TooMuchMeToo: Culpables o no, los músicos reciben el castigo a sus abusos

Por Nallely Pérez

Pese a ser el mundo una aldea global, la tropicalización sigue siendo una realidad. Tarde pero segura, la América que se extiende septentrional allende el río Bravo se montó al tren del #MeToo, trending topic que –pese a los dolores de cabeza que ello causa a la Fundéu– no se “castellanizó”. ¿Nada nuevo bajo el sol? Cierto, pero los enfoques de ver el astro sí que son distintos. Susana y los viejos ha dejado de ser una moraleja que enseña los peligros de bañarse desnuda.

Los actores, siempre inalcanzables detrás de las pantallas, no son el motivo de la grilla, lo son los músicos, esas figuras públicas que en el after se corporeizan, ahí en las salas que aunque oscuras son mucho más seguras que las junglas donde día a día y desde el inicio de los tiempos el forzamiento de un hombre hacía una mujer se ha tildado de instinto y tergiversado apelando a que se trata del oficio más viejo del mundo sin quedar claro cuál es el pago en especie que sin su consenso la hembra sapiens recibe por él.

El revuelo estalló en la Patagonia, donde un blog comenzó a llenarse de escraches (singular término cambiante que antes aludía a una manifestación política-pública y que ahora el feminismo toma como bandera para hostigar a acosadores), así de forma anónima se fueron sumando al terminar el pasado mes de febrero denuncias hacia músicos argentinos. Por obvias razones no figuró Gardel, Piazzolla ni Spinetta pero tampoco se incluyó a esos intérpretes que actualmente encabezan los charts de aquel país al mando de Macri. No, el revuelo se dio en el marco de la escena alternativa independiente, siendo el caso más sonado el de Maxi Prietto, el cual pese a ser un genio prolífico que lo mismo compone sendas piezas instrumentales que blues o recrea boleros, era ciertamente un total desconocido para tantos hasta hace unas semanas.

La otrora voz de Prietto viaja al cosmos con Mariano y ahora miembro de Los Espíritus, banda cuya fama crece en el resto del hemisferio como en Europa y que ha recibido aclamaciones por viejos consagrados, como Calamaro ¡quien también está limpio de tacha alguna!, fue blanco de señalamientos que pusieron al descubierto las salvajes prácticas sexuales del músico: la felación que obligó le realizara una de sus seguidoras, en estado ebriedad, y la penetración anal que él le propinó a una colega suya, la cual había ido a visitarlo a su casa en plan de amigos para hacerle de cenar; ambas acciones ocurridas hace casi una década, cuando la fama del nacido en 1981 era tan under que su forma de obtener plata era vendiendo dulces al mayoreo en distintos puntos de Buenos Aires y no llenando recintos como el estadio Malvinas Argentinas o el Foro Apolo.

De forma casi inmediata, la banda integrada por siete talentos musicales, anunció desvinculaba a Maximiliano de su alineación, hecho congruente si se tiene en cuenta el compromiso social que caracteriza a la agrupación, la cual con canciones como “Perdida en el fuego” ha metaforizado cómo la mujer ha sido quemada en la hoguera a lo largo de la historia al ser tachada de bruja. No obstante, tras un examen de conciencia en pro de la creación artística y en contra del linchamiento mediático, a los pocos días se anunció Prietto volvía a la banda. Incongruencia fue el veredicto de algunos de sus escuchas, mismos que perjuran no volver a escuchar a Los Espíritus nunca más. Sí, claro, hubo vacilación, pero los mares tampoco volvieron a su cauce, pues el escándalo fue tal que si bien Maxi se confesó responsable (aunque aclaró las declaraciones no responden fielmente a los hechos) de aquello que se le inculpaba y pidió sentidas disculpas, Santiago Moraes, el otro letrista del grupo, anunció era él quien se iba. Pese a no ser él el señalado, Santi optó actuar según sus principios, inmolándose y dejando un gran vacío en el rock en español que vislumbraba en la banda que debutó en 2012, uno de sus futuros pilares de culto. La fractura, que atañe también a la desvinculación de los dos percusionistas de Los Espíritus, no obstante, parece poco, nada, ante la deuda que debe el denominado patriarcado, detrás del cual se esconde ya invisibilizado el monoteísmo judeocristiano, ese que dicta que para ser bueno hay que hacer el mal pero a escondidas.

