaban con los apelativos más degenerados. Los oí gritarme insultos y chiflarme, me sentía como un perro haciendo malabares. Al terminar mi acto, dejé caer la cabeza sobre mi propio vómito, me sentía tan cansado, quise dormir pero uno de ellos me golpeó con lo que yo creo fue la cacha de la pistola, el putazo me quebró algo en la tatema, algo
por dentro, sentí el golpe y algo crujió, tuve un váguido, creo que hasta vi doble, tuve ganas de vomitar otra vez, y creo que lo hice. En ese momento perdí el ojo, se me salió con el golpe.
—Este carnal está más puerco que tu madre, pinche Tuta, míralo nomás, está pior que una caca embarrada- su voz sonaba hueca, como venida de muy lejos. El otro hombre nomás se rio.
No miraba nada, sólo escuchaba. Escuché como uno de ellos comenzó a pedirle al otro que me cargara, discutieron, ninguno de los dos quería cargarme. Decían que les daba asco, uno de ellos quiso matarme ahí mismo, pero el otro lo contuvo, le quitó la pistola creo, oí como forcejearon y pelearon unos minutos, uno de ellos rompió un vidrio y otro, tiraron algo, como mesas, o sillas, alguien me arrastraba, se abrieron puertas, escuché un pájaro, luego el transitar de varios autos….

Podía hablar, no podía ver nada aunque lo intentara, abría los ojos (o pensaba que abría los ojos, porque mi cerebro enviaba los impulsos nerviosos) pero todo estaba oscuro. Me dolía la cabeza un chingo, quería mentarles la madre, quería matarlos, pero sólo salían de mí pujidos roncos, como ruiditos ahogándose en mi propia garganta, una especie de borbotones silábicos que se ensordecían con el movimiento de mi cabeza, lloré y los mocos se me escurrían y no podía limpiármelos, tenía las manos atadas, comencé a toser y a toser, se me dificultaba respirar, tenía la cabeza cubierta con algo, no sé qué era. Uno me tiraba de los hombros mientras el otro me levantaba por los pies, el movimiento de mi cráneo sin soporte me desgarraba el cuello, sentía mis vértebras extenderse y partirse, tenía miedo, era todo lo que me quedaba, el miedo.

Antes de que cerraran la cajuela les grité
-¿Quiénes son ustedes? ¿Por qué me hacen esto?
– Nosotros somos la ley. Somos de la última letra del abecedario. Y tú, tú eres un asesino, un mugroso y miserable asesino. No te hagas pendejo, tú mataste a todos en el bar. Tú eres el asesino de la máscara ese, no te hagas güey. Mira namás, qué bonita máscara trais pinche criminal de mierda. Ja ja ja ja, pinche asesino culero. ¿Sabes qué hacemos con los asesinos culeros como tú? ¿Sabes? Pues primero les damos una calentadita, para que escarmienten, para que piensen en sus pecados y hasta puedan arrepentirse de sus malas acciones, y una vez, pasados por el interrogatorio de rigor, por el masaje moral, como decimos nosotros, los entregamos a la justicia, por eso te llevamos con la policía, para que te apliquen todo el peso de la ley. Lo malo es que no vas a llegar vivo, te vamos a dejar envuelto como un regalo, con tarjetita y todo, para que la procuraduría se limpie el culo con tu expediente. Para que la televisión te ignore, para que nadie se acuerde de ti, pinche asesino culero.

Cerraron la cajuela. Les grité que yo no era el asesino, les grité. Pero ya habían cerrado la cajuela.

Por: José M. Vacah

@JosMVacah

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