El purgatorio perdido, un reflejo perverso de la corrupción

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Por Francisco Marín

“Nosotros tenemos una vida buena acá…nosotros llevamos una vida santa.”

Comer, trabajar en la casa, rezar, entrenar al perro, cantar/alabar, salir al pueblo en solitario, dormir. Así pasan los días cuatro curas y una monja que ‘los cuida’ en una casa amarilla en las costas del sur de Chile. La rutina que observamos es el purgatorio impuesto por la iglesia católica para aquellos sacerdotes que hayan cometido algún pecado y no puedan continuar con su labor. Es, más bien, un Club de retiro que se verá afectado con la llegada de un nuevo miembro que romperá el balance y tranquilidad con la que viven sus integrantes, el pasado ha tocado la puerta y exige a gritos que se le deje pasar.

El Club, quinto largometraje de Pablo Larraín, es un reflejo perverso de la corrupción, una vigorosa denuncia ante la ceguera de la sociedad y de una de sus instituciones más antiguas e imponentes. El trabajo del director chileno se ha caracterizado por su contundencia y crudeza, la trilogía del régimen de Pinochet (“Tony Manero”, “Post Mortem” y “No”) nos cuestiona sobre la capacidad de olvido que tenemos como especie y su nuevo filme incorpora un nuevo elemento a la fórmula: el perdón (¿o expiación?).

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A través de entrevistas, que parecen más interrogatorios de tortura realizados por el Padre García (quien, de manera idealista, intentará cerrar la casa de retiro y dar un nuevo giro a la fe)  y el seguimiento silente de los integrantes del Club conoceremos las razones que los llevaron ahí. Será trabajo del espectador decidir qué es verdad y qué es genuino arrepentimiento.

La pedofilia, contrabando de menores y crímenes de guerra son algunos de los pecados que los curas deben expiar en su casa de playa, pero tal vez ellos no son tan conscientes de los mismos. La singular hermandad ha aprendido a vivir (a sobrellevar) la culpa pero ha enterrado muy en lo profundo de la casa amarilla su pasado, han olvidado sus acciones, pero las intrusiones del mundo exterior, ya sea con intensas invasiones del Padre García (Marcelo García) o con el ruidoso pregonar de Sandokan (Roberto Farías) quien es una víctima de pederastia que implora justicia, que necesita ser escuchado, pero la justicia no le sonríe a todos y es el quien debe vivir con las represalias.

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Los tonos azules grisáceos  y obscuros hacen de los personajes siluetas, sombras que prefieren perderse en la obscuridad y calidez de su club a estar al descubierto, expuestos para que el mundo los vea. Son las bellas tomas en exteriores las que producen una agorafobia que sofoca y atrapa a los protagonistas en el eterno hilo de angustia que supone el enfrentarse a los errores del pasado, uno que, para ellos, sería mejor ignorar.

Las salidas de los curas a la ciudad para entrenar a su galgo (única raza de perro mencionada en la Biblia) y a las carreras del can se convierten en el único rastro de bondad que aún los une como personas. Es el perro el que los deja coexistir con el mundo exterior como si fueran uno más entre los habitantes del pueblo.

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Pablo Larraín entrega un reflejo filme que ejemplifica la  crueldad y la carencia (¿o inexistencia?) de límites que hay en algunos grupos de nuestra sociedad. El Club evita el amarillismo y el sensacionalismo, se limita a los hechos. No es necesario apelar a la moralidad para que las acciones narradas surtan efecto en el subconsciente. Nos enfrentamos a una cinta que peca de contundente.

El Club logra crear una escalofriante intimidad, y extraña empatía/pena, entre el espectador y los personajes. El monstruo no devora, ni escupe fuego, tampoco amenaza con una extraña figura; este se encuentra oculto en la piel de humanos que justifican e incluso ven mérito en vender niños y son capaces de defender sus acciones sexuales con menores de edad. “Yo soy el rey de la represión” dice un agitado Padre Vidal (un espectacular Alfredo Castro. Actor recurrente de Larraín) al ser cuestionado por sus crímenes de pederastia: no hay conciencia ni arrepentimiento en su apacible rostro y si la hay (hubo) ha quedado en el olvido. El pueblo en las costas del sur de Chile es el lugar idóneo para enterrar y olvidar los errores, un sitio perfecto para dejar un purgatorio perdido sin que nadie haga más preguntas.

Larraín expone el problema sin tomar partidos y no da concesiones. Deja que la historia siga su curso convirtiéndonos en observadores en un juicio que espera nuestro veredicto.

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