De cuando conocí a Thom Yorke

Fotografía: Phil Fisk

Por Eduardo Paredes Ocampo

I.

Sabía que sucedería. Un par de amigos ya lo habían encontrado en las calles de Oxford. De sus historias siempre cuestioné sus reacciones, pensando que yo en su lugar seguramente las superaría. Sebastián había permanecido perplejo frente a él. Su justificación es que corría. Carlos se acercó y le dijo que admiraba su música –en respuesta recibió un seco ‘thank you’.

En un bar, un día, una mesera me dijo que hacía diez minutos le había servido. Yo le pregunté qué. Una pinta de cidra y una papas fritas sabor cebolla y queso. Llevaba un sombrero y un largo abrigo negro. Casi religiosamente volví varias veces a ese bar –The Rose and Crown– con la esperanza de algún día encontrarlo.

Podemos imaginar que los orígenes de la comunicación humana sucedieron como siglos de pugna. En las sabanas de África, diariamente, el germen del habla luchó por imponerse a otras formas de expresión como los gestos y los olores. En los primates mayores, y en los mamíferos en general, la pelea está, en sus diversos decires, fosilizada. Pero finalmente el habla reinó en la competencia debido, principalmente, a lo fácil que hace la cohesión social. Resulta imposible concebir nuestra existencia sin el cobijo del grupo.

Si los lugares a donde ha tornado la evolución –al exterminio masivo del prójimo, a la devastación total del medio ambiente– nos hacen dudar de su pertinencia, también es válido cuestionar sus métodos. ¿Quiénes seríamos de habernos moldeado en otra forma de comunicación?, ¿de haber hecho a los silencios más, menos significativos? Algunos restos de ese “hubiera” hoy podemos visualizar –como el apéndice, huellas que de una prehistoria nos hablan y nos muestran, paradójicamente, más humanos.

Fotografía: Phil Fisk

III.

Comparo, en parte lúdica, en parte seriamente, nuestro encuentro con una escena de Ben Hur. (Claro aquí hablo de la película original de 1959 dirigida por William Wyler y protagonizada por Charlton Heston, no del fallido remake del 2016). En dicha toma (que es par de una anterior), Ben Hur se topa repentinamente con Cristo, quien camina agónico a su martirio. La respuesta del mortal ante el hombre-Dios es simplemente la de ofrecerle un vaso de agua.

La apócrifa historia puede interpretarse desde una multitud de puntos de perspectivas. Aquí, elijo la de la sencillez silente del gesto no-verbal. La fuerza comunicativa de la escena se encuentra en que, paradójicamente, se aleja de la –esperada, ortodoxa– comunicación. Estamos ante el sentimiento mismo, ante la pura empatía libre de cualquier mediación lingüística. Quizá el único misticismo está en perder –como Dante, como San Juan– las palabras de la boca. La supuesta precariedad del silencio, ante la deidad, sucumbe.

Andaba en mi bicicleta hacia el centro de la ciudad. Es un trayecto de 10, 15 minutos que siempre hago escuchando música. Hace un par de semanas, inclusive, escuché uno de sus discos –¿qué hubiera sido mi encuentro de haber sucedido tal casualidad? Sonaba Blonde de Frank Ocean. Una van de construcción bloqueaba la mitad de una calle cerrada que tenía que cruzar. Al llegar al obstáculo me detuve –no sabía quién venía del lado opuesto pero intuía que alguien caminaba hacia mí.  Entonces apareció por el estrecho pasillo. Iba corriendo, la mirada ausente, demasiado concentrado en su ejercicio. Sentí su nombre en mi boca. Pero algo muy primitivo en mí –algo que de ni haber reflexionado así, llamaría pasmarse– me impidió pronunciarlo.

Mi gesto fue más significativo que hablarle: fue el bálsamo de agua a Jesucristo.

Para entender quién fui, vuelvo a los hubiera. Primero, de ni haber detenido mi bicicleta, lo más seguro es que hubiéramos colisionado. Segundo, de haber pronunciado su nombre al reconocerlo, lo habría distraído. Las consecuencias de estos actos para el mundo de la música serían más o menos palpables (van desde un accidente serio a haber llegado sin ganas de componer por el percance). Sin embargo, mi decisión de mantenerme fuera de la escena también modifica directamente el devenir de cada canción –dicen que el batir de las alas de una mariposa…

Por momentos, estuve en frente a uno de los artistas más influyentes del siglo y no cambiando su devenir, lo cambié. Ese, quizá , ha sido el gesto más humano hacia mi especie.

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