El artista como asesino serial

banksy2

Por Eduardo Paredes Ocampo

Desde Platón se estrecha la frontera entre artista y criminal. La concepción del griego, quien exilia a ambos de su utópica República, pareciera del todo arbitraria, una idea absolutamente determinada por su contexto  –el arte se reduce a la mera imitación. Sin embargo, tal rechazo quizá no carece de justificación: según el científico Steven Le Comber, Banksy actúa como Charles Manson.

Pese a servirle al arte, de vez en cuando, como alicientes, la ciencia y la tecnología acotan su campo de acción. Un mundo sumido en la magia y superstición fácilmente se presta a la exploración poética. Contrariamente, el racionalismo –pace a matemáticos y filósofos– es antónimo del lirismo. La ciencia, en sus extremos, además de cerrarle las puertas al poeta, en muchos casos directamente lo persigue. Tal sucede con la investigación seguida por Le Comber, biólogo de la Universidad de Queen Mary en Londres.

banksy3

A principios del mes de marzo, basándose en resultados puramente científicos, Le Comber reveló la identidad del artista callejero británico conocido como Banksy. Para dar con su nombre –Robin Gunningham– , el científico londinense utilizó un método calcado de la criminología. Los complejos algoritmos de este proceso están basados en el presupuesto de que los asesinos seriales cometen los homicidios cerca de sus residencias. Triangulando las escenas de crímen, el programa apunta a las zonas predilectas por el perpetrador, a las estaciones donde normalmente conmuta y, finalmente, a sus propiedades. Para Banksy no se siguieron cuerpos descuartizados, sino sus más célebres murales en las calles de Londres y Bristol. Este resultado, habrá que aclarar, confirma rumores y supuestos que, sobre el autor de Exit Through the Gift Sho,  ya se tenían.

Los supuestos sobre los que se tiene la investigación los revela el simple hecho de que un científico la orquestó. ¿Qué hace un biólogo persiguiendo al más célebre y, paradójicamente, más anónimo artista callejero? La respuesta está en ver cómo Banksy le sirvió de paso, cómo fue sólo una prueba para comprobar algo quizá más pertinente para nosotros: la manera en que, en mímica también de Manson, las enfermedades se transmiten. La ciencia, como discurso humano, es maleable y ninguna de sus alegorías resulta inocente. De la peste negra al graffitti, el actuar es el mismo: subrepticiamente. Desenmascarar a quien concibe su decir (por no mencionar su sustento) precisamente por medio de ese anonimato, en nada mortificó al científico. Su tarea –aclarar el ruido, la estática que rodea la realidad– se encuentra más allá de la moral, donde el remordimiento no rasguña.

banksy4

A riesgo de caer en el dogmatismo, he intercambiado lo particular con lo general – he llamado a Le Comber “El Científico”, a Banksy “El Artista”. Este trueque está, lamentablemente, justificado por nuestro contexto. Los trazos que, desde Platón, definen a las diversas profesiones, en los últimos años –con la sobrespecialización y la presión del hiperpragmático neoliberalismo–, se han radicalizado. En consecuencia, si al científico le legamos los dones propios del sacerdote –arcáico esgrimidor de La Verdad–, al artista le dimos los de la rata. Sus discursos y su actuar así se miden. La luz testifica aquello que Le Combe dice, los callejones lo concebido por Banksy.

Precisamente por las polaridades entre las prácticas, gracias a nuestra tácita aceptación del desenmascare, es que la máscara, en primera instancia, existe. Las Verdades de Le Combe no son del todo universales: la peculiar historia de occidente ha arrojado al artista a actuar como peste, como asesino serial. Sus conclusiones, más que explicar el proceso, contribuyen con él. Su artículo tiene el efecto de la hidra: por la cabeza que cortó –la de Banksy– dos más crecen.

Advertisements