Así, de sur a norte, llegó junto con la primavera la ola #MeToo a México, territorio donde Twitter fue la vía de expresión. El primer eslabón de esta denuncia masiva a abusadores sexuales pertenecientes a la esfera pública fue el #MeTooEscritoresMexicanos, donde de forma indistinta se inculpó a líricos mexas y a académicos de lo literario lo mismo por violar alevosa y ventajosamente e implantar autentico terror en sus víctimas que por usar el término gatita para referirse a un mujer. El foro, que estuvo abierto a recibir denuncias por cinco días, cerró sin que hubiese necesidad de retirar de circulación los libros de los inculpados, cuyas ediciones en su mayoría financiadas por el Estado carecen de circulación en las librerías mexicanas, así como de reconocimiento por parte de la crítica internacional. De forma paralela vino también el #MeTooPeriodistasMexicanos, el cual pese a las numerosas denuncias no desató mucha rebumbia y es que, oh sorpresa, los medios de comunicación no le dieron el eco suficiente.

Un fin de semana después se volvió viral el #MeTooMusicosMexicanos, el cual en realidad debió llamarse #MeTooRockerosMexicanos, pues aunque el término parece cascado ya, los señalados pertenecen en su inmensa mayoría al gremio de música alternativa, nada de exponentes vernáculos o urbanos hubo ahí. Este tren, más llamativo que el de escritores, acaparó denuncias, de nuevo de variada índole, dando el mismo peso a faltas como intentar besar a alguien que por vejar sexualmente de forma explícita y alevosa. Y comenzaron a rodar cabezas, de forma figurada en un principio, nada que lamentar, expulsión de guitarritas de bandas minúsculas estancadas desde hace casi dos décadas. Pero luego el hashtag tomó otras dimensiones.

El Currucucú, Armando Vega Gil, artista en el sentido amplio de la palabra, músico, escritor y cineasta, cuya fama se cimentó sobre todo en su desempeño como bajista de Botellita de Jérez fue señalado de hostigamiento. Y, lejos de la actitud desfachatada y cínica de León Larregui, quien se defendió argumentado que él también ha sido acosado, Vega Gil optó por una acción sin precedentes hasta ahora en el entorno del movimiento #MeToo: la de quitarse la vida, colgándose de un árbol afuera de su casa.

A diferencia de las denuncias a otros de sus colegas, su caso fue particular, mucho más delicado, y es que la acusadora señalaba contar con sólo 13 años de edad al momento de ser acosada. Mucho se ha dicho al respecto, señalando al guacarocker de cobarde, a quien se tilda por un lado de mártir y, en muchos casos, de monstruoso pederasta. La avalancha de posts en la cuenta que a las pocas horas de darse a conocer el suicidio del músico se presume fue hackeada momentáneamente, es tal que en realidad pocos han leído de qué se trató el abuso, el cual consistió por parte del bajista –quien hasta el último momento sostuvo ser inocente– en invitar a su casa a un grupo de colegialas, a las cuales tomó fotografías, hasta donde el testimonio dice, con ropa. Al avocarse gran parte de los esfuerzos de la carrera del también antropólogo en la creación musical y literaria para niños y adolescentes, para él ser acusado de enviar mensajes donde sugería enseñarle a besar a un jovencita que, ella misma cuenta siguió viéndolo en conciertos y saludándolo como si nada, fue motivo suficiente para estar seguro que su carrera estaba dinamitada.

