¡Violó a su propio hijo! (parte 2 de 3)

smithandwessonPor: José M. Vacah

 @JosMVacah

…Sonó un disparo, la bala rebotó en la pared, pegó contra el trecho y bajó en línea recta hacia donde la detonación había sucedido, la mano del médico fue alcanzada por una ráfaga que le voló el dedo índice, todo en un segundo que pareció una eternidad para ambos contrincantes. Enfrascados como estaban, enceguecidos por la ira, sordos por el odio, sólo podían olerse entre sí como perros rabiosos, aquel olorcillo ácido de la desesperación en la piel, o del miedo en la piel. Con este aroma se rastreaban la muerte sudada en sus miembros rígidos por la tensión, enervados los nervios por la alarma, los cabellos erizados, la voz un hilo de carne trémula. Trenzados como estaban, estatuas adoloridas, hiriéndose en el trance, ya en el umbral del anterior acto la vejiga del médico arrojó unas gotas de orina que mancharon su trusa blanca, el esfínter de alguno de los dos se contraía para cerrar el caño festivo de la trepidación. Sonaron los pedos inútilmente, las trompetas del juicio ya habían anunciado el castigo. El miembro salió disparado hacía la boca de Damiana que se abría de sorpresa, de rabia y de miedo.  El dedo recién arrancado voló hacia el hocico de la puta llevándose los tres puntos, en un marcador agonizante. El chillido del médico ocupó la habitación como un fantasma, provocando un eco espeluznante que erizó sus pieles amarillentas, la pistola calló al suelo.

En una reacción instintiva, el médico se llevó la mano al pecho, inclinándose por el dolor. En este acto furtivo, Damiana lanzó una cuchillada que recibió la espalda del puerco violador. Con los ojos crispados, le metió dos veces la navaja antes de que aquel le lanzara el puñetazo que le rompería la jeta. Ante la conmoción de ella por el golpe en el rostro, el violador logró lanzarse sobre su arma en un movimiento felino, al tomarla trató de disparar, pero su dedo mutilado le respondió con una fantasmal reacción. No había dedo índice, sólo lágrimas de dolor, ay mi dedito, chilló el cobarde y cerró los ojos. Chilló hondamente, y su lastimero pujido atravesó el universo. No pudo imaginarse que aquella imagen de su mano sangrante sería solo la antesala de las siguientes imágenes espeluznantes que se repetirían en su memoria durante la tortura, repitiéndose como una mala broma ante el dolor, repitiéndose como un castigo, repitiéndose ante el dolor y el dolor y el dolor y el dolor. No pudo jalar el gatillo y ésta fue su única oportunidad de hacerlo.

La puta aprovechó aquellos segundos de desconcierto para arremeter contra su presa, le soltó una patada que le floreó el hocico, cayó pesadamente contra el suelo. En un acto irreversible la navaja había encontrado un blanco perfecto: el ojo. Al hundirse el cuchillo sobre la masa blanca sólo pudieron percibirse dos cosas: el grito y la imagen  gelatinosa de una sangre que se derramó sobre el rostro herido y sobre la mano hiriente. El médico se retorcía de dolor. Damiana se llevó la mano a la boca y lamió el tuétano negro del ojo embarrado, lo lamió con tanto gusto que en su cara se reflejó una mueca de placer.

-Ya valiste berga pinche viejo degenerado, aquí se acabó tu suerte. Tanto que le rezabas a la Santa Muerte ¿dónde quedó su gracia? ¡pinche puto!

-¿Qué me hiciste perra, qué, me, hiciste, arghhhhhh, ayyyyyyyyyy…-la voz del médico era un sonido lastimero, como un ronco quejido tratando de imitar ciertos fonemas.

Sentado en una mesa que se tambaleaba, Ismael bebía otro trago de cerveza. La música al fondo tarareaba un eco de voz de mujer, un güiro, y un timbal que taconeaba tambaleándose en la tanta tarima tramposa de la tapa torcida del sombrero de bronce que tapaba la bocina de la rocola.

-¡Tráeme otra helodia para cántaros!- rugió.

La mesera hizo una mueca de disgusto y se dirigió al refrigerador. Terminó la canción y la cantina quedó por unos segundos en un silencio total.

-Son quince pesos-. Dijo la mesera tras dejar la victoria en la mesa.

-¡Pinche vida!- gritó, mientras sacaba las monedas de su pantalón-¡Hoy me voy a poner pedo hasta morirme¡-dijo y comenzó a llorar-.

