El segundo Hombre de Vitrubio: Samuel Herring de Future Islands

 

Por Eduardo Paredes Ocampo

El Hombre de Vitrubio de Leonardo Da Vinci representa una particular interpretación del cuerpo: cuando sus partes se acercan al aparato. Contextualizado, el dibujo habla de la pertinencia cultural que adquiere el ser humano frente a la subordinación, por siglos y siglos de medievo, sufrida. Desde entonces, la perfección –asequible por medio de la proporción matemática y antes reservada sólo a Dios– le es posible.

Pero, además de la (estática) precisión de la máquina y de su significado cultural, el Hombre de Vitrubio paradójicamente también delata oscilación. La duplicación de sus brazos y piernas y su gesto extensivo connotan otro paso hacia el despertar del hombre moderno: su capacidad para el cambio. ‘Y sin embargo, se mueve’, diría en la misma nota, tiempo después, Galileo.

Pese a ser, en gran medida, vástago del pensar Renacentista, al hombre del siglo XXI le es difícil conciliar los dos ideales del dibujo de Da Vinci. La moral cristiana, que el protestantismo, por medio de su conquista del mundo, extendió a todo lo cotidiano, ha sabido simplificar al primero –simplemente como hombre-máquina– y, a detrimento del segundo –hombre-cambio–, ha logrado parar el paso de la historia. Sin embargo, aunque la oscilación que, desde la Revolución francesa, ha desaparecido de cualquier pugna (la burguesía y el capitalismo siguen al mando), el movimiento todavía nutre de forma inconsciente, y verdaderamente subversiva, ciertas acciones del hombre.

Nadie que haya visto un concierto de Future Islands dudará del poder político que sus –aparentemente inocentes– canciones adquieren en performance.  Antes de cada melodía, Samuel Herring dedica unas palabras para explicar su origen y su moral: ‘This song is about…’. Esta acotación dota al entramado metafórico del cantante de una hondura ausente en la grabación. Sobre todo cuando su discurso tácitamente versa acerca de Donald Trump.

Sin embargo, lo que abastece al simple discurso de su especial poder y pertinencia es lo que acontece después, durante el transcurso de la canción en vivo, cuando Samuel Herring encarna al segundo Hombre de Vitrubio.

Antes del éxito rotundo del sencillo ‘Seasons (Waiting On You)’ y, en general, del disco Singles, Future Islands tenía cuatro EPs casi absolutamente desconocidos. La calidad de estos primeros casi iguala a los dos que le sucederían. Por ende, lo cualitativo no determinó su ascenso al Billbord.  Un evento –su debut televisivo en el show de David Letterman– sería lo que catapultaría al cuarteto al rango de estrellas del indie.

En la presentación, Smauel Herring actúa como concierto a concierto. Su activa presencia escénica destaca, en gran medida, gracias al estatismo del resto de su banda. A la par de la música que empieza, el cuerpo de Herring adquiere las cualidades del segundo Hombre de Vitrubio: baila. Pronto, en la medida en que la tonada se acelera, va corriendo de un lado a otro, ondulando sus piernas, soltando puñetazos en el aire. Mira hacia el cielo como rogando y, finalmente, en el éxtasis musical, produce los dos actos corporales más significativos –pues se cuelan hasta el micrófono: hace una voz gutural y se golpea en el pecho y la cara.

Danzar no es sólo la expresión icónica de la idea del cambio, la materialización de la abstracción del progreso, sino también implica un atentado contra la disciplinarización del cuerpo. En un plano puramente material, lo que implicó volvernos la versión simplificada del primer Hombre de Vitrubio (un simple aparato), fue el deshacernos del espontaneo mover de brazos, piernas. Hace tanto que perdimos el control, que, eventualmente, se nos fue la metafísica. A cuerpos cuadrados, mentes cuadradas.

Como todo gran grupo, Future Islands no entra a la primera –quizá por cierto atrofio de nuestra agudeza musical, por alguna racionalización de nuestro instinto melómano. Pero Samuel Herring ha encontrado la manera de abrirnos a sus ideas melódicas y, así, quizá también de inspirar cambio: se ha calcado de la mano de Leonardo.

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