, Armando Vega Gil se mató porque quiso, pero antes de celebrar o repudiar su voluntaria decisión, sería un gesto de criterio preguntarse si eso de lo que se le acusaba fue en verdad una acto atroz. Sin embargo, en esta época en la que todo se reduce a enseñar el pulgar arriba o el pulgar abajo, no hay tiempo para recapacitar, el maniqueísmo es absoluto, todo está mal, todo es acoso; al menos en la esfera pública que la realidad callejera es tan hostil que no hay nombres, sólo horrendas desgarraduras anónimas. Por una parte se celebran las disidencias sexuales y las prácticas no heterodoxas, pero por otra, se censura cada vez más la seducción heterosexual, pese a la equidad de géneros que se aclama se apela todavía al eterno papel de víctima de la mujer y claro, hablamos en este caso de una niña de 13 años a la cual un tipo décadas mayores intentó desde el otro lado de la pantalla seducirla, hecho reprobable sí pero que en ningún caso, según los testimonios tanto de ella como de él, fue consumado, a ella téngase presente le bastó bloquear virtualmente al susodicho y fin a la historia, al menos pausa.

Lo más probable es que la marea del #MeToo se apacigüe al menos un rato, no por desgracia la violencia atávica hacía la mujer ni esa que caracteriza a la especie humana en sí misma. Se prevé el fin de semana próximo no surja un nuevo hashtag al respecto, ya viene Semana Santa y como buenos laicos habrá que tomarse un respiro. En tanto, a seguir cultivando el más alto grado de civilidad, a conseguir pareja a la usanza siglo XXI, por medio de aplicaciones que a manera de catálogo muestran una selección de perfiles a elegir, la oferta es vasta, sólo basta un click y listo a intercambiar fluidos.

Maxi Prietto pide disculpas

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Estuve pensando todos estos días de qué manera expresarme porque siento que la situación es delicada y compleja de abordar. Me resulta necesario, antes de decir cualquier otra cosa, pedir perdón. Perdón. Estoy hablando a aquellas personas que por algún motivo, que respeto, se vieron afectadas de tal manera que la única vía que encontraron fue el escrache anónimo. Por supuesto me hubiera gustado que lo hablemos en persona, pero es el modo en que eligieron expresarse. No se puede volver atrás, lo acepto. Acepto este momento que la vida me da, para mirar adelante y construir a futuro. Leo los testimonios y, aunque no creo que coincidan fielmente a los hechos, no estoy en posición de defenderme, ni de cuestionarlas porque entiendo que se han sentido vulneradas. No voy a negar que me veo reflejado en parte de los testimonios, situaciones que hacen mención que lo ocurrido fue en el 2008. Hace once años atrás no era el mismo, ni yo, ni nadie. Creo que las personas no somos inmutables. Cambiamos día a día. Me dedico a hacer música, no sólo es un trabajo, sino que es mi razón de existir. Para eso me levanto cada mañana, para crear música y compartirla. Quiero aprovechar este mal momento para abrazarlo, porque hay una transformación que es necesaria. Hoy la sociedad está mudando su piel como una serpiente. Acepto las manchas de la época en que nací, sus contradicciones y acepto este cambio, este giro, con ilusión. El machismo es una enfermedad, está arraigado a la cultura. Lo tenemos incorporado hombres y mujeres. Hoy se analizan los vínculos de tal manera que el futuro debería generar menos situaciones de acoso y abuso. Agradezco a quienes me dan su apoyo estos días, a mí hija, a mí mujer, a la mamá de mí hija, a mí familia, y a quienes me acercan fuerza. Desde que se desató todo esto que no paro de pensar, de leer, de escuchar, cada día pensé cosas diferentes. Visité mujeres para escucharlas y aprender. Y me abrieron los ojos. Me gusta mirar para adelante, para eso es necesario pedir perdón. Estoy a disposición para reparar si es necesario. Perdón. Una vez más.

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Vega Gil anuncia suicido

MeTooMúsicosMexicanos habla de lo que ha sucedido tras la muerte de Vega Gil y se despide del movimiento.