Están poniendo Starbucks en nuestros recuerdos más apreciados

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Rodriguez: En sus historias recrea la lengua coloquial de la juventud chilanga.

Gabriel Rodríguez Liceaga inyecta nuevos bríos a la narrativa mexicana.

Por Nallely Pérez

“Vemos en internet una amenaza para el intelecto… qué bueno que no nos tocó a nosotros descubrir un nuevo continente”.

 

De cierta manera, el trabajo del escritor Gabriel Rodríguez Liceaga —cuyo más reciente obra cuentística es ¡Canta, herida!— ha sido visto por medio país, sino en su enfoque literario sí en el publicitario, fue redactor encargado de juguetes Hasbro. Como otros autores, dígase García Márquez y Fernando del Paso, él también ha creado anuncios publicitarios para “perseguir la sopa” y, claro, para dar a la mercadotecnia el toque de creatividad que siempre necesita.

Nacido en 1980 en un lugar por demás emblemático de la Ciudad de México, Tepito, “El Barrio Bravo”, este narrador sabe bien cómo plasmar la cotidianidad de la centralista urbe, ya sea dando voz a un adolescente de llamativos zapatos rojos en busca de experiencias truculentas en la Calzada de Tlalpan (“Gallenas, chompelo, vigajas”) o a un par de muchachitas que trasnochan en el Sambors de enfrente de Bellas Artes después de haber ido a beber al Uta (“Diles que te metiste a clases de violín”).

LINNE (LM): Tepiteño y defeño, ¿cómo “afrontas” esa coincidencia?, ¿qué es para ti el “Barrio Bravo”, el D.F. como escenario?

GABRIEL RDZ. LICEAGA (GRL):

La Ciudad de México es una de mis naturales fuentes de inspiración. Creo que me acerco peligrosamente a una fase de mi vida en que tendré que abandonarla. Estoy muy cansado de esta vida vertiginosa, multitudinaria e insegura. Hemos los chilangos perdido incluso el derecho a respirar aire puro, nos estorbamos entre todos, la ciudad es un mal olor de boca y están poniendo Starbucks en nuestros recuerdos más apreciados”.

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Con ¡Canta, herida! ganó el Premio Agustín Yáñez

LINNE (LM): ¿Eres antes que lector, escritor?, ¿en qué momento se convirtió la literatura en algo más que un afición?

(GRL):

La literatura jamás fue un hobbie para mí. Bendigo todos los días la posibilidad que tengo de traducir el mundo en palabras. Palabras que de preferencia deben estar bellamente hiladas. Una de mis reglas de oro: leer el triple de lo que escribo. Naturalmente no siempre la cumplo al dedillo”.

(LM): ¿Cómo escribes tus historias? Cuéntanos algo de tu proceso creativo:

(GRL):

Sentarse a teclear un cuento es el paso final de un proceso larguísimo de construcción mental. Pienso mucho en las cosas que quiero ir contando, ideo las tramas y medito avanzando por las calles la mejor forma de resolverlas. A final de cuentas escribir cuento no es sino crear una paciente teoría cuentística. Trato de no tener prisa. A partir de que dejé de asistir al taller de Eusebio Ruvalcaba mi trabajo padece de una orfandad que incluso me entusiasma. Mi novia Viera se ha vuelto muy importante en mi trabajo”.

Entre los escritores vivos que Liceaga —quien cada miércoles escribe para Máspormás— admite leer con emoción, se encuentran Joel Flores, Jorge Comensal, Roberto Wong, Diego Olavarría, Félix Franco, Aniela Rodríguez y Lola Ancira. Durante los últimos ocho años ha visto plasmado en papel varias de sus obras, las colecciones de cuentos El demonio perfecto, Niños tristes, Perros sin nombre y las novelas Balas en los ojos, El siglo de las luces y Hipsterboy.

LM: ¿Cómo crees que tu vida ha cambiado a raíz de que publicas lo que escribes?

GRL:

Siempre lo he dicho: “publicar” debería de ser una palabra que no figura en el diccionario de ningún escritor, pero al mismo tiempo hay que desconfiar de los autores sin libro. Estrictamente mi vida no ha cambiado nada a partir de que he tenido la posibilidad de ver mi trabajo en papel. Supongo que algún mecanismo interno, en cambio, sí se ha modificado. Hay que ser muy responsable con los libros que uno publica, que vuelve de carne y hueso, físicos, pues; porque se quedarán a podrirse con la humanidad una vez que nosotros, sus autores, dejemos de estar vivos. Publicar en muchos sentidos es condenar a una bola de lectores que quizá aún no han nacido”.

El autor recién viajó a Portugal con motivo de una antología bilingüe que lo incluye

El autor recién viajó a Portugal con motivo de una antología bilingüe que lo incluye

A inicios de octubre, Gabriel viajó a Portugal para participar en la Semana de México Jovem, festival en el que se presentó La eterna primavera, antología bilingüe en la que también se incluyen textos de Davo Valdés y Amaury Colmenares. A lo largo de su breve pero concisa trayectoria, en la que no descarta escribir también novelas de corte policiaco y de ciencia ficción, ha sido merecedor de reconocimientos nacionales, como fue el caso de ¡Canta, herida!, título acreedor en 2015 del Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez otorgado por el estado de Jalisco, el cual además del incentivo económico incluyó la publicación de dicha obra con el sello editorial Paraíso Perdido.

LM: ¿Qué importancia le das a los concursos que has ganado?

GRL:

Los premios, que están trivializados, engrosan la semblanza rumbo a la tumba. Se siente bonito que te agarren a billetazos. Gracias a los premios que he ganado supe qué es eso que los hombres llaman: paninni español. El problema es que muchos certámenes no llevan implícita la publicación del texto ganador. No creo que al lector le atraiga o no un libro porque salió ganador de unos juegos florales. El mundo de los premios y las editoriales y la distribución sólo existe en la cabeza de los oficiantes de la literatura. La gente lee o no lee algo motivada por sus búsquedas personales y pulsaciones espirituales. Hay que conmover al lector, de preferencia en las primeras páginas”.

Sin duda, este escritor dota a la narrativa mexicana de nuevos bríos; alejada de las tramas costumbristas que a mediados del siglo pasado alcanzaron sus cumbres, su escritura con gran manejo del lenguaje coloquial urbano sabe a hoy. Las historias de Gabriel Rodríguez Liceaga han sido calificadas de “movimientos telúricos”, jamás te dejarán indiferente, compruébalo tú mismo, léelo no lelo ya.

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