Cruising: del leather sadomasoquista al desorden mental

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Por Alberto Molina

William Friedkin se volvió uno de esos nombres consagrados en el cine gracias a The Exorcist, de 1973. No obstante la obvia referencia, Friedkin también es reconocido por obras envueltas en polémica por las temáticas que aborda. Cruising (1980) es tal vez esa otra referencia obvia alterna, aunque ésta gozó de mucho menos fama y, por el contrario, le valió críticas negativas y tajantes, además del repudio del activismo homosexual que despuntó desde diez años atrás.

Varios asesinatos en contra de homosexuales son investigados y la policía sospecha que están relacionados con partes de cuerpos encontradas en el Río Hudson, en la Ciudad de Nueva York. Steve Burns (Al Pacino) es reclutado por la policía como agente encubierto para seguir la pista del asesino en los lugares más underground de los fanáticos del leather y el sadomasoquismo.

El resultado fue una mezcla de thriller policiaco-psicológico con tintes noir, principalmente en su estética sombría y sus momentos más agudos en las calles neoyorquinas por la noche. El filme consta de transiciones, desde el aparente caso policiaco en que la cinta se centra de inmediato, hasta la interiorización del caso, en el que el centro de atención dejan de ser los asesinatos, para convertirse en Steve, quien cambia su identidad a John Forbes para infiltrarse en los espacios predilectos de aquella subcultura gay donde se dan los crímenes.

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Steve se hace estallar internamente a lo largo de la misión, pone en duda todo aquello en su vida que parecía certero e inamovible, como su heterosexualidad, su vida en pareja y la aparente estabilidad y fortaleza emocional con la que enfrenta el reto con el fin de ascender de policía a detective. El personaje está en una encrucijada, pues tiene que decidir entre concluir la misión al borde de la locura u optar por sanear su mente e identidad abandonando la investigación.

Además vale la pena rescatar los antecedentes que, en conjunto, lograron que la cinta valga más por su raíz de inspiración que por la historia misma. Cruising está basada en la novela homónima de Gerald Walker, aunque ésta convive con otros elementos añadidos a la cinta que resultan más escalofriantes: Paul Bateson, un enfermero que formó parte del elenco de The Exorcist, fue juzgado años después por el asesinato de varios homosexuales, a quienes además, descuartizaba y tiraba al Río Hudson. El director se dio a la tarea de investigar todo lo relacionado con dichos casos, así como adentrarse en aquel mundo subterráneo para luego plasmarlo en pantalla.

A estos fascinantes antecedentes habrá que añadir esa doble cara que muestra el producto final, más allá del caso policiaco que pasa a segundo plano y convierte al desorden mental del protagonista como el gran “objeto de deseo” del espectador. No sólo nos hace sugestionar acerca de quién es el verdadero asesino (si es que sólo se trata de uno), sino cuestiona aquellas características irrenunciables del personaje, con facha de macho alfa por medio de quien el director juega con la confusión y los elementos contrapuestos en apariencia para dificultar su comprensión.

Si bien no es la película del siglo, definitivamente se trata de una obra perdurable, oculta bajo la tradición estructural del cine estadounidense con el fin de hacerla más digerible al público. Ésto hace contrapeso a la variedad de complicaciones a las que la producción entera se enfrentó: la clasificación X en las salas del cine (por la cual se tuvieron que cortar cerca de 40 minutos a la cinta), más las protestas que ocasionó la interpretación conveniente de los activistas LGBT de la época, alegando que generalizaba el deplorable estilo de vida promiscuo y extremo de una minoría a toda la población gay, aunque el propio Friedkin no tenía esa intención y ni Pacino imaginaba tales consecuencias.

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