Los otros borrachos se volvieron a mirar al gritón con una indiferencia propia de las tabernas, aquella indiferencia que simula una atención casual propia de los mexicanos, como un no queriendo, o un querer sin querer o algo así. La música siguió sonando, las bocas siguieron bebiendo, las manos continuaron rozando el frio de los cristales, todo se mantenía en perfecta armonía, aquel orden de la danza y el bailarín. Sólo un recuerdo bailaba frenéticamente en la memoria de Ismael, sólo un recuerdo que lo atormentaba, aquella escena que le provocaba una rabia intransigente, un odio brutal, una furia ciega que le devoraba las entrañas y lo hacía vomitar. Sonaban en la mente las palabras de su jefe en la corporación policiaca, sonaban las palabras al mismo tiempo que reconstruían la escena: Ismael, sentado frente al escritorio horrible y desordenado de su jefe, la habitación inundada de humo de cigarro, la cortinas corridas que oscurecían la pieza y la voz del comandante que le arrojaba a la cara las siguientes órdenes:

-Irás a la cárcel pinche Juárez. Irás calladito y obediente. Irás un tiempo. Irás sin chistar ¿eh? ¿Oíste? Irás porque te faltaron huevos para terminar las cosas, ya sabes, era un asunto delicado, una cosa de arriba ya sabías, pinche Juárez. Irás por pendejo. ¿Entendiste?

-…

-Ahora te chingas por pendejo. Tú decidiste involucrarte en la operación… Era un asunto importante, ya sabes, esos putos  de arriba, que les gusta jodernos, a nosotros los jodidos. Pinches maricones ricos, ya sabes pinche Juárez, con dinero baila el perro.

-Sí mi comandante- sonaron estas palabras como un suave suspiro, apenas perceptible.

-Tú papá me caía rebien pinche Juárez, si el viviera, a lo mejor las cosas serían diferentes para ti. El sabía cómo arreglar estos casos sin mancharse las manos, no que tú. Yo pensé que eras como tu padre, por eso te comisioné esta operación…

Aquellas palabras le dolieron en el alma a Ismael, sólo quería entregarse a su destino inmediatamente, que todo cesara ya, esta conversación odiosa, mero trámite de los eventos que se le venían encima, ser juzgado, permanecer en prisión un tiempo, soportar la cárcel, vencer el tiempo, o morir.

-Te voy a confesar algo pinche Juárez, sólo por el recuerdo de tu papá que Dios lo tenga en su santa gloria. ¿Quieres oír qué se esconde detrás de todo esto? ¿Sabes por qué tienes tú que pagar los delitos de otros? Porque tú eres un jodido…

Después de beberse su cerveza, Ismael Juárez sacó la pistola y se la puso en la cien, ante el estupor de todos los que se encontraban en la cantina.

El médico se retorcía de dolor, se llevaba las manos a la cara, se tocaba los cuencos de masa deforme y carne hinchada de sus ojos hechos mierda, su cara pateada hasta la náusea, su cara inflada como un globo con surcos por todos lados, surcos que se deshacían en sangre, carne desprendiéndose, desgajándose. Tocaba su cara deforme y tocaba su pecho quemado con ácido o con alcohol o fósforos no se dio cuenta hasta que el olor a carne chamuscada le hizo recordar que estaba vivo, que le dolía la carne, que aún no podía morir. Se llevaba las manos al pubis y se tocaba su masculinidad mutilada, se tocaba con sus manitas mutiladas, su dedos reventados a martillazos, y le ardía la carne con un ardor infernal que le quemaba todo el cuerpo, se llevaba las manos a la cara y se mordía las manos, o mejor dicho, se mordía la carne tumefacta, y sacudía la cabeza contra suelo, estrellándose, tal vez buscando la muerte o el desmayo, para dejar de sufrir, se llevaba las manos a la cara y tal vez oraba o tal vez no podía ni eso, el dolor no lo dejaba concentrarse en otras cosa más que en el sufrimiento. Se llevaba las manos a la cara y gemía y aullaba y maldecía y arrojaba una baba verde por la boca, parecía que las tripas se le salían por la boca, aunque su ano desangrado había provocado que el intestino se saliera unos centímetros. Se revolcaba en un mar de sangre. Trataba de incorporarse, pero sólo buscaba vuelo para estrellarse contra el piso, en una serie de repeticiones convulsas que se ordenaban de la siguiente manera: llevarse las manos a la cara como queriendo sumirse la carne entre la carne, arquear el cuerpo hasta que la cabeza quedara a una buena distancia del suelo, dejar caer el cráneo, golpearse la cabeza en el duro cemento, retorcerse, extender los brazos y gritar: perra maldita, perra maldita, perra maldita.

Conocí a Ulises en la Facultad de Derecho de la UNAM, participábamos en un taller sobre Derechos Humanos y activismo social, yo por esos años estaba buscando la manera de salir de allí y de irme a estudiar literatura en Filosofía y Letras. Un año después, yo ya escribía mis poemas y Ulises era, aparte de un licenciado en derecho, un entusiasta activista social y un músico de rock. Su vida me apasionaba, lo cual me llevó a sentir una gran admiración por él. Poco a poco nos fuimos haciendo amigos. Una noche, entre unos tequilas, me fue contando su vida, fue así como conocí  ciertos episodios terribles de su existencia: su encuentro con las drogas, su madre prostituta y la violación que lo traumatizara siempre, por parte del médico de la colonia donde vivía en ese entonces.

El médico violador era su padre…