Xenofobia y fascismo en We are young, we are strong, muy parecido a la realidad actual

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Por Alberto Molina

No importa si es 1992 o 2017, el cobre, el verdadero ‘yo’ siempre sale y no hay diferencia por la época. ¿Por qué 1992? Porque en ese año se sitúa We are young, we are strong (Wir sind jung. Wir sind stark), cinta de 2014 por Burhan Qurbani, director afgano-alemán que retrató, por medio de una cinta completísima, los disturbios ocurridos en la comunidad de RostockLichtenhagen, producto de la xenofobia ultraderechista de quienes se oponían a la llegada masiva de refugiados gitanos a un edificio multifamiliar ya de por sí ocupado por una gran cantidad de inmigrantes.

El filme se centra en Stefan, un joven neonazi que, pese a su nacionalismo radical, se encuentra en un dilema existencial; es hijo de Martin, un político demócrata alemán  que se ve presionado para contener las recientes revueltas anti inmigrantes por parte de grupos de extrema derecha. Stefan y sus “camaradas” básicamente son un reflejo del desencanto por la democracia en una Alemania recién unificada tras la caída del comunismo (la primer gran decepción).

Por otro lado, Martin se encuentra en un conflicto moral y político, pues cualquier mal movimiento dentro de su partido puede representar una especie de “muerte política”. Su interés principal en ese momento es apaciguar los disturbios provocados por los radicales. Parece que toca fondo cuando descubre que su hijo forma parte de esa ala radical a la que intenta replegar.

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A su vez, Lien es una inmigrante vietnamita que, después de mucho tiempo de arduo trabajo y esfuerzo, finalmente consigue la ciudadanía alemana que tanto anhelaba, aunque esto se da en plena crisis en el multifamiliar donde vive con su familia ahí en Rostock. Lien tiene que decidir entre resistir en la Alemania que tanto le robó el corazón o resignarse a huir de vuelta a Vietnam ante la ola racista que se ha desbordado.

Aunque las historias no se entrelazan como tal, los personajes convergen en un mismo escenario sin convivencia alguna. Los “jóvenes fuertes” (que retan a la policía y  así mismos como parte de su rebeldía)  realmente no lo son tanto; la sensibilidad y el lado flaco de cada uno se develan en detalles como el amor, el arte y los propios miedos. Humanos, a fin de cuentas. La pregunta se define en torno a saber si sus creencias políticas y raciales son genuinas o se desenvuelven por rebeldía y la búsqueda urgida de identidad, ante los embates de la farsa democrática y la caída comunista que han tenido como punto en común una pobreza casi generalizada.

La película se divide en dos etapas: la primera dominada por la escala de grises, definitoria de la importancia histórica de un periodo y, sobretodo, por el complemento que ofrece ante pensamientos radicales en medio de situaciones y lugares apacibles. La segunda etapa entra de manera evidente con el clímax de los disturbios, por medio de colores y una brusquedad mayor en cuanto a movimientos de cámara y sonido. Es el momento en que la energía es vomitada en forma de llamas, piedras y golpes. Las dudas de Stefan son plasmadas y exploradas en la primera parte sin necesidad de que se pronuncie una sola palabra sobre ellas. Posteriormente se disipan salvajes después de tiempo atoradas en la calma y explotan alrededor de una bola de fuego y al pie de un balcón.

El conflicto de lo político (colectivo) y lo personal determinan las posiciones contradictorias de Stefan, entre la prudencia y el instinto. Aún unido a muerte con sus amistades y el amor, los caminos parecen un tanto distantes, notable incluso durante las caminatas en la playa. Finalmente dicha falta de convicción y reinado de silencio se quiebran en medio de una sensación de decepción, tanto del personaje como del espectador. Ello culmina en un final abierto y desconcertante por las decisiones finales que a veces no son lo que quisiéramos de los otros por el bien general de la humanidad.

Hoy en día, parece que el tiempo no ha transcurrido o los tiempos juegan al acordeón, acercando el presente año con 1992 o hasta más atrás, en 1933 con el ascenso de Hitler al poder en Alemania. En cualquier tiempo y espacio la enseñanza (como la moraleja implícita de la película) es la misma: la historia se queda o se repite a través de nuestros descendientes.

Diría que We are young, we are strong es una cinta profética, pues en un periodo de tiempo muy corto entre su realización y el desborde “populista” que se ha vivido en el mundo occidental desde 2016, tal parece que lo único que le faltó al director fue determinar escenarios actuales y con mayor precisión. Ni siquiera hace tres años nos imaginamos que la figura neonazi mutaría en un producto “made in USA“, en esa tercera vía de marca occidental y con un fondo lleno de paradojas, como tener al enemigo en casa y en el país liberal-democrático por excelencia, mientras que el más férreo defensor de la globalización y el libre mercado es ni más ni menos que el líder del partido comunista más fuerte del mundo.

 

 

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